Neruda, hablado y leído

Por Óscar Collazos

De su libro de ensayos inéditos Escribir libros que no son como la vida.

 

Sólo años más tarde, veinte o treinta quizá, leí  en Octavio Paz la frase con que el mexicano definía la poesía de Pablo Neruda: el purgatorio de las sensaciones y las imágenes. A principios de los años 60 circulaba la versión-después confirmada- de que Los versos del capitán habían sido escritos por el poeta de Temuco cuyo pseudónimo había sido prestado del poeta checo Jan Neruda. Sólo un libro podía ser comparado con aquel: Toi et moi, del francés Paul Géraldy. Ambos eran poemas de amor, uno y otro invocaban la emoción elemental de los amores; ambos eran febrilmente leídos por adolescentes y conocido la fortuna de ediciones millonarias. En Los versos del capitán y en Tú y yo se asistía a la prehistoria del sentimiento amoroso, prehistoria que la canción popular seguiría convirtiendo en historia. Ambos libros están más cerca del bolero que de la alta poesía.

  El bolero y la balada deben mucho, por coincidencia o voluntad expresa de sus letristas, a estos libros. Algunos intelectuales los repudian o reducen a baratija sentimentaloide, pero en ellos se encuentra probablemente lo que esos intelectuales han vivido y sentido sin atreverse a nombrar. Los encuentran “triviales”, como la decepción o el olvido, la nostalgia o los deseos defraudados.

  De Los versos del capitán se dio el salto hacia Veinte poemas de amor y una canción desesperada, estación siguiente en el viaje amoroso de Neruda. Se había impuesto por aquella época el argumento que celebraba la grandeza del poeta por su Residencia en la tierra mientras se rechazaban otros de sus libros. Tal vez existieran razones para sostener este argumento: en esta obra, Neruda conquista una complejidad mayor, su verso se hace más libre, sus sentimientos menos primarios, su volcánico flujo verbal nos llega en explosiones deslumbrantes.

  No renunció a seguir leyendo Los versos del capitán y Veinte poemas... “Farewell” y “El tango del viudo”-poemas de Residencia....”, se sumaron al repertorio lírico de la primera juventud, cuando ya había descubierto la poesía amorosa de Paul Eluard, La capital de la douleur, sobre todo, obra leída con el francés precario aprendido en el bachillerato,  “perfeccionado” por las frecuentes, obsesivas audiciones de una emisora francesa escuchada en el radio Philco de su casa. Se ayudaba con un diccionario, el mismo que le serviría más tarde para ensayar traducciones de los poemas de Jacques Prévert.

  Existía entonces la costumbre de reunirse entre amigos a leer en voz alta a los poetas que admiraban. Sobre todo a los poetas que aceptaban ser leídos en voz alta, de los cuales excluían casi siempre a quien admiraban sobre los restantes: César Vallejo. Exceptuando algunos poemas de Los heraldos negros, convertidos ya en preciosos lugares comunes, la sintaxis del peruano oponía resistencias insalvables, como las que oponía la poesía de León de Greiff. 

  Una de las condiciones exigidas para convertir casi en oral aquellas poesías, era su inteligibilidad, la llanura del verso, su musicalidad, el descubrimiento de sentimientos o ideas en cierto sentido primarios. Años más tarde, le sucedería lo mismo con los poemas de Efraín Huerta, Jaime Sabines y Gonzalo Rojas. La vida se descubre en la llanura y no en las accidentadas cimas de la topografía literaria.

  Neruda preferido a Vallejo, José Asunción Silva a León de Greiff. De Porfirio Barba-Jacob prefería aquellos poemas “accesibles” al oído, templados con mayor acento musical: “La canción de la vida profunda”, por ejemplo. Los “Nocturnos” de Silva antes que “Espergesia” de Vallejo.

  La poesía amorosa de Neruda fue dejada atrás, al menos provisionalmente, por el descubrimiento de El canto general. Allí se encontraba la fundación de América, la grandeza de una gesta, la versión primigenia de un universo construido con vasallajes y resistencias heroicas. Era ésta una gran obra coral, comparable sólo a Hojas de hierba, de Whitman.

  Muchos años después, esta sospecha sería confirmada por El canon occidental de Harold Bloom: Neruda y Whitman son homologados en grandeza por uno de los más exigentes y arbitrarios críticos del siglo XX. No habiendo tenido la fortuna de ser leído por Cyril Connolly, Neruda era aceptado en el Olimpo de la crítica anglosajona por Harold Bloom.

  Empezaron a leer a Neruda como se leía a Whitman: voces luminosas que cantaban la fundación del mundo. En Whitman, los Estados Unidos de los “padres fundadores”; en Neruda, la América Latina de José Martí, José Carlos Mariátegui y Alfonso Reyes, un subcontinente rabioso, hecho con sublevaciones y caídas. La apoteosis llegaba con “Las alturas de Machu Picchu”: voz de los vencidos. Enigma y resolución del enigma que es América Latina. La Historia en matrimonio con la lírica.

  A la intimidad dulce y dolorosa del amor-tema que nunca abandonó a Neruda- se le sobreponían el discurso de la Historia y las sucias migajas de la política. En El canto general reviven los héroes de la gesta americana, son sometidos a escarnio los déspotas, levantados del olvido los artífices de la gesta americana. ¿Cómo no leer en voz alta estos versos? ¿Cómo no dotarlos de grandilocuencia recitativa? Los “poetas puros” decían que preferían al poeta de Odas elementales o Extravagario.

  Muchos, en cambio, preferían a quien les hablaba del amor elemental mientras construía un gigantesco edificio verbal con los elementos de la Historia.

  Neruda, por otra parte y para su desgracia, había dado pie al “nerudismo,” un fantasma literario que recorrió con mucho ruido y poca fortuna la geografía americana. No era su culpa. Tal vez se sintiera complacido por la existencia de discípulos e imitadores, pero el poeta, hombre de vanidades bien probadas, sabía que era irrepetible. Quienes habían en un principio tomado su camino, con pies y voces propias-el primer Octavio Paz, por ejemplo-, se “desviaron” oportunamente de un camino que podría resultar pedregoso y repetitivo.

  No hay otro gran poeta americano que pueda ser leído en voz alta como Neruda. Ni siquiera Rubén Darío. Ni otro que imprima a la voz del lector los ritmos de la poesía escrita. Sólo Whitman. En la prosa narrativa, tal vez el García Márquez de Cien años de soledad, canto coral en el que la lírica suena desde la musicalidad de la prosa.

  Esto era lo que sentían los lectores jóvenes de Neruda, aprendices del amor frente a Los versos del capitán y los Veinte poemas..., aprendices de rebeldes en El canto general. “Ven a nacer conmigo, hermano / dame la mano desde la profunda zona de tu dolor diseminado”-cito de memoria y acaso con imprecisiones, como miles de latinoamericanos recitan “Para que nada nos separe, que nos una nada.”

  La gloria universal del chileno fue la primera gloria unánime, después de Rubén Darío, de los latinoamericanos. Dicen que toda unanimidad es tan sospechosa como discutible. Pero esta unanimidad, que no es otra que la del lugar común, equivale al encuentro de muchos en una especie de acuerdo colectivo. Las impurezas, la aparente ligereza de muchos de sus poemas, son roca ineludible de una masa en cuyo centro se encuentra el diamante más perfecto de la poesía latinoamericana.

  Hay mucho material de derribo en esa obra portentosamente extensa. Neruda es un alud, el purgatorio de las sensaciones y de las imágenes de que hablara Octavio Paz. Los “ripios” hacen parte de las consistencias; los poemas “prescindibles” no arrojan sombras sobre los imprescindibles: humanizan la titánica tarea de haber pretendido aprehender el mundo.

  Volver a leerlo como lo leían los jóvenes de entonces, renueva ese gozo cada vez que al azar él elige alguno de sus libros.