Un cuento de Enrique Ferrer*

 

Un hombre está sentado junto a la ventana de su apartamento en una torre de diecisiete pisos en Caracas, ya empieza a amanecer y como es su costum­bre cierra los ojos para emprender el diseño de su jornada de trabajo, se deleita acariciando el camino inédito a recorrer cada día. Estas sesiones no son bre­ves, en muchas ocasiones los excesos de los detalles prefigurados pueden durar horas en la madrugada, sus ojos se cierran y clausuran un cuerpo agotado, exhaus­to; la recompensa vendrá después con la fluidez de su jornada, cuando el mundo cierre el círculo con el len­guaje. Disfruta de la vista del apartamento desde un borde ancho a la altura de sus rodillas, este le propicia junto a unos cojines un nido ceñido a la ventana, cada día apoya su espalda en la pared y de cuando en cuan­do repasa el horizonte más allá de la avenida Urdaneta. Esta rutina tan minuciosa como escénica, además del agotamiento anónimo, le ha hecho dudar de la necesi­dad de llevar a cabo lo planeado; en más de una ocasión se ha defraudado, ya sea por los arbitrarios alejamien­tos entre su imaginación y la realidad, ya por su absoluta concordancia; en cualquiera de estas circuns­tancias, se debate cada día entre su preferencia por manipular el devenir con el barro de sus imágenes oníricas y el vértigo de los actos fallidos.

Alguna vez, antes de llegar a su oficina como ase­sor financiero resolvió desde su observatorio matuti­no diversos y complejos problemas, siguió la red de conjeturas en el camino desde su apartamento hasta el banco de Crédito durante treinta minutos, terminó el mapeado de un corto circuito de flujo del efectivo en el departamento de tesorería, llegó con un breve retra­so a la sección de contabilidad, cruzó frente al escrito­rio de su siempre afable director de finanzas, éste le guiñó el ojo con una breve sonrisa mirando el reloj y le dijo:

—No por despertarse antes amanece más tem­prano.

Era evidente el tono de juego sin importancia del jefe; no obstante nuestro hombre se molestó. Guardó silencio, se ubicó en su escritorio y se ocupó durante más de media hora en dibujar sobre un papel sus elucubraciones sobre el flujo de efectivo en tesorería. Bastaron algunos datos de su computador para ubicar el faltante, en cinco minutos puso sobre el escritorio del jefe las señales funestas, de otro modo hubiesen tardado horas enteras.

—Yo hoy ya trabajé, ya no necesito justificarme, debería tener el resto del día libre —dijo entre murmu­llos y con la seguridad de quien ha pasado la noche descubriendo una nueva estrella.

Hoy se había despertado más temprano, sintió la necesidad de aire para respirar, repasó brevemente los titulares del periódico, puso la cafetera sin importarle la hora y ocupó su lugar junto a la ventana. El agota­miento de la noche lo llevó a relajar las piernas hasta el otro extremo, giró en varias ocasiones el cuello en péndulo y pronto despreció la vista rutinaria sobre la ciudad. Algunos breves giros hacia el vacío sólo le pro­porcionaban una postal inmóvil ya conocida. Ese venir del paisaje a sus recuerdos era producto de su sistemá­tico andar por el mundo, había desarrollado la capacidad de ver sólo conceptos en los objetos, había hecho de su mundo un tejido autista con vasos comu­nicantes con la fenomenología. Era un filósofo casero con la ventaja de saber ganarse el pan con las manos, se ocupaba de las finanzas en una sucursal del Banco de Maracaibo en Chacao, no envidiaba mucho de otras vidas ni buscaba impresionar con la suya. Sólo en un par de ocasiones abrió los ojos junto a la ventana ya fuera para precisar el tiempo, ya para interrumpir su oscuridad sólo por unos segundos, le parecía más có­moda para sus reflexiones y a ello agregaba el disfrute del silencio, la mañana era fresca sobre el valle.

Entró al baño, arrojó tres manotadas de agua so­bre su rostro y levantó su cara sin confrontarla en el espejo. Las voces afuera adquirieron tono de corrillo, la algarabía creció en cuestión de segundos, la rutina de acompañar cada mañana el despertar del edificio lo relajó. Transcurrido un instante, mientras se secaba con la toalla, el espejo del baño semejaba un bosque tupi­do, las torres verdes de cristal enfrente de la suya se mostraban imponentes, la del centro parecía pintada de fuego, esa postal de cemento en el rectángulo del espejo le sugirió un incendio, los primeros segundos sólo alcanzaron para disponer los colores en su lento imaginario, inmediatamente reaccionó ante los sím­bolos del fuego y sin demora pasó a la confusión de los juegos de las imágenes reflejadas, jugaba frecuen­temente desde el baño cuando se afeitaba con las proyecciones desde el exterior sobre su espejo de una de las torres justo enfrente, la del centro contenía la conjunción de las otras torres reflejadas en ella, el de­talle en la mirada podía continuar el juego. Las señales ya conscientes en su pensar cansino sin culpas y el agite en el pasillo de su piso le impulsaron a salir de su letargo. Oía gritos desde el otro lado de la torre, ve­nían desde la cara oculta a la avenida, su apartamento no tenía vista al interior del conjunto residencial de cinco torres de cristal. Estaba acostumbrado a los rui­dos en la madrugada, en sus días de desvelo sentía el discurrir más leve alrededor del apartamento, la alga­rabía fue creciendo y ya no pudo evitar la curiosidad, con mucho desdén, atravesó la amplia sala pateando en la oscuridad el desorden de varios días. No había puesto su oído cerca de la puerta y los lamentos masi­vos anunciaban ya visos de tragedia, sin demora acudió al ojo mágico y observó puertas abiertas y los rastros de la estampida de sus vecinos en los objetos dejados como despojos trazando un camino, abrió la puerta apresurado y el rostro de la vieja Teresa lo escrutó sin detenerse, antes de dejarla perder en la sombra de la escalera le gritó:

—¿Qué pasa Doña Teresa? —preguntó y no cesaba aún su sonrisa acostumbrada para reducir todo al ab­surdo al abordar a la vieja conocida cuando reconoció en su ceño el miedo y la renuncia.

—Hay un incendio, obligan a evacuar —dijo entrecortadamente y con el despojo de quien ha re­nunciado a su sombra y mira hacia el futuro como un ciego.

—¿Dónde? ¿Dejamos todo aquí?— No veía ningún indicio de incendio aunque el olor ya impregnaba su olfato, la ausencia inmediata de evidencia la resolvió con el recuerdo del espejo en el baño y las primeras imágenes en las torres enfrente a través de las venta­nas de los pasillos. Y pensó en otros pisos y más aún en los otros frentes de su torre.

—No hay tiempo de sacar nada, sólo de salir y ayudar—. Y entonces no supo asociar las palabras y las imágenes, en un instante se dejó estar allí en el pasillo.

—¿En esta torre?—. Y ya el cuerpo de Doña Teresa se había desdibujado y las palabras de ambos se torna­ron inaudibles e incluso innecesarias.

Sus ojos estaban acostumbrados a captar secuen­cias sensoriales muy generales, a moverse en una mirada periférica sin objetivos apremiantes, se enfren­taron a un bullicio de niños y ancianos con sandalias tratando de seguir a los adultos quienes ya caían por la escalera a zancadas. El tiempo transformaba sus coor­denadas con los sucesos inesperados, la cadena de imágenes no encontraba una gramática conocida; po­día observar pasmado la salida improvisada de mujeres, niños y animales desde otras puertas cerradas con des­dén a lo largo del pasillo; los hombres parecían haberse adelantado al trabajo y se anticipaban con mayor pre­mura a la tragedia y al destino. Un impulso instintivo lo llevó a seguirlos, en el recodo de la escalera recordó sin remordimiento la puerta abierta, miraba de sosla­yo las llamas reflejadas en las torres opuestas a la suya, la cercanía y el tamaño delataban una antorcha gigan­tesca. Ya en la calle, en verdad era un pasaje subterráneo entre las torres, la densidad de la muchedumbre lo empujaba sin rumbo claro, el caos ampliaba las rutas de la huida, recordó a un amigo muy fraterno en la torre de enfrente y allí también el café en la terraza del segundo piso, pensó sosegarse y observar el incendio ya aceptado de su propia torre, arriba aún circulaban los carros. El tumulto de rumbos encontrados y los te­chos de los sótanos impedían la vista directa, el miedo sólo le dejó la última imagen de su rostro rodeado de fuego en el espejo de su baño antes de la estampida. Atravesó la calle peatonal entre su torre y la torre del incendio, las llamas ya cercanas a los pasillos subte­rráneos se sentían abrasantes sobre la piel aunque sus imágenes se ocultaban tras las claraboyas, la rapidez de los sucesos no daba tiempo para los detalles, algu­nos orificios y la trasparencia del techo fundían los reflejos de las torres con la realidad, nadie se detenía a apreciar los consabidos del peligro. La entrada y sali­da a través de las escaleras confundía cualquier destino, los niños en brazos y algunos objetos de valor circula­ban en remolino, el calor iba aumentando y a pesar de la oposición de una desbandada mayor de personas de la torre de enfrente, logró el segundo piso; allí estaba el bar y la terraza y su torre de cristal reflejando las llamas del edificio de enfrente, donde para su sorpre­sa, se encontraba ahora atrapado.

Cuando salió a la terraza descubrió su torre intac­ta, la sorpresa detuvo su horizonte, luego el pánico le devolvió sus sentidos. Giró para desandar el camino, logró alcanzar de nuevo la escalera para regresar a la planta baja con acceso a la calle, sólo pudo reconocer

con perplejidad las llamas reflejadas en su propio edi­ficio desde los bloques huecos de la escalera a la manera de ventilación, en un último segundo con la visión borrosa comprendió la semejanza entre las imágenes y las llamas reales. Deshecho entre el humo, las llamas abrasantes, la creciente e inmóvil oscuridad y un espa­cio ya colapsado, descubrió sin tiempo para saberlo la conjunción de su propia imagen en llamas reflejada en un espejo de la codiciada planta baja y su cuerpo arro­pado por el fuego justo en el recodo de la escalera fundido con la baranda, el espejo vacío había consu­mido todo vestigio de símbolos.

 

(Para Germán Villamizar, Gonzalo Márquez y Omar Martínez, cómplices de una presencia común)

* Enrique Ferrer Corredor es, según presentación de la Editorial Común Presencia, que acaba de editar su libro de cuentos El público en escena, un “escritor colombo-venezolano nacido en 1963, con gran trayectoria académica, quien divide su tiempo entre la literatura, la economía, la ciencia política y su afición al fútbol rojo”. Sus cuentos, de grata factura narrativa, integran la condición humana con su entorno fantástico de múltiples realidades posibles y en acertado manejo del tiempo, el espacio y la atmósfera, dejan la sensación de imágenes y emociones que siempre como lectores esperamos tras el enfrentamiento con los textos. El poeta Mauricio Contreras, quien escribe la contraportada, afirma que “ponen en movimiento ese umbral donde el yo es nosotros, donde el observador se confunde con su objeto”. Y el prologuista, escritor y crítico Jaime Alejandro Rodríguez: “Enrique Ferrer nos perturba con las incertidumbres de su mundo personal y nos deja en vilo, ansiosos, ondulantes, llenos de presagios y de imágenes que ahora poblarán con todo derecho nuestros sueños”.  

 

Cortesía de: Cronopios, agencia de prensa para la cultura

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