Para Juan Dáger Nieto

 

LA CIUDAD ES SU LABORATORIO

 

Por: JUAN JORGE ÁLVAREZ SÁNCHEZ

 

Suele ser visto en las calles del centro amurallado del corralito. Siempre ataviado con  pulcro indumento, bipolar armazón la suya, que nos hace referencia, en su excelencia, a la proverbial elegancia inglesa por un lado, y a cierto aire caribe significado desde la frescura de los colores y el costeño linaje de los tejidos, por otro. Juan Dáger Nieto disfruta de su ciudad. La blanca cabellera cubierta,  a refugio de los excesos solares, protege a su vez los vastos conocimientos acumulados y compartidos por este don que bien obtuvo su membresía en la Academia de la Historia de Cartagena de Indias.

Y es que conversar con el Dr. Dáger Nieto es una de las más placenteras seducciones a que ser humano alguno pudiera acceder. Nada queda en su dicción, esmerada y costeña a la vez, de la que trajeron a estas tierras sus abuelos paternos desde el fértil Valle de la Bekaa sirio, a finales del independentista siglo XIX cartagenero, mas, pongamos el interesante relato en la voz del Dr. Dáger.

- Mis abuelos paternos, viajaron a estas tierras sin conocerse en su hábitat natal. Iskánder él y Falamina ella, más tarde castellanizarían sus nombres como Alejandro y Filomena respectivamente. Aquí se conocieron y decidieron unir sus vidas, lo que aconteció en la iglesia de la Santísima Trinidad, del otrora arrabal getsemanisense. Iskánder se dedicó inicialmente a la actividad de agente comercial pero ya en 1903 inscribía en la Cámara de Comercio de Cartagena, junto con su hermano David, una firma de importaciones y exportaciones que tendría su desarrollo en Magangué y Sucre. De la unión con Filomena nació Alejandro, mi padre. Fue Iskánder Dáger, ya consolidado económicamente, el propietario de las casas que una vez unidas conformaron el conocido pasaje que lleva su apellido en la intramuros calle de Las Carretas.

Juan Dáger cursó hasta la enseñanza media en el ponderado colegio de los Hermanos Cristianos de La Salle para más tarde obtener los grados de Doctor en Derecho y Ciencias Políticas en las universidades Externado de Colombia y de Cartagena. Su actividad docente ha sido amplia y variada a lo largo de su desempeño profesional. Desde La Esperanza en Cartagena, hasta las instituciones universitarias Jorge Tadeo Lozano y Tecnológica de Bolívar, pasando por la de Cartagena, esta vez como docente de Humanidades y el colegio Jorge Washington en el que laboró como profesor de Español y Literatura Universal, durante un ejercicio intelectual que mantiene totalmente activo, cuando carga con lozanía sus primeros sesenta y dos años de vida.

- Debo decirle que mi madre Flora, provenía de una familia de inmigrantes llegados en la primera mitad del siglo XIX desde Andalucía y Extremadura, bien pobres, a un sitio costero entre Barranquilla y Cartagena, víctimas de un éxodo motivado por las hambrunas cíclicas que padecía la histórica comunidad autónoma de al-Andalus al sur de la península ibérica.

Emparentado por vía materna con el patriota Juan José Nieto, la conversación con Juan Dáger siempre resulta fluida y cargada de chispazos que configuran a un hombre con una verdadera adicción a la lectura, que es decir, al conocimiento, como cuando alejado de toda pose refirió que Filomena, el nombre de su abuela paterna, quiere decir amor por la música . Incansable trabajador, se ha desempeñado como gestor cultural, tarea en la que tiene adosado a su voluminosa hoja de vida, el montaje de distintos ciclos de conferencias, a saber: La pintura de Alejandro Obregón, La música barroca, El descubrimiento de América y Arte en Italia, entre otras. Fue designado por la Alcaldía Mayor de Cartagena, para la delicada tarea de guiar en la ciudad al entonces Presidente de la Academia de la Lengua Española, Don Pedro Laín Entralgo. Es frecuentemente reclamado por universidades, institutos de cultura, Banco de la República, Academia de la Historia y Museo de Arte Moderno, entre otras prestigiosas instituciones para que dicte conferencias o presente libros pero guarda un especial recuerdo de cuando fue recibido por una banda de paz integrada por alumnos del Liceo de Bolívar hasta donde acudió para hablar con las nuevas generaciones de colombianos “Sobre el sentido de los nombres en El Quijote y en la obra de Gabriel García Márquez” al calor de la Jornada Cervantina en abril del año 2005.

- En los últimos veinte años, concomitantemente con mi madurez física y mental, he aguzado mi admiración por la ciudad. Me reconozco como un come gente, entendiendo por esto a alguien que va deteniéndose en la observación de las actitudes de las personas, la expresión de sus ojos, el color del cabello, sus ademanes corporales, a fin de nutrirme cada vez más de mi entorno en un acto de apropiación infinita. A esto no escapa mi admiración por las líneas, las puertas, los espacios interiores, de las sombras que fueron las madres de mis miedos cuando viví en una gran casa del Centro, este espacio en el que alguna vez sus calles permanecieron vacías cual inhabitados desfiladeros urbanos, calles que hacían las veces de gargantas fluviales, en las se que podía descubrir tras la vetustez de las paredillas y las tapias coloniales, la presencia árabe o persa.

Dáger siente una verdadera pasión por las palabras acerca de las cuales puede maravillar a su interlocutor narrándole la fabulosa historia de su etimología y cuando nos comparte este reservorio de su vida, sus azules y expresivos ojos brillan de complicidad casi infantil.

- El tío Juan despertó esa avidez en mí. Reunía a todos los sobrinos cuando llegaba elegante en las tardes a visitarnos haciéndonos preguntas como esta: ¿A que no adivinan cómo se llaman los hijos de los jabalíes? a la vez que nos ofrecía monedas a manera de recompensa. Después de comprobar nuestra ignorancia en el tema, respondía: Se llaman jabatos mientras yo quedaba extasiado. Después siendo un estudiante de Derecho aprendí de un profesor durante un comentario acerca de El Quijote que jumento es otra forma de llamar a los burros. De ahí mi amor por las palabras y mi amor por las personas.

Este sensible intelectual, prologuista de obras como “Rosa, patas de mosco” de

Everardo Ramírez Toro, traductor del francés, inglés e italiano, con distinciones como el Segundo Premio Literario de Fearab de Colombia, menciones honoríficas de la Asociación de Escritores de Bolívar y del Colegio colombo-árabe Dar-Arkham y una orden al Mérito del Jardín Infantil Nacional de Cartagena, ha escrito cuatro libros del tamaño literario del Diccionario Artístico y Arquitectónico de Cartagena de Indias y Algarabía en la aldea (ensayo lingüístico y filológico sobre las voces arábigas en la obra de Luís Carlos López) que ya alcanzan ambos su segunda edición, ha sido además columnista en el Diario de la Costa, colaborador en El Espectador-Costa, El País de Cali, El Tiempo y El Universal le ha publicado más de cuatrocientos artículos, en tanto internet facilita el acceso a parte de su capital obra, como el medular ensayo, “Actos delictuales en Cien años de soledad”.

Doy por terminada la entrevista mientras el Dr. Dáger incorpora su enhiesta anatomía. La sonrisa exacta y sincera y los inmerecidos agradecimientos a este redactor provenientes de un hombre de quien mejor, mucho tenemos que aprender. Toma el bastón que usa más por un toque de elegancia que por necesidad y se adentra en la ciudad, su pródigo laboratorio, con su andar firme y pausado, la blanca cabellera cubierta, escudriñando paredillas y pretiles.

 

educadoresmj@yahoo.es

 

 

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