Con el sello editorial del Fondo de Cultura Económica, en su colección aulatlántica, coordinada por Julio Ortega, acaba de aparecer en México la antología Narradores del XXI – cuatro cuentistas colombianos, con prólogo, bibliografía y notas de Jaime Alejandro Rodríguez R. Incluye relatos de Pablo Montoya, Lina María Pérez Gaviria, Octavio Escobar Giraldo y Ricardo Silva Romero. En opinión de Cronopios, se trata de una de las más acertadas selecciones de cuentos y autores colombianos de los últimos tiempos. Aquí reproducimos uno de los relatos del primero de los autores mencionados.


El conductor

Por Pablo Montoya*

 

El bus era gris. Varias rayas de colores lo surcaban verticalmente. No tenía letras ni números, y su largura le daba una apariencia de gusano. Era estrecho a primera vista, pero cuando el aire entraba por las ventanillas producía una amena amplitud. Algunos pasajeros manifestaron esa comodidad al permanecer durante horas absortos, mirando el paisaje de las calles por donde íbamos. Parecía gastado y, aunque yo cumplía con mantenerlo limpio, era inevitable saberlo en ciertos momentos como un animal remoto. Sobre todo al ascender cuestas de días enteros. Entonces teníamos que acostumbrarnos a un zumbido pesado, semejante a una queja. En la memoria veo al bus brincando en los tramos de mercados ambulantes. Descendiendo, casi imperceptible, por lugares solitarios. Iluminando con sus farolas carreteras en cuyos bordes las casas daban la impresión de estar vacías. Y concluyo que, al conducir ese vehículo estragado, yo estaba inmiscuido entre los hombres.

El viaje empezó en un barrio de calles agobiadas por el lodo, en la cadena montañosa que rodea la ciudad. Me dijeron:

“Trata de llegar a un cruce de trece esquinas. Ahí terminará tu labor. Debes parar en ciertos puntos y recoger a los que esperan. También puedes detenerte donde desees, o en los sitios solicitados por los pasajeros. No preguntes por el motivo, pero se viaja una sola vez en el bus. Y, así suene sentencioso, a quienes conozcas en estos días jamás los volverás a ver”.

Primero subieron tres ancianos, a escasos metros de la partida. Por días fueron los únicos habitantes del bus. De facciones secas, sus monólogos al principio los confundí con conversaciones entre ellos. Aún los veo bajando, mis brazos sirviendo de apoyo, para comer y desentumir sus cuerpos. Algo en mí se estremece cuando recuerdo el instante en que, creyéndolos dormidos, comprobé sus muertes. Bajo un cielo color de plomo los dejé en un callejón. En él tres muchachos, indiferentes a lo mío, tiraban piedras a botellas enfiladas.

En una parte del trayecto las personas se sucedieron de tal modo que he olvidado sus rasgos. Era necesario parar cada cuadra. Y nunca he entendido por qué, en vez de caminar esa corta distancia, los pasajeros utilizaban el bus. Nos deteníamos. El vehículo se desocupaba y volvía a llenarse con parsimonia. Una vez quise arrancar. El espacio estaba casi colmado. Pero alguien hizo la advertencia. Cuando el hacinamiento tuvo un límite pude hacerlo. Demoraba unos minutos para llegar a la parada y la gente bajaba con premura. Luego, era una espera parecida al suplicio de las condenas circulares.

Más adelante subieron los niños. Y apareció el hombre. Levantó uno de sus brazos en la mitad de la carretera. Frené. Se acercó al lado de mi ventanilla. Su mano, rugosa, cubrió la mía. Al decir, “gracias, amigo, llevo años esperando este momento”, silbó hacia una de las orillas. Entonces empezó a pasar la multitud. Viejas cargadas de trebejos, adolescentes encinta, nodrizas de senos secos que amamantaban varias criaturas a la vez. Apagué el motor y surgieron los animales. Burros con paso de fatiga, vacas indiferentes al tiempo, gatos y perros flacos. La oscuridad cayó sobre nosotros. Escuché letanías tocar el sueño de los niños que dormían en el bus. Cuando la luz se expandió sobre el universo, trajo a los ancianos. Discutían, caminaban apresurados, sostenían con sus cabezas bande­ras, emblemas, libros, códigos. Volví a vigilar el sueño de los niños. Éste era estropeado, no obstante, por un ruido de balas y llanto de mujeres que pasaban frente al bus. Amaneció una vez más y comenzaron a pasar las ovejas. Los niños bajaron y se unieron al éxodo. Quise fundirme en esa marcha desproporcionada. Pero vi al bus nimbado de una miseria que también era mía, y supe que los dos estábamos sujetos a una misión improbable. Antes de subir escuché el silbido. El hombre alzó el brazo y desapareció tras azuzar el trote de las últimas ovejas.

Hacia el final del viaje el bus se llenó de soldados. Continuamente caminaban por el corredor. Sacaban sus cabezas rapadas por las ventanillas. Gritos lanzados a viandantes extrañados eran su único lenguaje. Al llegar la noche comían, bebían con desmesura, fumaban unas hojas de color agrio que los ponía a hablar sin pausa hasta el comienzo del amanecer. Una especie de frenesí los lanzaba a un sexo prolongado y agresivo. Después yo podía verlos a través del espejo. Derrumbados sobre las sillas. Amontonados en el pasillo. Y me asombraba sentir en el bus algo cercano al sosiego. Una vez, tras los hombres acoplados, observé que uno de ellos me hacía una señal. Comprendí la invitación. Confuso, detuve el vehículo. Actué como si estuviera averiado. El pantano de una acequia próxima lo aproveché para mojar mi rostro.

En una de esas mañanas quietas apareció la mujer. Supuse su subida con la soldadesca. El bullicio y el desorden, las causas de no haberla visto. Ahora prefiero creer que fue una emanación de mi soledad en medio del dormir de los militares. Le ofrecí un banco junto a mí. Tenía un aire de mujer antigua. Su voz estaba hecha de distancias. Varias veces presenciamos la salida del sol por entre las montañas. La atmósfera nos pareció translúcida al atravesar un riachuelo desparramado en la carretera. Amé sus ojos que definían un perfil del silencio, el movimiento de sus manos moviendo el pelo caído sobre la frente. Recorrí su desnudez como si recorriera un misterio. Construí un vínculo con la tierra, lo sé, pero también vislumbré lo insondable. Cómo olvidar su llanto, cadencioso, al hablar de su hermano asesinado. Su tumba sin nombre la buscaba desde siempre por los barrios periféricos de la ciudad.

No sé con exactitud cuándo el bus volvió a estar sin nadie. Una fuerza extraña, en cambio, me obligó a seguir y no ir atrás para encontrar el paradero de la mujer. Horas antes de llegar a la primera de las esquinas se desató la lluvia. El vehículo se detuvo en el centro de la encrucijada de las calles. Descendí. Mi sombra se alargó sobre los charcos. Y la figura del bus fue deshaciéndose en las tinieblas.


 

* Pablo Montoya nació en Barrancabermeja (Santander) en 1963. Ha publicado, ade­más de la novela La sed del OJO (2004), cuatro libros de cuentos, uno de prosas poéticas y otro de ensayos sobre música: Cuentos de Niquía (1996), La sinf6nica y otros cuentos musicales (‘997), Habitantes (1999), Viajeros (1999), Razia (2001) y Mú­sica de pájaros (2005). Sus artículos y traducciones para di­ferentes revistas nacionales e internacionales versan sobre temas relacionados con la música, la pintura y la literatura. Realizó estudios en la Escuela Superior de Música de Tunja, es licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás de Aquino y obtuvo la maestría y el doctorado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de la Nueva Sorbona-­París III (Francia). Actualmente reside en Medellín donde es profesor de literatura de la Universidad de Antioquia.


* El conductor, cuento que Cronopios tomó de la Antología Narradores del XXI, cuatro cuentistas colombianos, aquí referida, fue publicado originalmente en Habitantes, París, Índigo, 1999, pp. 7-10.

 

Cortesía de: Cronopios, agencia de prensa para la cultura

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