Jaculatoria del manco del espanto

Por Ignacio Ramírez*

Director de Cronopios

El día de una nueva resurrección

 

Una escoba de octubre se atravesó en la cocina de mi casa y tras aplicarme zancadilla olímpica me puso en trance de volar sin alas... y ahí fue Troya: ¡Brazo partido, rodilla morada, muñeca rota, vendas sin prebendas, férulas torturadoras, ayayay de día y huyuyuy de noche! Y una condena condenada: no escribir, quitarme el aire, desletrarme los dedos, descomputarizarme y descronopizarme. ¡Ay, Señor de los crédulos: dame una mano izquierda y destronaré a Arquímedes!

Pero pasa el tiempo y cuando el tiempo pasa no ha pasado nada. Aquí de nuevo está el pan de cada día de los Cronopios, el diario virtual de los hombres y mujeres de palabra, retozo puro, placentera ruta, ventana abierta, cotidiano sol, perpetua lluvia, verbo enardecido, juguetón universo de palabras que pensadas parecen cine onírico y escritas pasto fresco para el rumiante de las esperanzas.

Ciego de la nuca, bizco de los fémures, sonso del azúcar, cáncer de la próstata, la líbido intacta, viejo de los huesos, joven de la testa, lisiado de izquierda, manco del espanto nunca de Lepanto, tieso transitorio, cojo de la náusea, tuerto del estómago, miel de la diabetes, tránsfuga del nódulo,  otra vez octubre se lleva a la muerte cabalgando escobas y ululando trémula urde traspiés tétricos mientras yo de nuevo me muero de la risa y a la tercera semana resucito con delirante sed de hacer milagros: apacígüense los presos de sí mismos, libérense los condenillos montaraces, refléjense en el azogue de los ríos quienes los enrojecen, avergüéncense los gobernantes sátrapas, los legisladores pícaros, los electores cómplices y cándidos.

¡Oh menajes y homenajes! Me enteré, señoras y señores, claro que lo supe. Y gracias, generosos Cronopios, muchas gracias. Pero, ¿Para qué menajes y para qué homenajes? Los primeros pesan, los segundos sonrojan. ¿Qué mejor menaje que este cartapacio de mensajes corazónicos? ¿Qué mejor homenaje que el encuentro diario en la identidad de la palabra? Dejemos tales fruslerías para los bobos protagónicos que abundan en los escenarios del poder, la farsa. Ellos tiran la piedra y esconden la mano. Los Cronopios y los aprendices de Cronopios tiramos la mano y escondemos la piedra. ¡Y qué piedra escondida la de los salvajes! ¡Y qué piedras preciosas las de los Cronopios en cuya superficie de canto está grabado y a la vez resuelto el intríngulis del caos!: “Desarmaos los unos a los otros”, como dicen que dijo Cristo Guevara allá en su fría losa boliviana.

Por estos días también se habló de la pobreza y la colecta, la ronda del sombrero del funámbulo. ¿Pobre yo? ¿Quién lo dijo? Si tengo una hija que agita su manta guajira entre la rosa de los vientos y pone su grito en el cielo para que el mundo entero sepa que los fervorosos de las utopías somos infinitos y perseverantes. Y la otra, pequeña y frágil, jarcia al viento, allá en tierras wayúus ejerce su misión de comandante del amor y sembradora de la paz en comunidades que conviven con sus muertos y conmueren con sus vivos. Y el muchacho, mi muchacho... ¡Qué remolino envolvente de muchacho! Un hombre listo a diseñar el mundo que soñamos, a hacer sonar la guacharaca de su estirpe de pájaro que canta un alboroto que se convierte en música por todos los confines del planeta. ¿Qué tan menesteroso puede ser un hombre con la fortuna en retoños de semejante casta?

También soy millonario en amores y en mujeres valiosas. Una reza por mí en Addis Abeba en el idioma de la nueva flor, otra de piel tostada jirafea por verme desde Suiza; unas tres, más o menos, enfrentan las tormentas y los huracanes en Florida USA con tal de amarme por teléfono, alguna desde México me llama patojito, otra con aroma de astromelia y luz de poesía viene a envolverme el brazo enfermo en bolsas de basura para que el aguacero de la ducha no juegue a ser tsunami en mi enclencura, unge las plantas de mis pies con aceite de caléndula y me mira a los ojos con agua transparente. La Ica hace por mí los más grandes sacrificios: cocina, lava la losa, brilla las ollas y no se rasca la cicatriz ni fuma mientras está conmigo tan maternal como las periquitas australianas. La de pelo encendido, la catira, me perturba y me masturba, la caderona de Sahagún me baila encima, la de los senos dulces y redondos me los pasea por la espalda, la niña grande de Monterrey me manda besos por correo electrónico, la altísima preciosa me acaricia la mano y reclina su juventud sobre mi hombro, la de Villavicencio joropea conmigo, la negra retinta de Quibdó me escribe cartas blancas y la que parisea me lleva en sus pupilas ebrias. Reales o virtuales, imaginarias o tangibles, todas me cantan en los sueños y yo pregunto a mis generosos candidatos a benefactores qué tan pobre puede ser un hombre con tanto patrimonio y tanto matrimonio en su pequeña historia.

Hoy he resucitado. Ya por lo menos escribí esta diatriba con alma de jaculatoria. Y todo queda claro como en el tango alegre: un tropezón cualquiera da en la vida. Y el cuento sigue: es cierto que tuve mi mano partida, pero no dí mi brazo a torcer.

 

 

 

 

 

[Pan comido] [Palabra al vacío] [Comuna] [Cronopios] [Art- video] [Fotografía] [Deutsch]