La pañoleta de g

Por Emma Lucía Ardila

 

La mujer iba caminando por el centro comercial. Era alta, delgada y usaba tacones; caminaba con lentitud llevada por el ritmo de su capricho y, al hacerlo, resaltaban sus piernas por las que ascendía, insinuante, la vena de las medias veladas; el pelo crespo, recogido con ligero desorden, dejaba libres unos cuantos mechones sobre la frente. Cuando el hombre la vio, de inmediato empezó a seguirla; y si ella se detenía para mirar vitrinas o entrar a preguntar por algún precio, él también simulaba estar observando alguna estantería mientras esperaba a que ella reanudara su camino.

Era verano y soplaba una brisa suave; un pañuelo de gasa ondeaba en la espalda de la mujer; él continuaba detrás, siguiéndola y, en tanto, pensaba en Tamara. El viento arreció de pronto y la pañoleta voló justo hasta el lugar en donde estaba el hombre, quien rápidamente la recogió y alcanzó a guardarla en el bolsillo antes de que la mujer se percatara; ella buscó y buscó en vano y luego, con un gesto de imprevista resolución y un mohín de indiferencia, caminó hasta el final del pasillo y torció a la izquierda, hacia los parqueaderos. Él ya no la siguió más, como si, por ahora, le bastara con el recuerdo inesperado que había robado. Entró a un baño, sacó el pañuelo de gasa y lo olió; el perfume que despedía, arrebatado del cuello de la mujer, se había quedado allí, preso, sólo para él: era dulce y florido. Empuñándolo, sin preocuparse por doblarlo, lo guardó nuevamente en el bolsillo y fue hasta donde estaba Tamara, quien, sentada ante una copa de helado inmensa, sonreía con emoción mientras adelantaba la mano para coger el bastón de chocolate que coronaba el pedido. Fue entonces cuando lo vio y la sonrisa se le congeló por un instante; es verdad que le gustaban los hombres mayores, así, canosos en las patillas, pero al mismo tiempo la asustaban. Lo había conocido allí mismo, cuando cada miércoles iba a pedir un helado distinto, a veces con amigas, a veces sola. El miércoles anterior se había encontrado con él, estuvo  acompañándola todo el tiempo y le pagó el helado. Ese regalo imprevisto la puso muy contenta porque así no tendría que ahorrar el dinero que le daban para comprar en el colegio, y podría volver al miércoles siguiente, sin falta, a disfrutar su copa favorita.

         Él siempre llegaba de sorpresa, por lo general cuando ella estaba sola. Le tenían prohibido hablar con extraños, pero, como decían sus compañeras, a quienes les había contado del pago de la cuenta la semana anterior, él ya no era un extraño, ya lo conocía desde hacía varias semanas; él le había dicho que ya eran amigos, un amigo grande que a todas sus compañeras causaba alborozo; algunas decían que sí, que era muy lindo y estaban de acuerdo con ella, pero otras decían que no, que era muy feo y muy viejo. En fin, a ella le gustaba y eso era lo importante. Él se acercó, sonriente; la saludó extendiéndole primero la mano y luego, sin soltársela, se inclinó para besarla en la mejilla. Tamara, un poco incómoda con el saludo, le dijo un “hola” y se rió mostrándole la copa:

-Se llama Tentación, tiene siete sabores distintos, siete bolas de helado, ¿qué te parece?

-Se ve deliciosa, como tú.

         La niña se sorprendió con la respuesta y soltó una carcajada para vencer el desconcierto. El hombre le dijo:

-Te traje un regalo.

-¿Para mí?

-Sí, especialmente para ti.

-¿Qué es?

-Está aquí, escondido en el bolsillo del saco, cierra los ojos y toca.

         Tamara, vencida por la curiosidad, metió la mano en el bolsillo y el contacto con la gasa le acarició los dedos; cogió un poco de tela y haló. La pañoleta se desenvolvió largamente y extendió el perfume por el aire. Ella abrió los ojos y se encontró con los de él, muy cerca de su cara. El aroma los envolvió a los dos, y también la efusión de colores que despedía la tela. La niña, con una marca de chocolate en la boca, entreabrió los labios, acercó el pañuelo al rostro y  nuevamente los cerró. Una sensación desconocida la invadía, era como un gusto que le recorría todo el cuerpo y que no sabía explicar. El rostro se le encendió y trató de retroceder, pero el hombre le tomó las manos y se las besó por primera vez. Ella no se resistió; se sentía embriagada por el perfume y por algo así como un abismo que la atraía con una mezcla de fuerza y deleite, parecida a la sensación que le producía dejar que el chocolate se deshiciera en la lengua, lenta, lentamente.


 

EMMA LUCIA ARDILA. (Bucaramanga, 1957). Cuentista y novelista. Graduada en Filosofía y letras de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Tiene una Maestría en Filosofía de la Universidad de Antioquia.

Ha publicado entre otros libros: Los días ajenos (novela), Sed (novela corta) y El universo de los sueños (Bitácora de los talleres literarios en Colombia).

En su cuento “La pañoleta de gasa” un fetiche femenino da pie para un encuentro amoroso. Texto de la antología Cuentos sin cuenta, publicado por la Universidad del Valle y seleccionado por el escritor Fabio Martínez.

 

Cortesía de: Cronopios, agencia de prensa para la cultura

[Pan comido] [Palabra al vacío] [Comuna] [Cronopios] [Art- video] [Fotografía] [Deutsch] [Escribidos]