EL DESAGÜE

 

José Luis Hereyra Collante

jlhereyra@hotmail.com

 

 

 

"El Desagüe" fue Premio Nacional de Literatura "El Espectador",

Bogotá, Septiembre de 1971.

 

El cachorro, de raza ya perdida entre mil cruces, estiró las orejas y ladró hacia el ruido. Algo como un rumor de cosa roída. Del fondo de la despensa cruzó la rata gris hacia la boca del antiguo desagüe y se introdujo con gran celeridad.

El cachorro siguió el aire desplazado y penetró en la obscuridad del tubo. Empezó a arrastrarse hacia el fondo del corredor estrecho de aquel cauce abandonado de aguas sucias y desperdicios endurecidos. Trató de avanzar con rapidez pero su posición se lo impedía: el vientre rozaba cada vez con mayor presión sobre la arenilla fétida y su espinazo rayaba contra las salientes irregulares del tubo defectuoso.

Sintió el chillido provocador más adelante. Tenía que acabar de una vez por todas con esa sombra burlona de cola escamosa y flaca. El cachorro empujó con sus patas traseras. Sintió que el tubo se estrechaba más y que su cuerpo se comprimía en el seudo cilindro de cemento áspero.

Había que seguir. Era la oportunidad esperada. Muchas veces al día oía protestar a su amo:

"¡Este perro del diablo no sirve para un carajo!"

Del cuidado cotidiano de leche y pan había pasado al incomible arroz frío.

"iSi quieres carne coge ratas, que bastante que hay!"

Si cogía una rata, volverían a tratarlo bien, de modo que la salvación estaba precisamente ahí, en la oscuridad, más adentro en el tubo estrecho. 

Se echó hacia delante acuciado por el chillido burlón.

El hocico contra las patas delanteras, pugnaba por más espacio. Trató de salir hacia atrás pero se sintió peor: el esfuerzo de las patas traseras al impulsarse disminuía el volumen total, su espacio vital. Mejor era seguir adelante, a lo que fuera.

Por su parte, los dos ojillos rojizos que huían tropezaron con un imprevisto: el desagüe inservible ya no seguía hasta el otro lado de la casa,  había sido inutilizado.

La rata se devolvió sólo para sentir un lamento canino angustiado y anhelante más próximo cada vez. El cachorro sentía sobre sus cansadas costillas una prensa infinita, la baba se le escurría sin control. Trató de coger una bocanada grande de aire con su jadeo desesperado, pero el vestido de cemento y arena se lo impidió. Su pellejo, en íntima comunión con las paredes del túnel, se humedecía aceleradamente con la sangre oscura que le brotaba de las peladuras en carne viva.

Continuó su carrera demasiado lenta contra algo que él mismo no comprendía. El olor a humedad antigua se le iba por los ojillos dilatados. Ahora él sentía el chillido angustioso cerca de su nariz, demasiado cerca. La rata gris midió su posición indescifrable, ajedrecística: su pequeñez la hacia poderosa en la estrechez ambiental, pero la salida había cedido su lugar a una caverna de colmillos ansiosos. Sintió el aliento rabioso que la pretendía, la angustia común.

Entonces el cachorro trató de respirar por la boca y coger el soplo vital fugitivo, cuando algo demasiado grande para su garganta, blando y peludo, se incrustó con fuerza en el camino de su vida.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, su cuerpo fue temblando aprisionado a dar contra algo que le restaba la ida, el intruso en su cuerpo se inmovilizó, un descanso le fue ganando. Su sentido del espacio resbaló en un extraño mar, oscuro y desconocido.

 

Cortesía de: Cronopios, agencia de prensa para la cultura

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