Desplazado

 

Un cuento de Martha I. Daza*

Fotodigital: J. De La Gracia

 

Se echó la bendición con la mano izquierda como una forma de exorcizar el pasado, se dio media vuelta y partió sin tomar los ojos que llenos de lágrimas enturbiaban su camino nuevo. Llovía fuertemente y un olor amargo manaba del suelo que pisaba. Sus pasos tropezaban con las piedras del camino y de cuando en cuando, resbalaba apoyando su mano que se hería dejando gotitas de sangre en el suelo. Veía rojo, no tenía rumbo, aceleraba la marcha frenéticamente. En cada paso infundía rabia y pena, rencor y llanto, quería desahogarse en cada pisada, aligerar su corazón herido golpeando contra el suelo su impotencia y su orfandad. Anduvo sin descanso, el sonido del río que en su infancia fuera mágico, ahora sólo aumentaba la presión que sobre su estómago provocaba la partida y lo oía rugir embravecido, arrastrando cadáveres frescos y antiguos, historias de amor y de guerra, podredumbre y desechos. Río turbio, río tumba, río mierda, río sangre, agua espesa, agua cortante, agua miseria. Agua sucia, viento sucio, país sucio, mundo sucio. No hay lágrimas que te laven, lluvia, ni sangre que te purifique, no hay cal sobre la cual reconstruir la vida.

“Usted la debe, papá, usted es un faltón, usted sabe cómo acaban los faltones... ¡corra hijueputa!, ¡corra o se muere!, ¡corra y coma callado!”. Le saltaban como fieras las palabras y se le enterraban en el miedo, eran palabras lanzadas en un acento foráneo. El significado era definitivo. El hombre no tenía mirada, no tenía expresión. Su arma despedía unos destellos en la luz tenue de la plaza en ese amanecer, noche, amanecer tiniebla, amanecer sangre, amanecer llanto. Allí los otros hombres habían sido ejecutados, después que una voz casi militar, pronunció nombre por nombre su destino, leyéndolo de un trozo de papel como un edicto.

Un aullido fatal atravesó la vereda y rompió el silencio de la noche, gemidos de animal herido, alaridos zumbantes confundidos con el tableteo. Ojos saltados por la angustia, muecas talladas en la piedra del horror, indelebles y treinta y siete vidas perdidas en el suelo.

Cuántas veces quiso tener un arma, un seguro para ser respetado e infundir miedo, un pasaporte a la seguridad. “Las armas os darán la libertad”.. .¿o “las leyes”?... Ni las armas, ni las leyes, ni la fuerza. Nada. Libertad de ser carroña, hediondez en la alborada. Masa viscosa en el crepúsculo, asco en la noche, repugnancia en el medio día, cadaverina sin cementerio ni tierra que la cubra, espanto en tierra propia, espanto en tierra ajena. Pero, ¿es que acaso hay tierra propia, hay tierra prometida?, ¿Por quién y para quién, quién reparte, quién controla? Controla el miedo, controla la muerte. Dios-muerte, Dios-miedo no me roces, no dictes el designio de tu mano espantosa, no yergas tu brazo terrible sobre mi cabeza. Ni un solo recuerdo bonito lo cruzaba, ni madre, ni padre, ni mujer, ni hijos. No familia, no querencias, no afectos, no amigos, no belleza, no juventud, no esperanzas, no sueños. La vida negada, la vida acabada, destruida. Todo se pierde como en un mar de niebla, todo se disuelve en una noche oscura, sólo el grito persiste. sólo la orden preva­lece, sólo las balas suenan y las lágrimas y las súplicas de los asesinados habitan los pasos que no cesan, obstinada máquina de huir, obstinado misterio de tratar de conservar la vida, resortes externos ajenos a su voluntad marcan cada milímetro en su avance.

Ya los perros han dejado de aullar y el frío penetra los huesos, pero, ¿qué es el frío ante la nada, qué es el cansancio ante el paso trascendental de la muerte? Trascendencia en pólvora, en humo, en salpicaduras de gente, explosiones de gente, cabezas rotas estalladas en mil gotas de vida derramada, líquido misterioso que se escapa a través de los agujeros perfectos, sanguaza que humedece y fertiliza el suelo con horror..

Los unos no sabían por qué mataban, los otros no sabían por qué morían, la orden llegó como todas, macabra, acompañada de la lista y si algún parpadeo interrumpía el proceso de la infamia, la explicación salía rauda —Por si las dudas— esos son sapos, colaboradores, los vieron, los oyeron, son sospechosos. Justificaciones todas, que no explicaban nada ni para unos ni para otros. Máquinas de matar, carne para morir, sin pasado, sin futuro, sin perspectivas...

Por eso si tienes una oportunidad, huye. Vuela, camina sin fin, sin reposo, hacia el frente, sin sol ni luna hasta llegar a la tierra fría donde cientos, miles como tú, se encontrarán en un tumulto enorme que tibiará la noche, que mostrará lo oculto en noticias internacionales y que perturbará a otros por un momento. Luego no sabrán si lo vivieron, lo vieron en el cine o la televisión o si alguien se lo contó por Internet en alguna comunicación del mundo vir­tual o en alguna fiestecita de cumpleaños.

* Martha I. Daza es una escritora colombiana residente desde hace varios años en los Estados Unidos. El relato que aquí reproducimos fue tomado del libro Cita de Seis, publicado en 2002 por la Casa de Cultura Hispanoamericana, con textos de seis autores colombianos residentes en la zona de La Florida. Abogada, filósofa, graduada en Español Superior en el Instituto Cervantes de la Universidad de Salamanca. Los cuentos que aparecen en la antología mencionada se identifican por la presencia de un ritmo creciente en el manejo del lenguaje, equilibrado con imágenes crudas de la realidad latinoamericana. La prologuista y presentadora Adriana Herrera afirma que “sus palabras reflejan la quemadura del absurdo, el abismo de un mundo político tenebroso, y el asco frente al poder que ostenta la injusticia, y que a ella misma la acorraló cuando salió de Colombia”.

 

 

 

 

Cortesía de: Cronopios, agencia de prensa para la cultura

[Pan comido] [Palabra al vacío] [Comuna] [Cronopios] [Art- video] [Fotografía] [Deutsch] [Escribidos]