Parábola de la loca alegría

   Mario Salazar Montero

salaz@spectraweb.ch

 

Durante toda la noche, una de luna llena y cielo despejado, estuvo tratando de olvidarlo en vano. Las siluetas de las sombras a su alrededor se le antojaron sospechosas; eran culpables o acusadoras, sin término medio. Verificó varias veces la posición del tambor en el revólver, hasta estar seguro de que al menos uno de los tres tiros de su escasa dotación de vigilante nocturno llegaría al percutor, en caso dado. No pasaba nada fuera de lo usual y rutinario, pero todo podía suceder. Nunca se sabe en qué momento la vida decide colocarlo a uno en el temido papel de perdedor, sin el recurso de la verdad ni excusa válida para defenderse. No todo era sin embargo negativo ni el mundo llegaba a su fin esa noche. Al menos él ya estaba acostumbrado a dormir despierto la vigilia, a patrullar semidormido el perímetro de alambre de púas que separaba la planta procesadora de pollos donde trabajaba del mar de cultivos de caña de azúcar rodeándola.

         Medio sonámbulo, alimentado a duras penas con frituras y bebidas gaseosas, desgranaba las horas de vigilancia inmerso en una soledad llena de ecos. En ella, iba y volvía, repetida y trillada, la humillante consigna inculcada en él con perfidia por su padre. Todavía confiaba en llegar a entenderla algún día del todo y descifrar la razón de esa injusticia heredada, de la cobardía alcahueteada. “Mijo -le había dicho siendo él apenas un niño, sus ojos fijos en el brillante huevo amarillento del tumor benigno en la frente de su padre- “vea lo que vea, pase lo que pase, oiga lo que oiga, cállese, usted no ha visto ni oído nada. Nosotros los pobres no tenemos derecho a recordar ni a opinar”. Esa noche no consiguió sin embargo espantar sus fantasías horrorosas ni olvidar las circunstancias que las habían provocado.

Tampoco fue capaz de irse a su casa después de entregar el turno de vigilancia a las siete de la mañana. Se mudó de ropa sin prisa en el baño contiguo a la garita de la portería: los mismos bluyines azules desteñidos convertidos en otra especie de uniforme, la camiseta ligera, la mochila con los restos de la comida nocturna. Por costumbre dejó un buen rato oreando el gastado uniforme antes de entregarlo en préstamo al vigilante de día. Alguna vez, años atrás, quiso creer que sus desgracias las heredaba el otro por el mero hecho de colocarse sus ropas, pero el desengaño fue rápido y cruel. Ahora se preocupaba más bien por la mala suerte que el otro dejara adherida al uniforme sudado y resobado, con el fundillo oliendo a mierda antigua. El sol del valle calentaba ya con fuerza y la vida parecía ser capaz de renovarse sin rencor. Abandonó la fábrica montado en su bicicleta, ignorando el nauseabundo olor de pollo podrido exacerbado por el calor. Tampoco quiso prestarle atención a la banda de gallinazos, organizada y bien cebada, que esperaba en el borde del muro su ración de intestinos de ave descompuestos e imposibles de vender. Entonces la vio de nuevo, ya de vuelta, reclinada en la pared de la garita del portero a la entrada de la fábrica, reluciente y amenazante como un arma verdadera, imbuida de ese algo misterioso que circunda los objetos cuando están vinculados con la muerte: la motosierra japonesa. El portero, fresco y bien dormido, lo miró al salir al igual que siempre y él le correspondió con la mirada de rutina, de desconfianza, de odio enconado sin razón aparente.

Se sentó a tomar café tinto y a fumar cigarrillo donde doña Ercilia, la viejita con la tienda ambulante montada sobre cojinetes de balineras, parqueada desde temprano en la acera frente a la fábrica, del otro lado de la avenida. Como era viernes, fin de mes y día de pago, tendría que aguantar despierto hasta el mediodía para cobrar su salario. Decidió esperar a que el muchacho de la prensa pasara con su bicicleta y le obsequiara a la vieja un ejemplar del periódico del pueblo, para confirmar los brutales detalles que él había especulado morboso durante su vigilia intranquila. El chisme lo había escuchado por azar el día anterior en la tarde, mientras caminaba distraído por la calle Sarmiento, en el centro, sosteniendo la bicicleta con el hijo de seis años acomodado en el sillín. Detenido por un instante frente a la vitrina de una papelería, se había preguntado una vez más por qué no sentía amor por su hijo, por qué cada vez que lo miraba o lo mimaba veía sólo eso, un niño. Él pretendía haber descubierto en los ojitos inocentes la presencia, todavía agazapada, de esa misma cobardía que él traía atravesada entre pecho y espalda, nutrida de traiciones ancestrales. Escuchó entonces las voces a su lado y fingió ignorarlas.

-“Mirá te cuento” -le decía una de las dependientes del almacén a la otra, paradas las dos a la entrada entreteniendo el tedio, exhibiendo las piernas largas y hermosas, el culito parado y la piel morena de mujer calentana; los atributos físicos femeninos que lo habían engañado a él años atrás- ”quedó vivo sólo uno de los cinco hermanos y eso de puro milagro mijita. A los otros cuatro los están sacando ahora mismo del río. ¿Vos te imaginás lo malos que son?”

- “¿Y vos sabés cómo los mataron?” -había querido saber la otra, sin apartar la mirada de la gente transitando sobre la acera, del posible cliente para una fotocopia, un sobre de carta, una cinta pegante o un regalo para el cercano día de la secretaria, confiada en ofrecer a tiempo la sonrisa coqueta.

-“¿Qué cómo?; a punta de motosierra mijita, me oís, descuartizados como hacen con los pollos, vueltos picadillo y luego arrojados al río metidos en costales.”

-“Cállate Anamilé que es horrible lo que vos contás, más bien entrémonos para adentro que me pongo nerviosa.”

Entonces, ardido por la curiosidad, él había proseguido su camino para llegar hasta el viejo puente sobre el río. Atravesó en diagonal el parque con la biblioteca pública donde siete años atrás él se había tomado una foto parado junto a la estatua de Simón Bolívar, recién llegado de la Ceja-Antioquia, de donde tuvo que partir sin entender nunca el por qué. Detenido en la mitad del puente vio las piedras de siempre azotadas por el sol, los mismos viejos escuálidos colando el lecho del río para quedarse con la arena y las cuatro carretillas con caballos famélicos esperando su carga resignados. No vio ningún miembro de ser humano que bajara arrastrado por la corriente del río. Desde allí había visto meses atrás el mismo río, pero su caudal represado estaba entonces crecido gracias a la generosa contribución de los terratenientes finqueros a la fiesta del pueblo. La gente se dejaba llevar por la corriente con el culo metido entre un neumático inflado de llanta de camión. El alcalde estaba entre ellos y desde la mitad del río agitaba como una reina de belleza la banderita de Colombia; sonreía y parecía estar disfrutando una aventura imaginaria a años luz de distancia de la gente apostada en las orillas que esperaba el paso de los neumáticos para saber quién iba ganando los cien mil pesos del concurso. Eran los mismos hombres y mujeres que ahora, al igual que él, espiaban con disimulo las aguas del río al cruzar el puente. También ellos esperaban ver pasar flotando un pedazo de brazo, una pierna, o una cabeza, felices de verificar que era la pierna de otro, sin compasión, embrutecidos por la cobardía heredada de vivir y morir sin rebelarse en medio de feudos de caña de azúcar. Él terminó por continuar su camino a lo largo del cauce del río hasta llegar a su casa, con el niño sentado ahora en el manubrio de la bicicleta, sin hablar, sin palabras de amor o de padre. Entró y miró a su mujer sin saludarla, se sentó en la cocina a comerse los restos del sancocho sin carne del mediodía. Luego, en silencio, fue a recostarse malgeniado frente al televisor en blanco y negro a esperar el noticiero de las siete de la noche. Quería saber si la macabra noticia había llegado hasta la capital del país, una ciudad perdida entre cordilleras. Se cansó de esperar, montó en la bicicleta sin despedirse y se fue a recibir su turno de vigilante nocturno, a tratar de olvidar lo que había escuchado.

Se alcanzó a comer tres arepas, repitió café tinto y se fumó los cigarrillos del desayuno, a la espera del muchacho del periódico. Cuando éste llegó lo esperaban también los choferes de los camiones que transportaban el pollo congelado a la mayor velocidad posible hasta las ciudades cercanas, el vigilante del turno de día, y un ingeniero despistado buscando una pausa de descanso. La noticia la leyó alguno de ellos en voz alta mientras los demás guardaban silencio. Escucharon estupefactos la versión acomodada del periódico que detallaba los nombres de los masacrados y describía la imposibilidad física de reunir las diferentes partes del cuerpo encontradas en las orillas del río, todavía con hilachas del costal de fique adheridas a la piel, más la identificación hecha por los familiares y el milagro del único sobreviviente. No hubo alusión a los culpables, ni en el periódico ni en parte alguna. Tampoco hacía falta: todos sabían quién y por qué, y el silencio compartido exoneraba de antemano la culpa del futuro autor de la venganza. Quedaba entretanto Dios como consuelo tolerado, las jaculatorias gastadas de la vieja Ercilia y las miradas vidriosas de cansancio de los choferes que abandonaron de mala gana la tienda.

Unos años atrás él había pensado en largarse para siempre de aquel pueblo. Añoraba regresar al campo, vivir lejos de cualquier carretera, cultivar plantas, ordeñar una vaca. Su padre, viejo y amargado, le había explicado sin rodeos que  las tierras alrededor estaban agotadas por la ambición y lo único que un campesino podría sembrar era amapola, para tener que venderla luego a un intermediario que se guardaba la ganancia. O sea, más de la misma mierda. Su único amigo de entonces lo había convencido de quedarse, porque según él pronto comenzaría a llover dinero en el pueblo. Los dos se imaginaban viviendo años de vacas gordas, abriendo los brazos para agarrar los dólares del narcotráfico, las limosnas y sobras de traficantes generosos y humanos, compartiendo la felicidad de un carnaval con hembras, trago y comida. Nada de eso sucedió y él seguía siendo el miserable de siempre. Sin embargo, cada noche veía pasar frente a sus narices las camionetas y autos de lujo de algún capo, que al igual que los clásicos señores feudales abandonaba su finca tan sólo para practicar algún vicio que requería la presencia de seres humanos anónimos y desechables.

La última feria del pueblo había coincidido con su día de descanso semanal. Se peleó adrede con la mujer para no tener que llevarla con él, agarró el hijo por la mano y echó a andar camino a la fiesta. En medio del bochorno pegajoso de las cinco de la tarde él se unió al desfile de gente apretujada al interior de los autos o llenando las calles, obligado a cederle el paso a los mafiositos de medio calibre y sus caballos troperos. En lo más íntimo de su ser él deseaba ser como ellos, que le temieran con ese miedo silencioso que autorizaba el atropello y el abuso, poder ejercer también el descaro de una venganza contra la pobreza. Compró su boleta de entrada popular, hizo la cola apiñada de los pobres y entró a la feria dispuesto a dejarse sorprender por innovadoras técnicas agrícolas y por el espectáculo de pan y circo programado por los duros maniatados del pueblo. Adentro vio más automóviles, escritorios desperdigados sobre la grama descuidada de la cancha de fútbol, unos cuantos muchachos con teléfono celular fingiendo hablar inglés en conversaciones de larga distancia, vitrinas de venta de helados, collarcitos y carpeticas minuciosas bordadas por mujeres de otro planeta. Al cabo de una hora de vagar sin rumbo definido entre expositores y corrales con vacas y cerdos se apiadó del cansancio del hijo, se sentaron a una mesa y le compró por fin la ansiada cocacola helada. Había oscurecido entretanto y a su alrededor la gente reía y festejaba bulliciosa la noche de fiesta. Él hizo un esfuerzo por pelarle los dientes a todo el que pasara a su lado, por dejar aflorar la espontánea alegría natural que no poseía más, arruinada por culpa del trasnocho laboral. Pretendió ser también parte de ese bienestar contagioso y mentiroso, hasta el instante en que una de las diez mil reinas de belleza sin corona que vivían por puro accidente en el pueblo, montada en yegua azabache prestada, parqueó las ancas del animal justo al lado de la mesa en donde él acompañaba a su hijo. La vida era una explosión de risas y alegría cuando él vio atónito la humeante cascada de orina bañar a su hijo, la mesa y sus únicos pantalones limpios. Encolerizado por la humillante torpeza se levantó dispuesto a insultar a la mujer o a aceptar una disculpa, pero su majestad, la reina, se le burló en la cara y festejó además alborozada el chiste. Enceguecido por la rabia y el resentimiento acumulados él empezó a golpear la yegua con lo que encontró a la mano. Cuando escuchó los gritos de pánico de su hijo los guardaespaldas que protegían a la soberana, relucientes de cadenas de oro y pistola al cinto, llevaban ya largo rato golpeándolo con sus rejos, enardecidos por la risa y la borrachera. Humillado y desesperado escapó como pudo con su niño, perseguido por la gritería de feria. Desde ése entonces los aborrecía todavía aún más, pobres perros con el alma vendida, pero una motosierra, eso ya era demasiado odio y maldad.

Y él se quedó, escuchando de la boca sin piedad de la vieja Ercilia los chismes sobre el pasado de los muertos, las verdades vergonzantes que jamás aparecerían en el pasquín. No sentía cansancio por la cantidad de horas pasadas en vela, pues vivía igual el día que la noche, sonámbulo a medias, preguntándose cosas, pugnando por entender. Él no era el único que seguía a la espera. Cuando se entrevió a lo lejos el tumulto formado por el séquito del entierro que avanzaba lento por la avenida, en las casas a lado y lado ya habían asomado precipitados por puertas y ventanas los rostros familiares del vecindario. Una veintena de trabajadores, vestidos con overoles blancos salpicados de sangre y las cabezas cubiertas por gorritas de enfermero, se apiñaban curiosos tras la alambrada de púas en la fábrica. El intenso olor a pollo desplumado y hervido era insoportable. Primero se escuchó el ruido del claxon de las motonetas, semejante a un concierto de chicharras a deshora, seguido por el rún rún apagado de los automóviles marchando a baja velocidad. Desde hacía mucho tiempo nadie había visto desfilar un séquito de entierro tan largo y concurrido, pero era grande el dolor y cuatro los muertos.

Frente a ellos pasaron las cuatro carrozas fúnebres, separadas entre sí por el recuerdo del nombre del muerto impreso en la cinta morada que adornaba la corona de flores. Iban precedidas por el enjambre de motonetas, seguidas por los autos particulares y los buses del servicio público. Él y el pueblo entero sabían que los habían asesinado por dinero, porque  la ambición y la codicia les habían hecho olvidar la prudencia y terminaron por romper la bolsa con el botín. A la hora de acompañarlos al cementerio, pensó él, todos seguían envidiando la riqueza que los difuntos consiguieron levantar mientras estuvieron con vida, sin importarles el cómo ni el cuándo. Y se solidarizaban con ese escape pírrico de la pobreza mostrando a su vez su dinero, el carro nuevo reluciente, los teléfonos celulares, las ropas de duelo recién estrenadas. Era un homenaje póstumo y al mismo tiempo el deseo compartido de que alguien más poderoso que un ser mortal pudiese otorgarles un perdón por la ambición desmedida, aceptando que quizás deberían pagar por el error, pero sin ninguna intención de renunciar al paraíso recién descubierto en la tierra. La riqueza embellece y la vida es corta. Estaba también presente desde luego el ramillete de reinas de belleza, discretamente sentadas al lado de las ventanillas en los autos, mostrando su hermosura de plañideras, un asomo fugaz de los placeres de ese paraíso. Al final pasaron los buses repletos de condolientes, de amigos, de vecinos, de chismosos, siempre mirando hacia afuera a través de las ventanillas, buscando los testigos de su solidaridad a la hora del dolor. Y todo ese acompañamiento de duelo no lograba desterrar el olor nauseabundo del asesinato y la codicia.

Él y los otros guardaron silencio por respeto, esperando ver desaparecer el séquito en su camino al cementerio cercano. Cada quien acotó oportuno su comentario o un suspiro de resignación mientras reanudaba agradecido su ocupación cotidiana. Él esperó hasta quedar solo con la vieja Ercilia y entonces se atrevió a contarle la sospecha que lo atormentaba, las extrañas ausencias y regresos de la motosierra. Desde la canasta vacía en donde llevaba sentado más de cuatro horas la señaló con el gesto, como si nunca la hubiera perdido de vista desde su salida de la fábrica. La motosierra seguía reclinada en la garita del portero, bien visible frente a ellos. La vieja ni siquiera tuvo necesidad de contestarle porque él alcanzó a leer a tiempo en los ojos preñados de cataratas la misma relamida sentencia de su padre: “ni visto ni oído nada”. Pensó que nadie, aparte del sobreviviente, estaría en capacidad de reconocer la motosierra con la cual habían sido masacrados frente a él sus propios hermanos. Él había notado la ausencia de la motosierra la noche en que debió suceder la masacre y la había visto reaparecer. Esa era la incertidumbre que lo consumía: no tener certeza absoluta de que ésa en la garita fuese la motosierra empleada. Pero pudo haber sido ésa y pudo haber sido cualquier persona que él conocía y saludaba todos los días quien la hubiera prestado o alquilado por el intervalo de una noche o de unas horas, sabiendo o no sabiendo. Pagó lo que había consumido, pero algo lo retenía todavía allí sentado.

En una de las casas ubicadas en diagonal a la fábrica, olvidados ya del paso del cortejo fúnebre, prosiguieron los preparativos para la fiesta de esa noche. Vio las muchachas jóvenes entusiasmadas y los niños divirtiéndose mientras inflaban las numerosas bombas de colores para formar con ellas un arco de bienvenida a la entrada. Pensó en los borrachos de esa próxima noche, estallando los balones con sus cigarrillos, y previo amargado una vigilia de sobresaltos y falsas alarmas. Él estaría sin embargo pendiente de la fiesta desde su lado de la alambrada, con su revólver al cinto y la linterna en la mano, a la espera del ofrecimiento de tamal, chocolate y un par de tragos, contento de tener cómo distraer otra noche, digeridos sin mayor dificultad los muertos del día.

Habría transcurrido quizás más de una hora desde el paso del cortejo y con seguridad ya habrían enterrado y despedido los muertos. Después de las lágrimas y de los pésames sinceros la gente empezaría a regresarse sin prisa, compungida pero decidida a continuar con la vida. Por esa razón él se sorprendió al ver que los motociclistas que regresaban por la avenida lo hicieran en estampida y sonando alarmados el claxon. Cuando vio las caras asustadas de los jóvenes él le tiró la falda a la vieja, distraída ella en contar los cigarrillos sueltos que aún le faltaban por vender para justificar su almuerzo. Luego pasaron raudos los buses vacíos de pasajeros. Sentado en silencio junto a la vieja, él vio de nuevo la gente asomarse a las ventanas como si no se hubiesen movido de allí en la última hora, y entendió de modo fulminante a que esperaban todos, él incluido. El taxi con el cuerpo agonizante del quinto hermano, abaleado a quemarropa mientras asistía al entierro de sus hermanos, cuando ayudaba entre sollozos a colocar los féretros uno al lado del otro en el hueco abierto en la tierra, pasó veloz y se perdió en dirección al hospital de urgencias. Él y la vieja alcanzaron a vislumbrar las caras de angustia y dolor inclinadas sobre el cuerpo que se desangraba desplomado en la silla trasera, mientras volvía a reinar alrededor la pesadumbre de telenovela concluida, de destino inmodificable al que los tenía condenados la vida. Cinco minutos después, mientras él se fumaba otro cigarrillo, pasó el jardinero del cementerio, a la misma hora de todos los días, de regreso de su trabajo de revisar tumbas, acomodar flores y regar pedacitos de grama. Caminaba parsimonioso, igual que siempre, y se detuvo junto a ellos a tomarse el café tinto de rutina. Ni siquiera tuvieron necesidad de preguntarle, porque con seguridad venía repitiendo como un loro viejo la misma explicación desde su salida del cementerio : “Los dejaron primero enterrar los cuatro hermanos, a lo bien, una ceremonia bonita” -explicó sin mirarlos-, “y luego, ahí delante de todos, sin respetar los muertos, los curas ni el duelo de la familia, acribillaron a balazos y como si nada al cabrón que habían dejado vivo, lo tiraron como un bulto cualquiera en el mismo hueco. No llegará vivo al hospital... Pero les juro que yo no vi no oí nada; juro que me lo contaron.”

Entonces él se levantó y se despidió por fin, sin ganas de pasar al frente a recoger el sobre con su magro salario en la garita. Tomó su bicicleta sin dignarse mirar una última vez hacia la fábrica en donde se ganaba el sustento, el pan amargo de cada día. A medida que avanzaba con ella por la avenida, sin decidirse todavía a montarla, sintió sin alarmarse cómo su ojo izquierdo empezaba a perder la visión hasta quedar ciego del todo. No era que dejara de ver, era que no quería ver más. Mientras negaba testarudo la visión, algo en su alma también se iba cerrando para siempre. Montó y pedaleó con lentitud desacostumbrada, sin mirar hacia dónde se dirigía, observando indiferente cómo los vecinos, ahora en pleno mediodía, comenzaban a ubicar frente a las puertas de sus casas las hornillas a carbón para vender comida: frituras, arepas, plátanos asados, carne dura como cuero, intestinos. Murmuró entonces, sólo para él : “Sí papá, la vida se encarga de volverlo a uno así, no he visto ni oído nada. Ni sé nada de nada”.


* Mario Salazar Montero, escritor colombiano residente en Suiza. Autor de libros de cuentos y novelas. Todos sus datos en www.mariosalazar.ch  / Cortesia de: Cronopios: Prensa para la cultura /