Clara Maria Rowland

Cuentos

 
Montaigne dijo que los hombres
contemplan con asombro las cosas
futuras; yo tengo la manía de
asombrarme ante las cosas pasadas.
 
katherine  mansfield

 

 

 

 

Por la tarde logré salir de mi habitación

 

Por la tarde logré salir de mi habitación, caminé, con pasos apresurados, hacia el jardín. Mi deseo era que Sara me llamara desde allí. Al bajar las escaleras, deparé con la tía Adelia en medio del corredor. Sobre los rasgos de su cara, trazos dolorosos continuaban desprendiéndose. Después, encorvándose todavía más, la vi, por primera vez, aniquilada por el peso de un llanto desesperado. Pensé que no iba a resistir la visión de ese dolor. Levanté la mano y me acerqué a su hombro, no sé si llegué a tocarlo o no, fue un instante de tal fugacidad, que no consigo retenerlo en mi memoria, sólo sé que dejó de llorar y fijando su mirada sumisa en mí como un animal acorralado, murmuró en voz baja unas palabras escurridizas que haciendo eco en nada, se volvieron blancas y volaron.

     Corrí cruzando el jardín, ahí detenido tentándome la memoria, a través de parterres que configuraban un cementerio, y llegué sin darme cuenta al lugar donde había nacido. La rigidez de mi cuerpo era total, con lo cual no podía realizar el más ligero movimiento ni articular sonido alguno. Todo estaba en ruinas, todo me pareció una profanación, algo tan terrible como la propia muerte. De repente vislumbré de lejos la casa grande; su quietud no era más que un sobresalto de angustia, poblado de rumores malignos, inaudibles y, a pesar de la abismal diferencia, en aquellos instantes los dos lugares se asemejaron en porciones perfectas. Entonces sentí que el tiempo es siempre destrucción y tal vez no se pueda ser feliz en ningún lugar.

 

II

Antes, cuando era muy niña, no me llamaba Cordelia como la hija del rey; antes, cuando vivía en aquella cabaña de cuatro paredes agrietadas, marcadas por manchas marrones, ya secas, por los caprichos de las gotas de lluvia, me llamaban de otra manera: un nombre común, tan común, que ya lo olvidé. Hoy soy Cordelia, estoy sola en la casa grande, siempre fija aquí, sirviendo para acostarme, despertar, dormir, despertar, pensar y reunir los añicos de una saudade.

 

III

Las ocho, hora de acostarse, decía mi madre, únicas palabras por mí retenidas, además de la obligación diaria de colocar un vaso de agua todas las noches en su mesita de cabecera. Para aliviar el insomnio, decía. Pero yo me perdía siempre en el camino que me traía de la escuela. Estaba convencida de que en los interludios de las tardes sucedían cosas fantásticas, llenas de misterios, y yo las perdía por no estar bien atenta. Me consolaba, por tanto, observando las pequeñas grietas donde al menor descuido brotaban flores atrevidas, o los pequeños roedores en correrías juguetonas o quietos o distraídos sacudían sus naricitas. A pesar de los misterios ausentes, era la hora mágica, mía, inmediatamente desvanecida al aproximarme cautelosa a la puerta de la casa, abrirla despacito y con el susto de llevar siempre, al unísono con aquel tufo de olores y humedad, miradas severas, rostros caídos, sin un rincón posible donde esconderse. Dentro de ese mundo oscuro, de bombilla eterna, encendida, ocultando el sol insistente jugando allá afuera, venía en mi auxilio, desde un lugar al fondo, el cuerpecito de mi hermana Ema. Corría en dirección a él y colocaba mi cabeza sobre su vientre ondulante. Sobre él se dormía mi mente, y se borraba el escenario que se desarrollaba en derredor: mi padre sentado a la mesa, mirando sin ver hacia un vaso vacío, mi madre de espaldas meneando en unas cazuelas sobre una estufa de dos parrillas semipodridas y mi abuela embriagada con todos los líquidos morados de todas las botellas vacías.

 

IV

La casa era enorme, se divisaba de lejos, nunca me atreví a visitarla, sólo en sueños y en la imaginación. Mi abuela, tres veces por semana, se encaminaba hacia allá. Desaparecía por entre los árboles que se elevaban más allá de los muros, y yo pensaba mucho en el mundo que transcurría detrás de todo aquello. Un mundo apacible, abundante en espacios y muchísima luz entrando por las grandes ventanas, clara y verdadera. Cuando regresaba, corría a su encuentro. Revisaba en las bolsas de plástico los restos de restos que tintinaban a regalos de Papá Noel y, sin dejar nunca de intuir los motivos de mi curiosidad, hacía las mismas preguntas de siempre acerca de ese paraíso terrenal. Ella se limitaba a acoger mi cabeza por entre su vestido ajustado, sin fijar la vista en mí, evitando de ese modo delatar el cansancio que flotaba sobre su rostro. Una vez, una sola vez, vencí mi miedo, desafié todos los retos. Esperé el día señalado y seguí a mi abuela. Me mantenía a una distancia prudente, sumida en una atmósfera de encanto que crecía en la medida en que ella, la casa, aumentaba hasta detenerse en sus reales dimensiones. Me agarré a una esquina del portón y la contemplé en un retrato transformado en eterno. Una cascada de luz se precipitaba sobre ella. En las paredes blancas, salpicadas por enredaderas, brillaban en exceso las ventanas azules con cortinas que ondulaban, y por entre las sendas de los parterres trotaba una niña, más o menos como yo, en un poney castaño.

 

 

V

Una vez, sin darme cuenta, Ema creció, dio un salto de algunos centímetros y ya caminaba dando brinquitos por los campos. Era esbelta, enfundada en un cuerpecito huidizo, pálido, lleno de miedo; daba dolor, un dolor callado. Un día, sin explicaciones plausibles, Ema desapareció, huyó así, sin más. Hubo búsquedas incansables y, cuando las nubes oscurecían la luz de la luna, la encontramos encogida en el tronco de un árbol. Jamás pude entender de dónde vino aquello, y el porqué, pero en un brillo como relámpago, observé por entre las sombras la mano de mi madre que propinaba varias bofetadas sobre la cara de mi hermana, con gritos agudos de: ¿por qué nos hiciste esto? Salpicaron gotas de sangre y yo agradecí a la oscuridad el haberlas enjugado y que en ellas no se reflejasen el pavor de Ema y mi rabia impotente en relación con mi madre.

    De regreso a casa, limpié discretamente con la manga de mi blusa el líquido que goteaba todavía de la nariz y de la boca de Ema, tratando temerosa de rozar con mi mano su bracito. Acostada me arrimé lo más posible a Ema, sintiéndome feliz por el don de la penumbra. Ella nos envolvió y apagó la luz.

 

VI

Una vez, mi abuela me presintió así, rebelde, ante tanta indiferencia, ante tanto silencio. Me llamó y trató, con gestos discretos, de apaciguar los fantasmas que adivinaba en mi silencio. Una tarde, con una actitud hasta ese momento sin forma definida para mí, destapó un frasco blanco y me mostró un polvo blanco:

     —Es tan potente que pondría a dormir a un elefante, a cualquier ser viviente —me dijo ante mi mirada interrogante.

     Enseguida, cerró el frasco con la palma de la mano y, apretándolo como si aplastase un misterio, lo deslizó por debajo de nuestra cama. El secreto me entretuvo por algún tiempo, alucinando mi imaginación. Me interrogaba sin cesar hacia qué mundos extraños eran arrojadas las personas que lo tomasen. Y pensaba en sus cuerpos que perdían poco a poco su peso, transformándose en aire, flotando en derredor, preludio de un largo viaje.

 

VII

Mi abuela no era muy vieja, pero parecía o pretendía parecerlo, vejando sobre aquella superficie arrugada una sensualidad resistente venida de tiempos no remotos. Una noche, así era de costumbre, tardó mucho en llegar. Al aparecer por fin, conducida por un filo de luz, se transfiguró en un ser de pesadilla. Venía lastimada, con el rostro hinchado y los labios heridos. No caminaba, se tambaleaba, dejando caer, alternadamente, una pierna sobre la otra. Mi madre, de repente, encendió la luz. Con escasos gritos y determinación feroz, la expulsó. Nadie se levantó, nadie llegó a entreabrir los ojos, ni yo. Sabía, muy dentro de mí, que ella prefería creer en mi sueño profundo, evitándome de esa manera la visión de aquel abandono.

 

VIII

Mi abuela no volvió y todo era insoportable. Deambulaba por los cuatro rincones de ese cubículo claustrofóbico, rememorando las veces en que la ayudé a levantarse: en las plazas, en las manzanas, tratando de negarme lo que ya todos sabíamos, pues era a la sombra de su tierna presencia como yo me olvidaba de aquella silueta sin vida llamada madre. Debía tener el rostro desfigurado, lo presentía ante el espejo, y me lastimaba que mi madre se levantase todas las mañanas, en un silencio absoluto, y que dentro de él, mi dolor le fuese tan indiferente.

 

IX

Las horas iban y venían. Cuando a lo lejos se precipitaba el aro perentorio del verano, fingí escapar hacia un lugar muy lejano. Desde allá, mi abuela captaría esa percepción, provocando en ella una fuerte necesidad de encontrarme. Me escondí en un rincón a la vista de todos. Me armé de paciencia, dispuesta a permanecer en él mucho tiempo. Lo que al principio me pareció una tortura, se me fue revelando con un alivio, me sentía feliz, sabiéndome alejada del mundo, del brillo del calor listo para devorar. A mi madre, más que preocuparla, mi esconder la irritó. Me arrojó con desprecio arriba del colchón con los gritos de:

     —¿Qué es lo que pasa con esta chica?

     Llegué incluso a caer encima de Ema, quien se estremeció sin moverse. Lágrimas amargas me escurrían por dentro, estaba prohibido llorar, acarreando con ellas un resentimiento hasta entonces nunca sentido y una hostilidad intensa en relación con mi padre, perpetuo, en la silla, de manos sordas, remoliendo el hueco desolado de su alma.

     No sé si alguna vez volveré a caminar por el camino barroso bajo una lluvia fina y soñar con cuánto cariño te encargarías de mí, abuela, si todo hubiese pasado de una manera diferente.

 

X

Tal como una inmensa boca lista para devorarnos, el tiempo continuaba circulando; entonces deseé una catástrofe cuyos estragos cayesen sobre nosotros y, en el silencio de su proceder, un ángel nos librase de esa luz mortífera reflejada. Y fue a través de sus filos brillantes cuando una vez tuve frente a mí la cara de mi madre, mirándome como si no me viese. Penetré en sus ojos. Encontré en el brillo de sus profundidades un sufrimiento inhumano, sin paz ni resignación. A partir de ahí, no cesé en mi empeño de vigilarla, con un ansia curiosa de descubrir alguna cosa.

     Una tarde, por casualidad, fui protagonista de una revelación. Mi madre descansaba con placidez, la veía del otro lado de la casa y por las sombras imprecisas de la habitación, me aproximé con pasos contraídos hacia un rincón vedado tan sólo por una vieja cortina. Me incliné sobre su rostro durmiente y quedé paralizada delante de esas facciones que dormían. Parecía un adorno, como si una vida la hubiese dejado y otra la tomase por completo. Disimuladamente me alejé, pisando la tierna imagen de mi madre, y arriba suspendidas, seguían las otras, las de polvo blanco, las del secreto de mi abuela, las del ritual del vaso de agua. Pero la que más me remarca yace al lado de mi cama, sobre un escarabajo pataleando desesperadamente en el aire, que al presentirme se fingió muerto y yo, sin razón aparente, lo pisé casi a propósito. El ligero estallido de su cuerpo me provocó una repugnancia sin límites y una lástima absurda.

     A la mañana siguiente, la imagen de mi madre me surgió en un descuido, enorme, fría, perfecta, mientras advertía que mi corazón era el único que latía. Cuando dejó de hacerlo, mi madre ya no estaba; me senté en el peldaño de la puerta y llevé a Ema a pasear por el campo.

 

XI 

Mi madre tardaba en volver, desaparecieron así los cuidados que ella nos dispensaba. Me encargué, sobre todo, de regar su pequeño jardín, el rinconcito de su refugio. Me empeñaba en mantenerlo bonito, entreteniéndome de ese modo siendo benévola con su recuerdo. Pero una fuerza más grande hacía que todas las cosas se fuesen deteriorando paralelamente a las personas, y un polvo espeso carcomía aquel espacio, serpenteando sobre los lavamanos distribuidos debajo de las goteras, sobre las cazuelas amontonadas impregnadas de restos de comida, sobre las ropas sucias extendidas, desde hace mucho despojadas de sus cuerpos, para finalmente fundirse en una melancólica luz amarilla donde, a través de su tenue membrana, yo podía divisar un frío que calaba y sus plantas ya muertas que no había podido yo salvar.

 

XII

Entre la niebla que escondía la curva del camino, Ema no volvió.

     Todos los días te reveo, Ema, y te sueño. Paseamos por los eucaliptos, por la libertad que nuestra madre nos donó. Vuelvo a ver tu figura amarga, raquítica, los ruidos de tu respiración. Tomo tu mano y, tal como antes, visitamos la casa grande. Permanecemos en un rinconcito del gran portón con la misma quietud rígida de las cosas inanimadas, asomamos las narices más allá de las grandes ventanas, imaginando la vida que se vive allí dentro. Después, miro al lado y tú ya no estás. Nunca deberías haber ido a la escuela, lo sabía yo cuán indefensa eras, recuerdo lo que por ella anhelé y cómo la encontré de manera tan diferente, quizá allí radique esa primera y devastadora lección que no sé si aprendí a aprender: lo lejos que queda el deseo de esa realidad que vivimos, cuando creemos que está realizada. Lloraba siempre que la profesora me obligaba a jugar con las otras niñas o me forzaba a entrar en el desorden de unos recreos, los cuales me eran completamente ajenos. Terca, me iba a un rincón rechazando cualquier contacto con ellas, como si ignorándolas, las pudiera borrar de mi existencia. Me reveía en ti cada vez que regresabas con la carita marchita que ni yo misma aguantaba. Las lágrimas que la recorrían me pedían que te acompañase, solamente la mitad del camino, me rogaban. Pero no siempre era posible, me jalaban hacia otros parajes, lugares pertenecientes a la abuela. Y ni imaginas las horas que pasé en los jardines de las plazas, donde tantas veces ayudé a la abuela. Nunca la encontré. Después, para aplacar tu miedo, te puse aquella pañoleta roja alrededor del cuello, haciéndote creer que con ella estabas siempre al alcance de mi vista. Cuando ya no me veías, yo te observaba a lo lejos por el puntito encarnado en que se había transformado la mascada. Y tú desde allá ibas volteando a cada instante la cabecita, hasta la tarde fatídica en que te desvaneciste para siempre. Ahora yo estoy un poco más crecida. Casi nada ha quedado, sólo papá enmudecido me mira con un creciente terror, la curva del camino que se extendió en una recta infinita, y tu rostro que me visita desde sombras remotas, y tú no sabes qué tan terrible es la representación constante y nítida de un rostro que ya no existe.

 

XIII

Una herida de muerte me trepaba por encima del cuerpo, como una gangrena incrustada en mi alma, infectándome la risa y la palabra. Vagueaba con una mezcla de sensaciones entrecruzadas por sueños confusos y me acostaba sobre las hierbas, imbuida de mi vasta melancolía, rondando por los lugares compartidos por Ema.

 

XIV

Estaba de este modo uniéndome despacio a mi soledad, cuando en un ocaso deparé con el señor de la casa grande, con el arma de cazar en ristre, contemplándome con una mezcla de curiosidad indolente. Me preguntó qué hacía allí a esas horas, si había ido a la escuela y por qué mi padre ya no aparecía en la finca para hacer los trabajos que le competían. Yo me limité a permanecer como una estaca, delante de él, obstinada en mi mudez. El señor todavía insistió, balbuceando algunas palabras, pero yo lo encaré muy de frente, como si lo hubiese vencido en una contienda.

 

XV               

Y vinieron a buscar a mi padre. Al ver a los dos hombres uniformados que le ataban las manos, me escondí detrás de la puerta temblando. No dije nada, ni distinguí los rasgos de resistencia en su figura. Tenía la cabeza baja. Cuando se aproximó a la cerca volteó y fijó su mirada en la abertura de la puerta donde sabía que me escondía, y me dio la espalda alejándose indiferente. Pero aquel vislumbre intercambiado por nosotros se desfiguró ante mis ojos como un muñeco apayasado: cabello grisáceo en puntas, cejas desniveladas que no llamaba a la risa, boca grande, rasgada por dos depresiones rojas que empezaban junto a las narices y seguían hasta las comisuras, poniéndolas entre paréntesis. Nadie escuchó mi grito de aflicción. Ni él ya tras el enrejado, abandonándome con la duda de si aquellos hilos de títere en que se había transformado ante mis ojos habían sido movidos por sus manos, o por otras, mucho más poderosas.

     Cuantas veces quise aproximarme a ti y en silencio, curarte de aquel entumecimiento que te mataba y jamás llegué a comprender, sólo sé de la extraña tensión, del dolor y del resentimiento que me obligaban a esquivarme cada vez que tenía que permanecer en tu presencia.

 

XVI

El señor Artur un día me llevó a la casa grande. Antes pasé horas enteras encogida y enrollada bajo el crepúsculo en posición fetal. La puerta aún semiabierta me daba una sensación de no abandono, y me aliviaba ver el soplo del vapor de humedad que se desprendía en serpentinas y se desvanecía en el techo. Y quise irme con ellas, para reunirme con mis fantasmas, que a su manera también padecían por mi ausencia. No cerré los ojos, ni lloré, cuando un rechinido de puerta vino a mi encuentro. Observé al ser, surgido al principio, con la configuración de mi padre para disolverse inmediatamente en la figura del señor de la casa grande, inclinándose sobre mí con una sonrisa a medio sonreír. Y llegué a escuchar lo que me dijo: a partir de ese día yo iría a vivir con él, con una niña hija suya, igual a mí, con la cual, con toda certeza, me iría a llevar muy bien. Allá en la casa grande.

     Una mancha negra como una tela insistía en jalarme hacia atrás. Pero yo la vencí con un bofetón de excitación ante el otro mundo que me aguardaba. Y, fingiéndome indiferente ante las miradas furtivas que de cuando en cuando me echaba el señor de la casa grande, el coche recorrió la curva del camino y el lugar se deshizo en un clic sin doler.

 

XVII

El señor Artur tenía la mano sobre los cabellos de Sara. Entonces te quedas, Cordelia, sentenció con un tono trivial, no exento de frivolidad, para despejar la atmósfera pesada fabricada por mi silencio y las miradas desorientadas que caían sobre mí en cataratas: Sara, la niña del poney igual a las muñecas visualizadas por mí, más allá de los vidrios de los escaparates, en las poquísimas veces que fui al pueblo; Catarina, la empleada, con un aire risueño y afable; y finalmente, la tía Adelia, Doña Adelia para mí. Sobre aquel rostro vi muchos años, los cuales me chuparon las palabras, transmitiéndolas hacia una opresión en el pecho, dejándolas inertes ante cualquier estímulo. No sé por qué caminos, pero una insufrible tristeza vino a suavizar mi excitación, un temor prolongó mi mirada sobre el escenario de sueño que desfilaba a mi alrededor. Lo dejé oscilar, mágico, sin tiempo; la sala enorme, la cual terminaba en una escalera de caracol que  subía hasta alcanzar el cielo. En el hall, en el retrato central de una bella señora, que representaba tan sólo la cabeza y los hombros, en su rostro se mantenían tranquilos unos ojos vivos; y las puntas de unos cabellos negros, luminosos. La pintura me perturbó, pues captaba con tal vehemencia el brillo de los ojos, la serenidad de las facciones, que casi la consideré la cabeza de una persona viva. Después, fui descubriendo todos los lugares vastos donde nos podíamos refugiar al sentirnos tristes o contrariados. Creí con devoción en la felicidad de todos los que ahí habitaban, y durante mucho tiempo pude vivir con semejante creencia.

     Me volví Cordelia y, por fin, me acostumbré.

 

XVIII

Eran bonitas las clases de Doña Rosario, única profesora que Sara tuvo desde niña. Vivíamos aisladas en la casa grande, de ese tiempo me quedan los recuerdos más transparentes de mi infancia. En la ausencia de un tercer elemento, nació entre Sara y yo una tierna empatía; jugábamos imitando a los adultos que nos rodeaban, contándonos secretos: yo le conté los míos, los misterios, traídos por los atardeceres que, a escondidas de todos, los depositaban a manos llenas en los caminos, que desembocaban en la carretera, y eran muchos. Éstos nos recibían, cómplices, nos escondían allí, además, en espera de que alguien, a falta de distracción, los tomase y con las manos en forma de concha los soltase a la vista de todos, y ellos volarían como pajaritos. Sara me contaba los suyos, los espíritus de seres desconocidos, encarnados por los relámpagos en noches de tempestades. Sólo los veíamos en el desván y si estuviésemos con la máxima atención. A partir de ahí, o corríamos a la buhardilla siempre que se desencadenaba una tempestad o pasábamos largos ratos agarradas a las barras del portón contemplando la posibilidad de salir al exterior, tomar la carretera terminada en V y explorar todos los caminos que la entrecortaban. Por la noche, nos permitían ver un poco de televisión, y cuando las luces se apagaban y desde los jardines sonaban los conocidos murmullos de las ramas secas de las rosaledas, arañando los vidrios de las ventanas, subíamos al desván, aprendiendo a movernos por la casa, envueltas en la oscuridad como verdaderos fantasmas, y siempre Sara era Ema. Sin que nada me retara, me amoldé a lo que me había tocado en suerte, bajo un tiempo que se desenvolvía ahora como en una línea extendida, sin principio ni fin.

 

XIX

Uno a uno, los días iban pasando. En una tarde a la deriva, fui víctima de un pequeño percance. Cansadas de recargarnos en el portón, saboreando el aire lleno de misterios que nos enviaron los árboles, moliendo de nuevo la angustia que nos punzaba el pecho por la aproximación de la voz de la tía Adelia, ordenándonos firme que fuésemos hacia adentro, nos miramos una a otra y en un abrir y cerrar de ojos ya absorbíamos el viento que bajaba desde las calladas montañas recortadas en el horizonte. Nos metimos por los caminos alados de la carretera a procura de los misterios. Buscamos, encontramos pistas y en ese tiempo sin tiempo sobrevino la noche, cuyas garras en forma de un miedo de muerte nos arrojaron hacia el fondo de una cuneta. Cuando nos encontró, la tía Adelia no emitió una sola palabra, pero era imposible aquietar su furia. Ignorándome, regañó a Sara, desencadenando un extraño desasosiego; cómo deseé que me hubiese reprendido a mí también. Esa noche, soñé que miraba de lejos las luces de la casa y éstas, intermitentes, sucumbían a los fuertes y prolongados vientos enviados por la oscuridad.

 

XX 

Un día descubrí a la tía Adelia, mucho después del incidente del campo. Una señora postrada en una silla de ruedas, con la espalda ligeramente encorvada. Eterna en su vestir. Negro, de cortes sobrios, rostro que simulaba un velo oscuro, y desaliento que emanaba de su figura como si soportase un dolor insoportable. Su rostro parecía conmovido por algo indefinible: una vaga tristeza, un estremecimiento. Me miraba fijamente con un modo extraño, desusado, reticente. A veces parecía impelida por una desconfianza que me aturdía por no lograr entender su real dimensión. La sentía indagando minuciosamente mis actos, vigilándome de reojo y a distancia, como un cuervo, provocándome un susto continuo. Después, enfadada por no encontrar sospechas en mi comportamiento, desistía, bombardeándome con preguntas que yo no alcanzaba a comprender. Y yo, sintiéndome rechazada por una dureza implacable, sucumbiendo ante el esfuerzo que creía haber adquirido, huía hacia dentro de mí, reteniendo nada más que mis propios movimientos.

 

XXI

Fue ese vigilar que trajo a mis días situaciones ya olvidadas, activando en mí mecanismos de defensa casi apagados. Aguzados mis cinco sentidos, temblando en cada gesto, palabra o situación salida de mis trayectos normales, me conducía por conductas ejemplares que, memorizadas a pulso y sensatez, me ataron a una realidad declarada por una mayoría, como si sólo ésa pudiese ser válida. Y la tía Adelia la sometió a una lógica inconmovible, imponiéndonos un catecismo que denominaba examen de conciencia y que en la práctica consistía en desconfiar de nuestros actos, hacernos recordar nuestros pecados, culpas, confesarlos y estallar de tantos padrenuestros inútiles.

      Y casi no me sorprendieron, únicamente me atemorizaron aquellas frases sueltas, intercambiadas por la tía Adelia y la profesora Rosario y que las agarré con las dos manos, las hice tocar como un cencerro, escondiéndolas bien en los confines de mi memoria:

       —No se sabe de dónde viene esta gente, tal vez trae la maldad de su padre.

       —No diga eso de una chica tan pequeña —replicaba con desaliento la profesora Rosario, tratando de deshacer la certeza a la cual la tía Adelia tanto se aferraba. Pero lo que provocó en mí un efecto fulminante, trasformándome en una rama ambulante agonizando en tronco ajeno fue esa palabra: “desgraciada”, pronunciada por el señor Artur ante la insistencia de la tía Adelia.

      —Imposible, le prometí a su padre y me comprometí ante la ley, no voy a dejar a esa desgraciada en la calle. Y jugaba con los rizos de Sara; entretanto, yo descubría mediante una revelación que mi lugar en aquel nicho sería la de un por mientras interminable y de que las imágenes más dolorosas eran otras, las nunca vistas, tan sólo escuchadas. Metía mi cabeza por entre los huecos de las barras del portón y lloraba, hasta que Sara se aproximaba con pequeños pasos, tomaba mi mano y me llevaba a rondar por el jardín.

      La tía Adelia sobrevivió. De aquella mirada inalcanzable, tan inalcanzable como el mundo de los muertos, quedó solamente una súplica a la cual ya nadie se esfuerza por responder.

 

XXII

Era un hombre taciturno el señor Artur, como siempre lo llamé en las rarísimas ocasiones en que me dirigió la palabra. Lo comentaba conmigo misma, ayudada por la rebosante imaginación de Catarina, como un ser carcomido por un pasado misterioso, ligado al retrato del hall, que tanto me impresionó al principio. La dama, cuyo espíritu vaciló, igual a la llama de una vela, por el ser que la traicionó. Y el hombre, aplastado por la culpa, se atormentó con los remordimientos, empezando aquellas idas y venidas, salidas del placer y del vagar, decía la tía Adelia, dejando caer sobre esas palabras un peso mórbido de terribles y secretas connotaciones. Y cuando permanecía en casa, se dedicaba a Sara, salía a cazar o bebía encerrándose en su habitación para que nadie lo descubriese, tratando de preservar, a su manera, una imagen respetable, cosa que la tía Adelia nunca le permitió, vociferando por los salones, culpándolo de la infelicidad y muerte de la sobrina. Eran siempre breves los días que faltaban para partir; eran siempre largos los espacios en que el coche negro, transformado en bola negra, se dibujaba más allá del portón, lo notaba en Sara, inquieta, pegándosele a su padre, mimada.

Y sobre una distancia ahora infinita, retornaron hacia mí en fragmentos los enigmas del

señor Artur, un hombre rico, ¿cuyas opciones en la vida se inclinaron siempre hacia

el lado más frívolo? ¿O mi salvador, un ser especial, llegado de otra tierra, un lugar

de leyenda, que yo había visitado desde fuera, donde el sol parecía brillar con una luz

diferente, y una amargura u oscura pasión lo hizo salir para no volver nunca más?

Y bajo el brillo de esa fuga elegida, permanecimos, nosotras las mujeres, entregadas

 a nuestros propios destinos.

 

XXIII

Y crecimos sin sumergirnos en el mundo luminoso de las personas. Ya teníamos quince años, lo “real” se mostraba repitiéndose con avidez, parecía no agotarse, y la vida transcurría como una melodía azul, provocando lágrimas de tanto que la escuchábamos. A través de ella, veía cómo mi posición peligraba en aquella casa, no sólo de lo que me era quitado en relación a Sara, sino de lo que más me era dado: sus sobras. Creía que era tan sólo una obligación, con los debidos deberes hacia mis protectores. Tenía vergüenza de que indagasen sobre mí, lo noté a través de una respuesta y por la profunda lástima con la que ésta fue soltada:

     —Es una muchacha que vive con nosotros.

     Frase que me hizo sentir mal, con miedos y desconfianzas, me hizo retroceder hacia mí misma, sin transparencias, y distinguir un doble sentido en las cosas que me guiñaban desde los cuatro rincones, en los seres que me rodeaban, en los lugares donde todos se hacían presentes y yo tenía la impresión de estar ausente, encorralándome hacia un no sé qué impreciso de lo que sabían, compartían, tenían, y yo no, desmoronándome por no tener nada para recuperar ni siquiera una dulce nostalgia. Todo eso me arrojaba hacia el margen de un territorio siniestro, haciéndome insensible a renuncias, precipitándome hacia una resignación sin sentido como si nada pudiese ya esperar de la vida. Y, arisca, no me era permitido el don de la rebeldía, me lo advirtió la tía Adelia:

      —Escenitas en esta casa no están permitidas.

      Mi vida se dibujaba en el recorte del romero, perenne, plantado en el jardín, en espera de no morir, en tiempos de bonanza del creador, del agua que le caía de los cielos.

 

XXIV

Regresábamos del liceo, al finalizar las mañanas, Sara se hacía siempre acompañar por su grupo de amigos, yo caminaba del otro lado de la calzada, fingiéndome distante, embebida en mil pensamientos y resentimientos. Con el tiempo, los demás dejaron de darme importancia, lo percibí al cesar las tentativas de aproximación o al desvanecerse las indirectas, cargadas de risitas. Seguimos juntas por la orilla de la carretera, con los misterios ya deshechos, y la visión seca del mundo que íbamos descubriendo. En uno de esos andares, divisamos, en una pequeña plaza, una pequeña multitud. Algunas personas examinaban con minuciosidad una cierta zona en particular. Nuestra curiosidad fue despertada por palabras sueltas arrojadas al acaso; de lástima, de desprecio, de movimientos de cabeza. Nos abrimos paso por entre el grupo y la visión que me golpeó hizo que solamente mi corazón latiese, rememorándome alguna otra mañana confusa. La mujer, extendida en el suelo, dormía, a pesar de la luz incandescente que removía en todo. En la mano derecha tenía una botella vacía. Después, en un lento despertar, se volteó lentamente fijando su mirada en la multitud. Tenía el rostro desfigurado. Sus ojos, muy cansados, vaguearon perdidos y se posaron en mí, extraños y distantes. Desvié aquella mirada para no distinguir restos de rasgos que yo tan bien conocía.

      —¿Quién es? —me preguntó o interrogó Sara.

      —No sé —respondí con los hombros, sin un vestigio de estremecimiento.

      Abatida, con las orejas enfundadas en las almohadas de mi cama, llamé a mis sentimientos, sin llegar de éstos ningún auxilio, nada de dolor, nada de miedo, nada de nada, aquello era lo más próximo a la muerte que yo había tocado. Una densa oscuridad se abatió a mi alrededor, mientras creía en lo poco que necesitaba ya de las cosas, de los llamados de los seres humanos, del tiempo que se me devenía, y en un rechazo total a las transformaciones que me brindaba el cuerpo, me alejé de la casa que no era mía, me alejé de un mundo que no me pertenecía. Me despedí de Sara. Pero la cortina que se cerró, permanente, entre nosotras se adensó en aquella tarde en que excitada y medio asustada, Sara me vino a decir, casi en secreto, que ya era una mujer. Vuelvo a recordar mi reacción sarcástica, vuelvo a acordarme del rostro de Sara hecho un torbellino de desconcierto y de confusión. Es que tú no sabías que cuando a mí me sucedió, rompí dolorida las toallitas que Catarina, discreta y sutil, había depositado en el cajón de mi mesita de noche. Para mí, aquello significaba, aunque no lo captase, un irremediable nunca más, del tiempo en que jugué y fui feliz.

 

XXV

Una vez, Sara recibió una carta, tan bien concluida por mí, y en la cual adiviné el adiós moviendo la mano de la despedida. Me acuerdo ahora cómo la enfrenté, de una forma fulminante, teñida de triunfo e igualdad. Ambas tocábamos el estigma del abandono. La guardó en el bolsillo de los pantalones y, ligeramente, con la cabeza agachada, se metió en su habitación con el queda para la próxima vez, eternizado en aquel cuadro de líneas bien definidas, y Sara lo tenía dentro de sí. Un día, mucho antes, él había regresado, los detalles me surgen ahora como el preludio de una premonición. Sara divisó el punto negro que se transformaba en coche y salió corriendo a su encuentro. Destaco la gracia de los movimientos de su cuerpo. Sara había crecido. Su padre la abrazó sin el entusiasmo de antaño, como si al crecer hubiese perdido su encanto y su semblante le revelasen detalles del rostro del cuadro de la sala principal, y él no supiese cómo lidiar con esa pérdida o parecido. Se apartó, tomando unas cartas colocadas sobre una mesa, sin casi despedirse de nosotras, se dirigió a su habitación, retomando las mismas costumbres de siempre, y durante las comidas era como un invitado, en la mesa lucían flores o aparecían cosas nuevas.

      Y, en la simplicidad más vehemente, Sara cambió, de la mansedumbre a la rebeldía, de la alegría a la tristeza.

 

XXVI

De un de repente, Sara me surgió así, con una mirada densa que confundía a quien la enfrentase. Hizo a un lado la risa, se movía por la casa sin rumbo fijo, con desmesura y descaro. De sus gritos y silencios hacía lo que quería. Un día me preguntó:

      —¿Por qué estás siempre impecable y no hablas con nadie? Niña perfecta.

      —Porque me gusta —le respondí amparada por una firme indiferencia que llegaba en mi auxilio, haciendo oídos sordos al ambiente enrarecido que brotaba a mi alrededor.

      La tía Adelia en un principio trató de quitarle importancia a aquel viraje.

      —Cosas de la edad —la oía rezongar entre los rechinidos de las ruedas de la silla. Pero el primer indicio de que una tormenta incontrolable se había desatado en aquella casa, revelándose poderosa como un águila que aleteaba sobre los techos, fue cuando Sara se rehusó a ir al liceo, sin alegar justificación alguna. Pocos se atrevieron a contradecirla. Revoloteaba entre nosotras pesada y poderosa y durante la noche se atrancaba en el jardín con una terquedad inquebrantable, y yo atemorizada por el miedo de que la tía Adelia me culpase por la nueva actitud de Sara, observaba con atención, desde mi ventana, las sombras que la rodeaban, y no sé si fue verdad o soñé, pero a veces, como si poseyese una fuerza mágica, Sara desaparecía en frecuencias y su fantasma resurgía en forma de un ligero vapor a través de los cristales de las ventanas, otras como un estallido de madera o un vaho helado con las formas de las pupilas de la tía Adelia grabadas en mi cerebro.

      La tía Adelia, no teniendo quien la acudiese, optó por la más drástica de las decisiones: encerró a Sara bajo llave en su habitación, después de una lucha titánica para retirarla del frío que calaba hasta los huesos. Y cuando la puerta se abrió por fin, fue Sara, marchita, quien se negó a salir. Y delante de aquel desmoronamiento, Catarina nos propuso rezar algunos misterios, los cuales no lograron conjurar el vendaval que todas presentíamos y se fue manifestando poco a poco hasta encarnar en la persona de Sara. Y entre rosario y rosario, yo sólo conseguía sentir una terrible nostalgia de aquella Sara que no entendía el bien o el mal.

 

XXVII

Los veranos matan cuando se estancan. Hacen huir en desbandada a las personas, nos quedan los pajaritos, los cuales contemplan complacientes el vacío de los pocos que permanecen, y nosotros permanecíamos siempre. Fue en la aurora del tercer verano de nuestra adolescencia, cuando Sara me dio la espalda, se tapó con una manta y me ordenó que abandonase su habitación. Con las manos encogidas, ya era un cuerpo con alma ausente. Sus ojos ahogados en un llanto disimulado sólo miraban hacia adentro, hacia aquella pena inmensa que la consumía. Más tarde llegaron los médicos y le diagnosticaron una profunda depresión, pero para mí era tan sólo un dolor que ella no conseguía descifrar, una soledad abierta como botón en flor que aquellos gestos de solidaridad —cuando me veía tan aislada, llegaba callada, y en silencio permanecía mucho tiempo a mi lado, suplicándome un minuto de atención— no lograban marchitar. Debería de haberle dado la mano y llevarla a pasear al jardín, como tantas veces lo hizo conmigo, sólo que me ofuscaban otras tristezas.

 

XXVIII

El calor había casi acabado con las plantas, en ese verano abrasador, adueñándose de todo y de todos. En los amaneceres, podíamos escuchar el aro mudo, alto, en toneladas de luz que lo dibujaba. Fue en un amanecer cuando escuché, todavía imbuida de sueño, un revuelo de pasos, murmullos, puertas que se abrían y se cerraban con un nerviosismo y el nombre de Sara pronunciado por voces sofocadas e imprecisas. Permanecí durante segundos, minutos, muy quieta, tratando de decodificar las señales desesperadas que provenían del exterior. Saqué fuerzas, salté de la cama y abrí, con un gesto medroso, las cortinas de la ventana. Mil rayos malignos de invisible presencia chocaron de lleno en mi cara, desnudando todo, hasta el infinito. Cerré los ojos, y con la mano todavía aferrada a una de las cortinas, como si ésta retuviese a Sara, pude ver y oír el estruendo del cierre de puertas del objeto blanco que se llevó a Sara para siempre, la bandada de pajaritos que observaba se dispersó, la marca en el camino de un rastro denso y pegajoso de nulidad. Cuando por fin mis ojos vieron más de lo que pudieron abarcar, me encontré despavorida en el epicentro de una tempestad ante la cual sólo me cabía escapar, y no podía. Enterré la cabeza en la almohada, mi gesto favorito en los tiempos en que el dolor o el miedo me superaban, y me transporté hacia otras, hacia aquéllas, a las que desde la ventana del desván asistíamos, Sara y yo, tomadas de la mano y, amedrentadas, veíamos las ramas de los árboles que eran azotadas por el viento.

 

XXIX

Después me dormí y soñé contigo, Sara. Venías de la misma edad y con la misma cara triste con que partiste. Tenías junto a ti a Ema todavía vestida con los pantalones vaqueros, la chaqueta blanca y la pañoleta roja alrededor del cuello con la que se perdió en la curva del camino. Con las manos juntas detrás de la espalda, se mantenía alejada, quieta, y parecía muy seria. Clavaba sin cesar los ojos en el suelo, y ni una sola vez quisieron encontrar los míos, librándome de imaginar en ellos un brillo de acusación. Recuerdo estar al borde de ser devorada por la saudade, estirando mi brazo desesperada pero que no llegaba a tocarla, haciendo que Ema se desvaneciera con la resignación de un espectro. Tú, al sentir mi desesperación, me tendiste la mano y me llevaste al jardín. Allá, deslizando por las flores sin color, me susurraste al oído que no habías venido para quedarte conmigo, en esta enorme casa donde naciste y permanezco yo sumergida en la enorme sombra de los que se han marchado, sino para revelarme un secreto; sabías leer el corazón de las personas. Al decir esto, te fuiste desvaneciendo, desvaneciendo, y tu rostro diminuto se diluyó como acuarela manchada por el agua, en los trazos de pinceles del retrato del hall, transformándose, tú o el rostro, en la portada de un libro, y yo lo tenía en mi mano. Traté de huir de la angustia que me estrangulaba, deshojándolo en busca de palabras. Palabras y más palabras. Palabras, las había, sólo que eran más que palabras lo que yo buscaba. El resultado de mi esfuerzo: fue despertar.

 

 

 

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