EL NIÑO Y LA COMETA

 

 

Presentación de José Luis Hereyra
Hay un bello y misterioso encanto naive en los cuentos de Elvia Chadid de Feris. La escritora colombiana (ver archivo "La fertilidad de la imaginación", publicado en Cafe Berlín) es fiel a su universo personal, donde lo fantástico se convierte en sublime y un dulce hálito de pureza impide que la ingenuidad sea jamás tomada como cursi. Su portentosa imaginación cabalga las praderas de los tiempos hasta dejarnos en una plena atemporalidad, cuyo discurso se universaliza y nos subyuga hasta susurrarnos que lo único importante es la esencia de lo humano, por encima de ropajes o de épocas.
Hoy, presentamos a ustedes el primero de los cuentos de una deliciosa serie, de cuyos gorgeos todavía tengo habitada el alma.

 

José Luis Hereyra

Escritor y poeta colombiano
 

EL NIÑO Y LA COMETA

 

En una populosa ciudad de un lejano país vivía un humilde niño huérfano de padre. Su madre, una campesina analfabeta, trabajaba de lavandera;  ganaba escasamente para mal alimentar al pequeño Miguel Ángel. El niño pasaba el día sin probar alimentos; el poco dinero que ganaba la madre a duras penas le alcanzaba para llevarle algo de comer por las noches. El pequeño se mantenía desnudo: si el dinero no alcanzaba para comer, menos para comprar vestidos.

 

    Vivían en una casucha de cartón, en un suburbio maloliente, sin fluido eléctrico, acueducto ni alcantarillado. Al lado del barrio El Agujero, se encontraba un hermoso y extenso parque natural con variedad de flores silvestres, abundante vegetación y un manantial. Allí pasaba Miguel Ángel el día, siempre solitario: le hablaba a los pájaros, aprendió a silbar como ellos; amaba las flores, les conversaba como si fuesen sus amigas, contemplaba los árboles y pensaba: “Cuando sea grande alcanzaré la altura de ellos”. Miguel Ángel era demasiado pequeño para darse cuenta de su miseria y soledad.

 

    Transcurrieron dos años. El niño empezó a tomar conciencia de su triste realidad; muchas veces cobijado bajo la sombra de los frondosos árboles, lloraba con amargura su soledad y la carencia de amor. Él, al igual que la mayoría de los chicos de la barriada no asistía a la escuela; su único anhelo era una cometa y pensaba: “¿Cómo podré conseguirla?” Se engañaba, creía que su madre algún día ganaría suficiente dinero para comprársela.

 

    El barrio estaba situado debajo de una colina. Todas las tardes Miguel Ángel subía para observar a los niños que venían en compañía de sus padres en flamantes automóviles. Miguel Ángel jamás había subido en uno de esos autos. Abría los ojos desmesuradamente al contemplar el cuadro. No sentía envidia por ello, sólo pensaba que no tenía nada, nisiquiera un papá; deseaba tener uno aunque no tuviera carro, desechaba ese pensamiento al recordar que su padre, desde antes de nacer él, se fue al cielo.

Un suceso increíble le pasó al pequeño Miguel Ángel. Un día caluroso salió para su sitio favorito; la madre había logrado conseguirle una muda de segunda. Llegó temprano, jugó entre los árboles, correteó con las mariposas, le habló a las flores… Así estuvo hasta la hora del meridiano. Se recostó sobre la fresca hierba, debajo de los árboles, cuyas ramas crecieron entrelazadas como si adivinaran a un pequeño, necesitado de su sombra. El hambre, el calor lo vencieron y se quedó dormido. Empezó a soñar que se le acercaba una legión de duendecillos a velar su sueño; hablaban un raro lenguaje. Después de mucho, le hablaron en su idioma y le dijeron:

¾No temas, somos duendes buenos, hemos venido a protegerte y llenar tu soledad. Desde este momento prometemos ayudarte, te daremos nuestro amor, todo lo que has deseado, te enseñaremos más de lo que se aprende en los colegios; además, clases de música y baile… Haremos de ti un gran hombre. No padecerás más hambre, te esperamos mañana en este sitio a la hora del meridiano. Sólo una condición: no se lo dirás siquiera a tu madre. Los adultos asustan a los niños con los duendes, nosotros somos duendes buenos, siempre hemos velado por ti, no nos acercamos antes por temor a ser rechazados, ahora eres un poco mayor para comprender. Nosotros te amamos y estaremos siempre contigo.

Así empezó para Miguel Ángel una vida mejor. Al despertar, recordó lo sucedido en su bello sueño y se prometió no contarle a nadie. Feliz se fue a su casucha de cartón: había conseguido buenos amigos, tenía la seguridad de no volver a estar en soledad.

Miguel Ángel esperó impaciente el despuntar del nuevo día, repetía mentalmente: “Me encontraré con ellos y no será en sueño, los esperaré despierto, ellos me prometieron que vendrían, esos duendes buenos son mis únicos amigos verdaderos, les pediré que hagan realidad el sueño de mi vida…”

 

La madre se despidió de Miguel Ángel y salió presurosa para el trabajo. El niño se puso su raído vestido y corrió hacia el parque a esperar la hora. Después de mucho jugar, cansado, se quedó dormido. A la hora del meridiano llegaron los duendecillos, deliberaban si lo despertaban o no, por fin se pusieron de acuerdo y decidieron hacerlo:

¾Niño, volvimos como lo prometimos, hemos velado durante horas tu plácido sueño, es necesario que despiertes, debes conocernos, somos pequeñitos, te abrimos nuestro corazón que si es grande, te brindamos nuestra amistad y supliremos la carencia de afecto que hay en tu vida. Serás una persona importante para todos.

Miguel Ángel miró a su alrededor: los vio, eran muchos. Les sonreían y lo saludaron al unísono:

¾Buenas tardes hijo, nos alegra verte.

El niño se incorporó y devolvió el saludo con una angelical sonrisa; no hubo sorpresa, sólo agradecimiento y respondió:

¾Amigos, soy feliz de conocerlos, necesito que nuestra amistad perdure por siempre.

Así empezó una bella, pura y sincera amistad entre unos duendes buenos y un niño huérfano, pobre y desprotegido.

Ese día como lo habían prometido trajeron frutas frescas, panes y miel. El niño los devoró con ansias, llevaba dos días sin probar bocado. Después de conversar con él por horas los duendecillos para despedirse le dieron un beso en la mejilla, prometieron volver todos los días a la hora del meridiano; prometieron, además, darle lo que pidiera y le recordaron no decir palabra sobre ese encuentro.

Miguel Ángel estaba satisfecho, no por lo consumido, lo que realmente le causó satisfacción fue el afecto y el amor brindado por esos pequeñísimos seres, sinceros, de gran bondad y de inmenso corazón. Encontrarlos fue para él un regalo de Dios y lo más importante en la vida de un niño carente de todo afecto.

Llegó a su casucha avanzada la tarde: encontró a su madre, quien llegaba rendida, tanto que a duras penas le hacía de comer, no tenía un minuto para dialogar con él, se tiraba a dormir sobre su camastro.

Al amanecer, Miguel Ángel se levantó más temprano que de costumbre, pidió permiso a su madre para ir al parque a cuidar un pajarito enfermo y se fue silbando con las mejillas arreboladas por la felicidad de haber encontrado a los duendecillos que para él representaban lo más importante en su corta vida.

Ya en el parque se bañó en las cristalinas aguas del manantial, tan frescas como la mañana, tan reconfortantes por saberse importante para muchos, tan puras como el corazón de ese niño que hasta conocer a sus nuevos amigos no sabía lo que era ser querido. Así disfrutó largas horas: cantaba con alegría, conversaba con los árboles, las flores, las mariposas, les contaba como sería su vida en adelante.

 

No se recostó: espero la hora del meridiano sentado bajo la sombra de los árboles. Allí lo encontraron sus amigos y le agradecieron por creer en ellos. Después de conversar un buen lapso, Sarcaciano, el duende más anciano, le preguntó:

¾Miguel Ángel, ¿qué deseas qué hagamos por ti? ¿Cuál es tú mayor anhelo?

El niño temblando de emoción respondió:

¾Siempre he soñado con una cometa de muchos colores.

Ante la respuesta del niño, se dieron cuenta que era candoroso, tierno y sin pretensiones.

¾Mañana serás el dueño de la cometa más hermosa y nunca habrá otra igual en la tierra.

Continuaron en una gran tertulia, se habían olvidado de entregarle los manjares que habían preparado con amor para el. Al despedirse le recordaron no hablar con nadie sobre los encuentros. El niño regresó feliz a su casucha de cartón.

Al día siguiente volvió al parque, hizo todo lo del día anterior, impaciente, le parecía que el tiempo transcurría lento, veía lejana la hora del meridiano. Sus amigos cumplieron la promesa: trajeron entre todos una gran cometa con los colores del arco iris. Al niño le brotaron lágrimas de emoción, le parecía imposible ser el dueño de la cometa más bella del mundo. En agradecimiento les dio un beso a cada uno. Luego pregunto:

¾¿Dónde puedo elevarla?

Los duendes lo llevaron a un sitio que no había sido descubierto, donde le enseñaron a elevarla con maestría. Miguel Ángel se sentía el rey del universo, de ese universo que se había forjado Después de un lapso, le señalaron una roca donde se encontraba una cueva: allí debía guardar la cometa que sólo debía ser vista en el aire; si alguien se enteraba ellos no podían regresar jamás.

Diariamente se daba el encuentro a la hora del meridiano, conversaban, comían, le permitían elevar la cometa… Un buen día le dijeron:

¾Hijo, es tiempo de empezar a estudiar.

Fue así como este desvalido niño empezó a leer, a escribir y aprender mucho más de lo que aprenden los que van al colegio. Crecía y sus únicos amigos eran los duendes; le enseñaron, además, a tener ambiciones.

¾Miguel Ángel, serás un gran hombre, un magnate, es nuestra misión hacer de ti una persona importante.

Continuaron la preparación hasta que pudiese ingresar en la universidad. El muchacho se convirtió en un apuesto joven, de finos modales: Asistía a los más grandes eventos mundiales y en todos salía bien librado. Adquirió muchos conocimientos y, además, aprendió varios idiomas. Transcurrió el tiempo, la madre de Miguel Ángel enfermó de gravedad. Los duendes ayudaron al joven a velar por ella. Una noche le pidieron confesarle el secreto a la moribunda. Ella murió en completa paz al saber que su hijo quedaba bien. Después de sepultarla, se llevaron lejos a Miguel Ángel; él, como único equipaje, llevó a cometa. El joven estudió ingeniería de minas por indicación de sus benefactores; al terminar con honores le regalaron inmensas tierras que contenían yacimientos de petróleo. Fue así como Miguel Ángel se convirtió en uno de los magnates más poderosos del planeta. Los duendes entristecidos se despidieron:

¾Hijo, cumplida nuestra misión, nos vamos lejos, pero siempre velaremos por ti

 

Cuentan que Miguel Ángel, el niño huérfano que vivió en una casucha de cartón, en suburbio maloliente, situado al pie de una colina, hijo de una campesina analfabeta, es hoy uno de los hombres más ricos del mundo. Tiene una gran oficina, adornada únicamente con una bella cometa con los colores del arco iris.

 

 

 

 

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