Cuento  erótico de la Saga de “Umbrella House” N.Y.

La pestilencia moral de Juana la Loca

contra las impúdicas de Felipe el hermoso

Gajaka – Foto de Pacho Velásquez

 

Por Gabriel Jaime Caro (Gajaka)

Escritor colombiano

Gajaca@hotmail.com

 

 

Juana la Loca no está triste bajando por la armazón que sirve de escalera en la carabela (El Vizcaya) A ver u observar como se la hace  El Hermoso a la princesa de Dover. Juana que es puro celos de católica romana y loba esteparia. De fuertes caderas y pronunciados senos de maja, y claro, cuando tuerce la nariz, caen a sus pies las brujas de Lieja y su querido maridito, que la tiene circuncisa, para el secreto de ambos. Qué osificación de temperamentos Reales. Qué cantaleta en medio del mosquitero celta (fisgoneando la avaricia de Juana, antes que el embrujo germánico de El Hermoso).

Todos en la sala de máquinas se preguntan qué hacer cuando en el puerto de La Coruña la reina decida vomitar el pescado por entre bastidores de negros desnudos traídos de África para nada que no sea espoliarlos.

Lo feérico y la pestilencia en el marinero español sobrevivido a los 4 mil metros de profundidad, y lo negro veneciano, enloquecen a la Reina que se desnuda un pie y el otro, hasta saborear la mirada estrecha de los expatriados vascos (tan galantes con sus saltos, con sus piernas gruesas por la pelota vasca) que apenas preparan su próximo ciclo de liberación con el apoyo de Juana, comida por los peces rubicundos del Vizcaya.

Juana sueña a Mozart, y corre enloquecida por el malecón, a punto de ser atrapada por el Rey Fernando el bueno, que no estaba escrito en la historia. La agarra y le clava su ponzoña entre las nalgas gigantes de sedentaria, así sea objeto asible y mierda para “Las moscas”de Antonio Machado.

Felipe escucha las digresiones de la inglesa romántica con el asunto de los piratas violadores, y cae exhausto hasta ser tendido en la lona del barco para ser poseído por los marineros peludos con corbata de lino escocesa. A Juana no le importa que su marido pierda las nalgas duras, así corra a sus pies para declararle que es un marica perdido para los próximos tres siglos de inquisición.

Muy cerca de allí: Carlos V ataca un monasterio de monjas y las hace picar (por no pedir perdón por semejantes escenas eróticas y hieráticas) Después de someterlas a su cosota gigante. Pide a Dios que su hijo Felipe II no sea como El Hermoso, y este (salido del Vaticano) se lo concede, porque nació negro, y por poco muere años más tarde atragantado de semen divino en aquel puerto catalán cuando su hija Micaela lo abandonó y lo dejó con su corte de moros sifilíticos. - Un puro yo de nuestras caricias erógenas, alcanzó a decir su clown, traído por la familia Tudor como invento de santidades.

- ¿Qué es esto? Humor hético, dice la reina, preñada por un esclavo holandés con sus manos de dragón, postrada a los pies de su señor, que a estas alturas del paseo no sabía si era una tira cómica renacentista, o lo peor: la suerte de marras de un matador español.

Felipe el Hermoso, a fe que lo era, con aquellas chaquetas de lana roja con pintas blancas (preferidas por los príncipes gays franceses, hasta su desaparición en la guillotina) regresaba al lecho de su mujer escandalosa, con sus derrames casi entre cobres y venenos venéreos, para crear la próxima generación de doncellas estigmatizadas como reinas por contrato para las cortes europeas. Y preparadas para ser putonas como su madre Juana y ambiciosas con el falo entre sus gargantas, por orden expresa de sus regentes impúdicos.

Juana Henríquez, porque en estos filtros fallaticos se le salía el apellido aragonés, empezó a comer las frutas que traían los traficantes de esclavos del Caribe; sobre todo papayas, que su Felipe hacía explotar con el erecto miembro paradisíaco. Daba ganas de entretenerlo con otras frutas tropicales, para evitar que el majo prefiriera el sexo oral (con las damas de palacio) a estas prácticas tan dulces y exóticas para Juana.

Carlos V, ordenó a punto de cuento de prostíbulo al pintor Tiziano para que lo pintara follando con la condesa de Farnesio, que lo acosaba cada que él le dirigía la palabra en el ofertorio. Tiziano cortó un seno, y con su sangre azul pintó el hades romántico del rey.

Faltaba el encuentro en Tordesillas de padre e hija con Felipe, para castigar tanta Sodoma y Gomorra, y así poder abdicar Juana de la corona, dejándose manosear por los pajes de Maximiliano, que encontraron en Juana la ocasional ramera de los dioses del Olimpo medio.

 

Cortesía de: Cronopios, agencia de prensa para la cultura

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