Café Berlín

Merceditas Mejía de Bolaños

 

Carlos-Enrique Ruiz

Sorpresiva esta maravillosa mujer que supera cualquier situación adversa sin quejarse de la vida, ni hacer del dolor una tragedia

 

Una mujer es una flor. Un pincel, el respiro del espíritu. El lienzo, la convocatoria a la expresión del ser. Y las manos, los instrumentos del alma. En los ojos la ternura y el encanto por la vida, por los semejantes y por la naturaleza. De conjunto la vida, en medio de historia de dificultades que no faltaron, es recato de esplendor que se revela en el trabajo diario. Las horas pasan cuando la luz-día es propicia, con el caballete en diálogo. Y en momentos, el compartir lo sabido, capacitar a otros para el trabajo en lo bello, y en lo del acontecer cotidiano. Cuando la pausa se vuelve tregua, aparece el libro entre las manos, para otra forma de diálogo.
Esta es Merceditas Mejía de Bolaños, una mujer de fábula, originaria hace casi 94 gozosos años de Santuario, en el Gran Caldas. Sobreviviente, como tantos conciudadanos, de dolencias de Patria. Padeció duros ambientes, y templó el espíritu en la reflexión sosegada y en labores. Los oficios los sobrellevó con amor y aprendió, con su talento innato, de los asuntos de la casa, y del mundo de la cultura, con el descubrimiento a tiempo de los secretos de la cocina, hasta haber llegado a ser instructora en la «Colonia escolar de La Enea» (hoy: «Parque-del-pensamiento»), donde capacitó a centenares de niños, jóvenes y adultos, en la preparación y conservación de los alimentos, con salvaguarda de criterios fundamentales de salud.
Y aprendió también, por estudio personal, las artes del dibujo, de la pintura y de la cerámica, sin guardarse los conocimientos. Por décadas aleccionó a cuanta persona recurría a ella, en talleres que tuvo hasta hace poco. Aún la vemos impartiendo instrucciones sobre el lienzo, a quienes la visitan para consultarle y aprender técnicas en las artes plásticas. Incluso he conocido a persona desvalida que al tocar a su puerta, además de no negarle el pan, le enseñó a pintar paisajitos del campo en tablas, en cartones, en telas, para que en vez de ir sin rumbo por la calle, ofreciera el trabajo de sus manos para sobrevivir con dignidad.
Levantó una meritoria familia de profesionales comprensivos de la idea fundamental del bien común. Su apego sereno a los hijos le ha permitido ejercer en simultaneidad sus artes... (“Qué dulce encanto tienes/ adorable Merceditas/ aromada florecita./ La conocí en el campo/ allá muy lejos, una tarde/ donde crecen los trigales...”, como dice la bella canción de Ramón Sixto Ríos.)
Cada vez que se la visita sorprende por el aire que transmite, con recatada alegría, mirada transparente, sonrisa amistosa y cordialidad a toda prueba. Pero, aun más, suele encontrársele en situaciones de extrema singularidad, como me ocurrió, con Livia, en día reciente, al encontrarla en su silla de habitación con libro entre las manos, en proceso de superar contusiones ocasionadas por una rodada en escaleras. Se trataba de «Pensamientos de guerra» de Orlando Mejía-Rivera, además con libreta acompañante para tomar apuntes. En otro momento anterior la encontramos con un pequeño libro de Aguilar sobre el Quijote.
Sorpresiva esta maravillosa mujer que supera cualquier situación adversa sin quejarse de la vida, ni hacer del dolor una tragedia. Tampoco soporta las dificultades por ambición en compensación eterna. Librepensadora, sin saberlo, ni posar de tal. Talante de vida, con el respeto en cada actitud y en cada proceder.
En sus lienzos, que han ido por ahí, reproduce flores, frutos, tinajas, paisajes, y rostros serenos, y también de protesta. Es diestra en el bodegón y en esos apretujones festivos de flores, con exaltación mesurada del color. Con modestia presenta los resultados de su trabajo, sin aspirar a salas de cocteles, ni a juicios de halago por parte de comentaristas o de críticos. Cuando muestra la obra terminada, lo hace con natural timidez, sin darle ninguna importancia. Simplemente la indica con humildad y dulzura.
Con más de noventa años, tiene todavía ojos para percibir el color en el tono que desea, y el pulso fino para no desbordar en el trazo. Cuida los momentos cuando la luz natural se le brinda pródiga, para desplegarse en el lienzo. Mujer de labores, de querencias, de apegos al sabor de tradiciones, sin exageración alguna en folclorismos. Mujer, expresión de las mejores cualidades de nuestro pueblo. Sin pretensiones. Desplegada en la vida al servicio del prójimo, en nombre del sentido de humanidad.
Mujer adorable esta Merceditas, sobreviviente espléndida de las angustias de la vida, quien nunca transmite quejumbres o decaimientos. Su espíritu contamina, se despliega ante propios y extraños en saludable entusiasmo, sin sobrepasar los límites de cortesía o la recatada elegancia.
Le rindo tributo público de admiración a una mujer que puede ser nombrada como referente en valores, de fe en la vida y su destino. Caldense y colombiana de excelencia.

 

Ref.: “La Patria”, Manizales, Col., 10 de septiembre de 2006;  p. 5-a

 

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