RISA DE VECINO

           Por Alonso Aristizábal*

La tarde que ellos, marido y mujer, llegaron al apartamento 302, la muchacha permaneció en un rincón de las escalas mirando su menaje con absortos y curiosos ojos. Sin duda, tuvieron que molestarse ante el hecho como si de repente fue­ran descubiertos desnudos. La mujer le dijo algo al marido en reproche contra la muchacha y ésta quizás alcanzó a oír sin dejarse aludir por la voz furibunda. Mientras estuvo el camión descargan­do junto a la puerta del edificio y los bulteadores subían pujando por las estrechas escalas, resba­lándose a través del sudor y de las paredes recién pintadas, la intrusa no se movió de allí auscultan­do el equipaje y haciendo comentarios con sus ojos o con súbitas palabras sobre los objetos y su estado como si se tratara de cosas muy extrañas. Y de repente lanzaba un alarido de bruja:

—¡uijjj!— También su mamá y sus hermanas venían a acompañarla en su tarea de inspección y a su lado asumían la posición de diurnos búhos inquisidores que debían hacer eco a las voces de la otra. La mujer estuvo a punto de estallar en insul­tos y golpeó varias veces la puerta del apartamen­to y la lanzó con sus más ocultas fuerzas:

—¡Esas mujeres! ¡Esas mujeres!— repetía en­tre el fragor caliente del equipaje amontonado en los distintos sitios del apartamento o subiendo a empellones por las escalas. El marido apenas la escuchaba entre el fuego de sus manos y el peso de los hombros:

—Déjelas, no importa— dijo escupiendo can­dela porque llevaba uno de los muebles de la sala sobre la cabeza.

Días después arreciaron las protestas:

—Faltan dos cajas, una de ropa mía y la peque­ña con el trago, yo te lo dije— sermoneó ella enfurecida— fueron esas mujeres, te advertí que nada bueno hacían paradas en las escalas—. Y ahora él mismo se reprochaba haber contratado el trasteo con el papá de ellas, un viejo de gran calva sin tiempo, siempre ahogado por el rojo intenso de su cara.

—¡Con gente así no se puede meter uno!— gritaba ella adivinando los pensamientos del ma­rido.

 

Días después, los dos estaban parados ante la ventana mirando el camión encarpado al frente del edificio mientras esperaban una visita anhela­da. Y volvían a sentir el torrente del odio porque durante semanas el camión permanecía allí dete­nido ocultando con su gran sombra los ladrones que de día asaltaban a los transeúntes y de noche aguardaban el momento para entrarse a robar al edificio. Por fin, el lunes al amanecer el viejo luchaba para que el carro encendiera y no le respondía porque tenía la gelidez de un témpano. Duraba más de una hora aquel gorgoriteo metáli­co y se iba rayando el día y dejando el cielo abierto de la paz que los reconciliaba con el sueño perdido. Por los demás vecinos, sabían que traía carga de Buenaventura o Barranquilla. Regresa­ba el viernes o sábado y a veces desde el jueves, más enrojecido, y juzgaban que su rostro era así de ira; la lentitud de las interminables carreteras saltaba en su tos al bajarse del camión. Y ellas encerradas en la casa empezaban a temblar. El viejo entraba reventando la puerta y con un alari­do iniciaba su cantaleta. A las nueve o diez de la noche ante el cataclismo, tenían que abrir la puer­ta para escapar. Las paredes temblaban y se oían llantos y chillidos y sillas que chocaban con las ventanas y anunciaban la quebrazón de vidrios. Todos los vecinos se quedaban hasta las dos o tres de la mañana sentados en las escalas a la espera de que se anunciara el número de muertos. Varias veces llamaron a la policía y ésta respondía:

—Esperen que se maten a ver a quién mete­mos a la cárcel—. El frío los congelaba desde los tobillos hasta la coronilla y erizaba su piel en flechas de odio que los tentaba a ponerle dinami­ta al edificio o echarle bala a esa familia. No sabían si a causa de la noche o del peso del sueño, luego se sumergían en un gran mar de calma. Sin embargo, a la madrugada los despertaban las voces de ellas cargando agua para lavar el ca­mión. El viejo limpiaba por dentro y la mamá con sus hijas estregaban por fuera dejando sobre la calle un río de barro donde se acumulaba en islas el odio. Nadie decía una sola palabra y sus dientes y su lengua se apretaban a aquel rencor que alar­ga y hace doler las venas. Callaban tragándose su furia y las filudas e hirientes vociferaciones que más bien los destruirían a ellos.

En el quinto piso vivía la señora de más edad del edificio; era casi anciana y bajaba las escalas hablando y reclamando por los excesos del viejo del camión y su familia; que en cada apartamento había una hija que se paraba en las escalas a ver qué subía la gente, qué ropa se habían puesto y que no era sino para robarse al primer descuido lo que pudiera; que allí no vivían más que borrachos que llegaban a la casa a contramatar sus mujeres. Los habitantes de aquel edificio con escalas de pajarera, se hacían los sordos porque no era con ellos y más bien se alegraban de que alguien hablara por todos y echara afuera aquella tumes­cencia hirviente que apretaba cada pecho. Por estas razones y por otras más secretas, los hechos de brujería que se manifestaron en la puerta del apartamento de los escándalos, se atribuyeron a esta señora con rostro y voz de renegada. Rega­ron en la puerta limones atravesados por palillos y pusieron flores y tierra que se dijo eran de cementerio.

 

—¡Vámonos de aquí!— gritó la mujer horrori­zada al ver cada vez el misterioso, asqueante y triste espectáculo. El hombre del camión callaba parado en las escalas con su rostro rojo, al igual que su vieja y sus hijas con los ojos amarillos y la cara pálida que no quería fijarse en nadie y se escurrían sigilosas hacia la calle. Sin duda el tipo tramaba su venganza. No podía decir que la de eso fuera la del quinto piso, porque aunque hu­biera ocurrido, los limones, las flores y la tierra representaban los gritos que no les habían dicho todos y que ahora les bailaban encima de los labios cuando se cruzaban los pasos en las escalas con los de ellos. Ciertamente aquel lenguaje ocul­to lo formaban palabras que querían ser torrentes y manazos que rescataran la gente de la hoguera viva. Por la noche, el hombre llegó borracho y subió y bajó mil veces las escalas gritando que iban a saber quién era, que sería lenta su revan­cha, que tendrían que desocuparle. Casi hasta medianoche estuvo revoloteando como fiera su iracunda voz también en el interior del aparta­mento:

—¡Ya verán que me cago en este edificio!

 

Desde el día siguiente, estuvo el camión en la puerta lleno de gallinas y de estiércol que se alza­ba en columnas de fetidez. A la semana lo hubie­ran ahorcado o al menos le habrían echado a correr las malditas gallinas para que se llevaran consigo la mierda, si su dueño no se va de viaje y no regresa hasta el sábado. A su vuelta apareció de nuevo el camionado de gallinas y de mierda. Entonces el vecino del cuarto piso bajó ensober­becido:

—¡Quite esa porquería de ahí si no quiere que se la destroce a bala!—. Este venía tan decidido, que al instante el otro salió disparando su carro. Los habitantes del edificio mirando por las venta­nas de vidrio, callaban con un silencio ávido y feliz. En este momento, las paredes, las escalas y hasta las rejas, se carcajeaban a nombre de las ocultas y sufridas vidas de aquel lugar. De veras, pocos instantes de dicha equiparables a éste. El del cuarto piso era el héroe que se había atrevido a enfrentar la situación. Cuando el viejo tornó de guardar el camión, se metió por su puerta de un salto huyendo y reinició sus alaridos y golpes contra la pared; también se escuchaban llantos y traquidos de sillas.

—La va ahorcar— y la voz ahogada de la vieja decía:

—Que me mate, qué más puedo esperar yo—. La gente estaba en las escalas rodeando al vecino del cuarto piso y éste dudaba de si llamar de nuevo la policía. No obstante, gritó duramente puñeteando la puerta de aquel apartamento:

—¡La policía, la policía!— Los estruendos y el escándalo se contuvieron y nadie creía que fuera posible y que tuvieran la fórmula para arreglar esta guerra. Trajeron vino y cerveza y pasaron la noche hablando y celebrando el hecho. Esa vez fue cuando se comentó de los novios de esas muchachas y de sus romances en las heladerías del barrio.

 

—¡Mira, mira!— dijo la mujer al marido al ver venir la hija menor del viejo, la misma que había estado en las escalas el día del trasteo.

—¿No le ves algo raro?— gritó ella casi con delectación. La muchacha caminaba por el andén del frente con paso lento y pesado y sobrellevan­do muchos ojos encima. El marido no veía nada. En ese momento sonaron muchas voces en la puerta; eran las mujeres y muchos hombres del edificio que habían saltado a las escalas incluso en piyama.

—¿La vieron, la vieron?— decían con la sor­presa de su malévola alegría. El marido todavía le alegaba a su mujer que no le veía nada. Dos o tres días después las mismas vecinas miraban por la ventana la novia de vestido blanco y el novio de frac y cubilete. Ese día el hombre sí pudo apreciar el tamaño del ombligo de la recién casada.

—¡Tiene cinco meses de embarazo!..... alardeó una voz y empezó a reír y las demás mujeres corearon la misma risa. Y reían tanto como para no oír la juerga de ese apartamento donde el viejo estaba matando hasta a los invitados. Cuando el nuevo marido salía con la columna partida y gateando escalas abajo a traer la policía, el hom­bre del apartamento 302 protestó al comprender la inmensa maldad que había en sus vecinos.

—¡Vámonos de aquí!— insistió su mujer des­pués, arrepentida de convivir en aquel pozo de odio.

—¿Sí, vámonos!-- le respondió éste. Duraron muchos días buscando apartamento como deses­perados y al fin se trastearon de noche casi en secreto; parecía que el viejo fuera a venir a ahor­carlos y tenían que correr.


 

* Alonso Aristizábal, novelista, cuentista, filósofo, profesor y crítico literario nacido en Pensilvania, Caldas. Su obra literaria ha sido reconocida y elogiada por la crítica especializada y tiene ya conquistado un lugar importante en la historia de las letras colombianas.

 

Cortesía de: Cronopios, agencia de prensa para la cultura

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