Una tarde en la vida de Falafel Gutiérrez

Un cuento de Boris Salazar

 

El horizonte de sus posibilidades reales tenía nombre propio: Falafel Gutiérrez. El nombre  árabe se debía a las aficiones culinarias y sexuales de su padre, Asdrúbal Gutiérrez, muerto con dignidad en Miami, en un restaurante de comida árabe rápida,  mientras trataba de  develar los dos secretos fundamentales de su vida: por qué el tahine sabía tan bien, y por qué el coño de las mujeres olía a lo que olía. Una dominicana de nalgas redondas y gafas oscuras había terminado en forma abrupta su búsqueda: unos pasitos danzarines y sin afán para buscar servilletas, dos tiros en la nuca al regresar y una despedida con olor a gloria y a misterio. Falafel nunca le había perdonado a su padre ni su muerte ni sus aficiones ni el despliegue de periódicos y revistas. Juró no ser nunca como él. El trabajo honesto sería su destino y una sola mujer podría hacerse cargo de suplir sus necesidades de compañía y reproducción. Esa  mujer, por supuesto, era ella. A pesar de la obvia incompatibilidad entre su vida y lo que Falafel planeaba para ella, había creído por un tiempo que Jessica podría llegar a ser la mujer que él soñaba para triunfar en su cruzada redentora.

Decía: La vida de mi papá, tan negra y tan inútil como fue, la voy a borrar, mamita, haciendo todo lo que él no hizo y yo sé que  él, donde quiera que esté, ya sea en un burdel infernal, o en el limbo o en el mismísimo cielo, con aire acondicionado y todo,  va a apreciar lo que estoy haciendo, porque ni siquiera el más desalmado de los pecadores lo puede ser en todas sus vidas y en una de ellas, al menos, puede querer salvarse y yo voy a hacer eso por mi padre, lo juro, mamita, por lo que más quiero, que es usted.

Debe reconocer  que en ocasiones llegó a creer en el cuento del muchacho. Falafel,  con sus ojos negros profundos y sus cejas como manchones de carbón y su barba cerrada y gris, su loción de Hugo Boss y sus uñas limpias y brillantes, era un hombre que producía confianza hasta en la más incrédula. Además, tenía aspiraciones. Quería ser gerente de banco y aparecer entrevistado en la revista Dinero como uno de los ejecutivos jóvenes más brillantes del año. La ironía de sus decisiones no podía escapar a su mente: su padre, que había odiado por igual a bancos y banqueros, que nunca había abierto una cuenta y que siempre había guardado su dinero en lugares poco ortodoxos, debía soportar la infamia de un hijo gerente de una sucursal de banco en el sector más pobre y más peligroso de la ciudad. Algo, sin embargo, debería alegrarlo: a pesar de las decisiones equívocas y de  los aspavientos religiosos de Falafel, la vida lo había llevado a cargar una pistola automática en sus viajes diarios hacia la sucursal de sus esperanzas. Ya la había usado tres veces. Sin  temblor y  con extrema confianza. Dos pelados negros y uno indio habían caído ante la precisión de sus disparos justicieros. Gerente pistoloco,  le decían en el sector y la gente iba al banco, no a realizar transacciones, porque estaban más allá de ese tipo de economía, sino a verlo en acción. Sí, aquel el de las cejas manchadas, el del gatillo nervioso, sí, míralo, puede que hoy se ponga nervioso, decían  los admirados vecinos.

Y aunque ella nunca lo había contado, los hechos siguen estando allí. Una noche, al terminar su jornada laboral, un muchacho negro de trenzas tupidas y camisa abierta sobre un pecho escultural, con un Ice T a punto de disparar tatuado sobre él,  se había ofrecido para limpiar el parabrisas de su Mazda último modelo. En respuesta,  Falafel hizo un gesto de la mano, a la manera de un dictador tropical despidiendo a sus ayudas de cámara al filo  de la madrugada. Pero el negro no entendió. Insistió de manera atrevida, casi desafiante, hasta llegar al extremo de  colocar un trapo sucio sobre el parabrisas transparente del automóvil de Falafel. La reacción del muchacho no se hizo esperar. Sin afán, sin rabia en el rostro, como si cumpliera con un sencillo deber cívico, Falafel le descargó un tiro en la cara. Para que aprendan a respetar, dijo. El herido sólo atinó a decir: pero, mi sangre...  Ella no gritó.  Tampoco intentó recriminarlo. Una oleada tímida de aprobación la invadió en el instante en que vio las trenzas revolverse con la sangre. Le tomó la mano todavía caliente, y mientras le oía repetir, con voz mecánica,  mi sangre, mi sangre, con elegante y terapéutica  ternura  le quitó la pistola plateada de la mano  y la puso con extremo cuidado en la guantera. Le dijo: ¿quieres que maneje? Por supuesto que no, le contestó él, y  fueron a tomar un daiquiri de fresa en el Oeste y se metieron a un hotel de tres estrellas. Esa noche Falafel le dijo perra, mi perra, mi niña, en forma repetida, y en el mismo tono en el que había repetido las palabras del negro: mi sangre, mi sangre. Nunca volvieron a hablar del asunto, y ella entendió que los hombres no se dividían entre buenos y malos, sino entre los que eran capaces de hacer las cosas  y los que no lo eran. Falafel era capaz de hacer lo que quería. Pero, ¿era eso lo que ella quería que hiciera? Esa noche entendió que Falafel sólo haría lo que su cruzada redentora le ordenara. Un buen chico, bien intencionado, con valores morales, pero con ideas un poco fijas para su gusto. Entrevió un futuro de  sermones, de actos heroicos, de entrevistas con curas en la televisión, con largas días de espera en juzgados, en manos de abogados ladrones y arrechos, de visitas a cárceles malolientes en domingos de humillación y tedio. No era lo suyo. Lo suyo era el estilo y el modelaje en las grandes ligas. Una perra del más  alto nivel.

A Falafel, la vida, o sus padres, o los astros o el destino no lo habían querido bendecir con los suaves poderes de la adivinación y la clarividencia.  No tenía voces que le visitaran el cerebro y le dijeran que la mujer que tenía frente a él, acariciándole, con mano suavizada con cremas humectantes, la  rodilla tantas veces golpeada en la infancia,  estaba pensando en matarlo de un solo tiro en la mitad de los ojos,  o en  engañarlo con el muchacho desdentado que ahora se agachaba para limpiar con más precisión el interior de su Mazda último modelo, o en huir de su lado hacia otras tierras (Australia, China, Países Bajos era  la lista que él había conformado ante un  globo terráqueo que su padre le dejara). Tampoco veía pedazos de su porvenir  en el claroscuro de la alta madrugada en la misma habitación que fuera de su padre y en la que él ahora dormía, después de apagar la misma lámpara, con la efigie del Ché Guevara, que  debía apagar para su padre, cuando llegaba de sus fiestas prolongadas e insanas, sin  importar qué tan dormido estuviera o qué tanto hubiera llovido, cuánto hubiera subido la fiebre, o qué tanto miedo hubiera soportado, solo en la inmensa casa de 18 habitaciones, construida por  su padre para vergüenza de sus vecinos, familiares y asociados. Una casa que siempre estuvo en ruinas porque nadie podía limpiarla del todo, pues cuando la sala estaba reluciente, las habitaciones del fondo ya habían caído  otra vez en manos del polvo, y de la que sólo usaban una pequeña parte, equivalente al tamaño de un apartamento de interés social: dos habitaciones, una sala con un televisor inmenso y muchos equipos de vídeo y de sonido y dos baños (uno de ellos con una tina gigantesca y  un espejo en el que los seres humanos se veían más gordos, más anchos, más anfibios o más cetáceos: su fuerte nunca fue  la zoología marina).

Y aunque la clarividencia nunca había dirigido ni sus pasos ni sus acciones, Falafel no era ciego y lo que pasaba por sus ojos se quedaba en ellos y era enviado al cerebro y procesado a su debido tiempo y las órdenes correspondientes cumplidas con celeridad y eficacia, en rutinas a las que nunca había faltado porque su vida, para defenderse de la turbia anarquía  de la de su padre, se había fundamentado en sólidas rutinas de exacto y aburridor cumplimiento. Por eso, cuando la vio a ella, a la mujer que debía acompañarlo en su cruzada por hacer de él mismo un hombre diferente  a su padre, entrando, con elegancia extrema, a las tres de la tarde, bajo un sol violento y pecaminoso, a la sombra que proyectaba la tolda de la torre más alta de la ciudad, en una tarde en la que nada de lo que estaba sucediendo estaba programado, a una hora en la que ella debería estar durmiendo, con mascarillas verdes y azules sobre la piel de su rostro y de su cuerpo perfectos, una siesta reparadora  que la dejaría lista para la aparición triunfal de él, luego de su abrumadora jornada bancaria, Falafel supo que algo extraño estaba sucediendo y que la paz en la que había creído vivir en estos dos últimos años se estaba resquebrajando como un florero que se estrella contra una pared de concreto en una madrugada violenta.  No quiso hacerse preguntas retóricas. No quiso caer en la pesquisa fácil y tonta de preguntas que llevan a la depresión y hunden al individuo en el mar de arenas movedizas de la inacción, la tontería y la duda. Prefirió continuar su ruta, despacio eso sí, mirando hacia la tolda en la que el portero de vestido rojo todavía tenía el cuello torcido hacia el espacio por el que ella había pasado con su caminar de gacela, con su almizcle de Dior y axilas  devoradoras, sin afán, como una imagen que debe quedarse para siempre en la retina, una aparición, como le dijo él a ella alguna vez, en la segunda cita para ser precisos, y ella le dijo que era una aparición real, de carne y hueso, tocable, como deberías tocar ahora, nene,  y no decir más  babosadas líricas. Sí, se lo había dicho, con una sonrisa preciosa en el rostro adolescente, y él había tenido que buscar en el diccionario el significado de la palabra “líricas”, que él asociaba con lirios, con poesía vieja y desusada, pero que en realidad, según decía el viejo diccionario Larousse, tenía que ver con lira o algo así, y no era la moneda italiana, aunque venía del mismo lugar,  y Falafel tuvo que cortar aquí porque se iba perder en los meandros sin salida del origen de palabras latinas o italianas y se le venían a la cabeza todas las películas de romanos que su padre le había hecho ver en las mañanas, perdiendo clases, en la sala de televisión de su casa, “para que viera lo que eran hombres de verdad, dispuestos a todo, mijo, para que aprenda”, y él no aprendió nada y nunca supo distinguir entre Kirk Douglas y Burt Lancaster, y nunca entendió porque Espartaco sufría tanto y lograba mantener su cuerpo de luchador a pesar del hambre y la desgracia, y sólo lograba confundirse a pesar de los esfuerzos de concentración que realizaba, y por eso, no era extraño que esas historias nunca hubieran sido para él: hombres vestidos con túnicas y músculos, y mujeres que no les interesaban en lo absoluto y que parecían entenderse entre ellas. Al menos eso era lo que había logrado captar Falafel en sus sesiones de cine  de romanos, pero ahora no podía perder el tiempo en esos menesteres confusos, en esos hombres que no eran hombres y en esas mujeres que no eran como las mujeres debían ser. El momento le exigía otro tipo de viaje mental, le exigía, y él lo sabía porque se conocía muy bien, el vacío, el mortal vacío que ocurre antes de la acción. 

Pero llegar a la acción no era fácil. Porque antes de la acción estaba la acción. Es decir, lo que Falafel, su mente o su deseo, habían previsto antes de que la imagen de mujer hubiera llegado ante sus ojos en esta  tarde en la que nada estaba resultando tal como estaba planeado, o al menos como solían ocurrir todas las tardes iguales a ésta en una ciudad de un trópico creciente, que se iba imponiendo como  la maldición de una bruja desdentada y resentida, sin mar, sin palmeras y sin música de saxo a la medianoche. Porque ni siquiera el calor infernal que lo rodeaba en su refugio de aire acondicionado en movimiento podía eximirlo de la pregunta de  rigor: ¿Y, él, Falafel Gutiérrez, gerente de la sucursal  de La Casona,  qué hacía a estas horas de la tarde, paseando por el centro de la ciudad? Ni de todas las preguntas que se derivaban de ese primer acoso a su conciencia: ¿Acaso no debía estar en el banco, al frente de las operaciones de su sucursal? ¿Acaso no debía estar tratando de recuperar toda la cartera vencida que hoy estaba a punto de empañar su perfecta hoja de vida? ¿Por qué, entonces, se sorprendía de verla a ella entrando a la sombra de la tolda púrpura de la torre más alta de la ciudad? ¿Acaso no había planes que respetar? ¿Acaso el uso de su tiempo no debía ser tan responsable y exacto como el de ella? Si él no estaba en el banco, ¿por qué ella debería estar ahora en su siesta de la tarde, la cara cubierta de  algas, el cuerpo aguamarina, los ojos tapados por un antifaz que bloqueaba el 99% de la luz solar o artificial que intentara llegar hasta sus ojos?

El ruido del frenazo y el rostro redondo, borroso, de la mujer que entraba en su campo de visión, como si fuera un proyectil lanzado contra el parabrisas de su vehículo, interrumpieron el tren del pensamiento de Falafel cuando  su conciencia, o lo que pudiera denominarse más técnicamente (tal como a él le gusta) como su operador de culpas, ya estaba activada, y él estaba a punto de ponerse de acuerdo con su cerebro y aceptar que no debía estar allí, y que aquello que lo había llevado a este punto debía convertirse,  también,  en información para el posible lector de esta historia. Ahora, sin embargo, la presencia de la acción regresaba, y Falafel miró alrededor y se sorprendió de no ver los rostros deformes acercándose para lincharlo allí mismo, en su carro, con el aire acondicionado a toda, para después lanzarlo sobre el pavimento caliente y arrastrarlo sin piedad hasta que su camisa de 200 dólares estuviera hecha jirones y él tuviera que irse de este mundo con esos rostros como última imagen, y que tal como ocurría en una película que había visto con su padre esos últimos rostros eran los que lo acompañarían  sin fin en la muerte, como una escena fija, para después comenzar a tener vida propia y a dotarse de  voces que te dicen cosas que ni siquiera tú mismo habías sospechado sobre lo que considerabas tu personalidad y tu vida, como si fueran los rostros y las voces de la verdad, los últimos, los que nunca te abandonarían, nunca. Entonces recordó que estaba situado en una calle aledaña a la torre en la que su novia había entrado, y que por algún motivo del destino a esta hora estaba vacía, y ni siquiera los vehículos que descargan mercancías para el hotel habían aparecido, y él ahora se encontraba solo con la mujer de rostro borroso que parecía gemir sobre el pavimento. Y aunque eran sólo las 3:15 de la tarde y el sol apretaba implacable, Falafel creyó oír un saxo tenor, que tocaba algo parecido a un tango, y se dijo que no podía continuar allí, y que no podía, tampoco, acelerar sin afán, dar la vuelta y dejar el carro en el parqueadero del hotel, tomar el ascensor y comenzar a deambular por los corredores alfombrados, sin destino,  con el aroma del Dior como única  señal, como guía de ciegos en un hotel que no conocía. Aceleró sin afán, suavemente,  como si tuviera que ascender una pendiente casi imperceptible,  y abandonó la calle solitaria, con la mujer que él creía haber oído gemir sobre el pavimento,  como si fuera invisible, como si nunca hubiera estado allí, un fantasma envuelto en aire acondicionado a las 3:17 de la tarde. 

Esperando el arribo de la luz verde en el semáforo, Falafel dejó que su vida regresara al plan de emergencia que había diseñado para esta tarde. No, no tenía que ir a una clínica del Sur para acompañar  a su madre enferma de cáncer, tal como lo consignó en carta dirigida a sí mismo, y que había dejado con doble copia y el sello correspondiente en el archivo que tenía su nombre.  Y aunque su amor filial no estaba en duda, ocurría que su madre vivía, desde los tiempos anteriores a su memoria en  Australia, y la mujer que aparecía en las fotos que llegaban dos veces al año, se veía tan elegante, tan deseable todavía, que él se había obligado a creer que eran fotos retocadas o que correspondían a otra mujer a la que su madre le pagaría para posar en fotos que llegarían ante los ojos de un hijo que se había quedado en Colombia, y que con orgullo que nunca había confesado antes, era capaz en su primera adolescencia de esconderse en una de las últimas habitaciones de la casa de su padre, la que tenía ventanas sobre un condominio residencial de cortinas corridas y  perros amaestrados, y masturbarse  sin culpa y sin miedo, hasta perderse en la dicha secreta de tener una mamá bonita que no parecía su mamá.  ¿Por qué, entonces, si su madre pertenecía al registro de la fotografía,  no estaba en el banco a esta hora de la tarde?

Pero ahora no puede responder a su propia pregunta. Como si fueran una cámara cinematográfica en movimiento, los ojos de Falafel captan los rostros y los cuerpos detenidos en las aceras. A esta hora de la tarde, se dice a sí mismo Falafel, tal como estaba planeado, todo está en off: ni pitos ni voces de vendedores ambulantes ni anuncios de radio ni rap ni merengue ni Héctor Lavoe estrellándose otra vez contra los cerebros desactivados a esta hora de la tarde.  Ni siquiera hay gestos y si los hay están detenidos, como congelados en el tiempo, el tiempo de ellos que es distinto al mío, porque el mío ya está situado en otra parte, se dice Falafel, ya existe en una cierta oscuridad, en un hueco que se hunde bajo tierra, tras una puerta de un cine  doble, allí donde sólo llegan los ciegos, los que han elegido la oscuridad, porque viven por los ojos y mueren por los ojos y no aguantan tanta  imagen, tanta escena en vivo. Son cinco mil pesos, como siempre, su silla, él lo sabe, está reservada, justo en el centro de lo que había sido un teatro, donde nada está para los ojos, la oscuridad es total, absoluta, como sus ganas de no ser más un gerente de banco, lo sabe ahora que desciende las escaleras, siguiendo la curva, que en otra época tuvo una alfombra roja y negra, trece escalones, ningún número fatal, un número exacto, lo reafirma ya situado en el escalón trece, empezando su recorrido sutil sobre la superficie plana, evitando con pericia de años los cuerpos que están allí, regados como obstáculos, como parte del escenario, poniendo ahora sí la música en on: un cha cha chá, tocado por una orquesta muy grande, que su papá también debía haber escuchado aquí, cuando él todavía no existía y esto era un teatro, y ya en el centro, en su silla de siempre,  han dejado caer a Glen Miller y él puede divisar a la mujer que está al frente, desnuda, con una especie de culebra anudada al cuello, haciendo contorsiones sin ganas, sin mirar a nadie en particular, mientras él espera los sonidos muy leves que deben estar por llegar, que no pueden dejar de llegar, porque este es el premio de la oscuridad y cuando siente la presencia muy cerca, el almizcle que llega sin falta, con pequeñas variaciones, almizcle de muerte y enfermedad, acumulado en años y años, y la mano, su mano, abre la bragueta sin afán, sin hacer ruido, ni siquiera el ruido de los dientes de metal sobre los dientes de metal, y el olor se vuelve mano y luego boca y dientes y él regresa a la oscuridad total con la imagen de la culebra sobre el cuello de la mujer y en la oscuridad algo suave, deseado, algo parecido a  la dicha alcanzada en un cuarto de la casa de su padre, lo recibe y él deja allí lo que tiene que dejar para que el peso no sea demasiado, que el exceso puede matar y agobia,  y no hay ni una palabra ni unas gracias, nada, sólo el  pozo de su oscuridad deseada, a las 4:45 de la tarde.  Cuando abre los ojos, la mujer ya no está en el escenario. Entonces, cierra la bragueta, se levanta de la silla y busca la salida, los escalones numerados ahora en sentido inverso. Ya no hay música y en la taquilla sólo queda la luz mortecina que llega por la puerta entreabierta.

Una hora después, en el apartamento de ella, Falafel encontró  el cuerpo cubierto de algas y cremas que había imaginado. Se acercó, olfateando. No encontró nada nuevo, salvo un aroma a laca dulzona y gasolina que el Dior no alcanzaba a dominar del todo. La muchacha  no abrió los ojos. Le dijo: Fa, por favor, la música. Él fue hasta el equipo y dejó la emisora que daba el informe del clima en Miami. Como ayer, dijo en voz baja, como ayer. Ella ni siquiera pidió que le repitiera lo que había dicho: ya había comenzado a soñar.


 

* BORIS SALAZAR. (Cali, 1955). Escritor, economista y profesor universitario. Fue ganador del Concurso de novela ciudad de Pereira con la novela La otra selva que narra los últimos meses del escritor colombiano José Eustasio Rivera en la ciudad de Nueva York. También ha obtenido distinciones literarias en varias convocatorias nacionales y extranjeras. Alterna el trabajo de la ficción narrativa con los estudios sobre modelos económicos y socio-políticos.

Ha publicado entre otros libros: La otra selva (novela), Caravana (cuentos) y La hora de los dinosaurios (ensayo político).

El cuento “Una tarde en la vida de Falafel Gutiérrez” así como la mayoría de sus relatos recopilados por la Editorial de la Universidad del Valle nos hablan de historias de inmigrantes que se mueven en el límite de la legalidad, en las calles de Miami y Nueva York. – Este cuento fue tomado de la antología Cuentos sin cuenta, seleccionado por Fabio Martínez.

 

Cortesía de: Cronopios, agencia de prensa para la cultura

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