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Álvaro Morales Aguilar nació en 1939 en el mágico pueblo de Tamalameque, departamento del Cesar. Allí, a orillas del Caño Colorado, empezó a darse cuenta de las cosas maravillosas de su mundo literario. Cuando estuvo en edad de escoger profesión, se decidió por filosofía y letras en la Universidad Nacional.

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Actualmente se desempeña como profesor en varias universidades y es miembro fundador de la UNE (Unión Nacional de Escritores). Dentro de su actividad intelectual está la publicación de artículos en El Espectador, El Tiempo, El Diario del Caribe y El heraldo y en revistas como América mestiza y Correo Nacional. Es autor de La luna y el arca de cristal (poemario para niños, 1984), Este pedazo de acordeón (poemario, 1986)y retazos preciosos (narrativa para niños y jóvenes, 1987). En el campo de la investigación es autor del fascículo 37 de la colección El arte en Colombia en el Siglo XX, de la Historia de Colombia, publicado por La oveja negra, y es ganador de la Beca de Colcultura, versión 1995, con su proyecto Lectura sociopolítica de El Mosaico de la Gruta Simbólica. El cuento que publicamos hoy está incluído en su libro Los peces de Octubre, de la Editorial magisterio.

LA EXTRAÑA MUERTE DEL
NIÑO FERMÍN PEDRAZA

Porque escrito estaba que aquel niño debía sucumbir por ponzoña de alacrán. ¡Y todo por tu culpa, maldito Fermín Pedraza! Es que siempre te las diste que te metías con todo el mundo al derecho y al revés. Pero el atrevimiento sólo te daba cuando estabas con la cabeza encharcada en alcohol, porque bueno y sano quien te veía decía que eras ni más ni menos que un San José, todo pureza todo candor. Sí, había que ver como eras de seriote y de buenazo, bueno y sano, que parecía que no matabas ni una mosca, pero apenas se te encaramaba el ron en la cabeza era como si te dieran cuerda. ¡Cómo te lucías cuando estabas con tus amigotes de parranda!¡Cómo eras de avispado y de animoso cuando te reunías con "el burro" López, con "el perro" Pacheco y con "el tigre" Zulmae! ¡Te creías una fiera! ¡Y ellos moviéndote los hilos como a un muñeco! ¡Claro, te azuzaban no más que para carcajearse de ti y de tus ridiculeces! Y lo mejor de todo es que te ponías ni un tití con quienes te criticaban haciéndote ver las cosas por tu bien, y advirtiéndote que por culpa de esas malas amistades un día cualquiera te iba a pasar un vainazo que te dolería para toda la vida. ¡Pero tú como si nada! ¡Por un oído te entraba y por el otro te salía! ¡Definitivamente no hay peor sordo que el que no quiere oír! ¡Que el que se las da! Era apenas de ahí que en ese San Isidro vinieran a sonsacarte esa parranda de borrachos amigos

tuyos! ¡ Y ni mucho sonsacarte, porque con el ron eres peor que gato con valeriana! ¡Parecías un pavo real cuando venían por ti a la sastrería! ¡A lo mejor pensabas que eras muy importante! ¡ Y cómo te engañabas! ¡Venían por el payaso de la cuadra! ¡Sólo por eso! ¡Para alquilarte por ron y pasar un rato agradable! ¡Eso era todo y nada más! Dicen que fue en El Trique de Silvestre Castaño, donde estabas con los viciosos de tus compinches, cuando entró aquel señor de edad que nunca habías visto en tu vida y a quien te le acercaste, dándotelas de chacho, a ofrecerle un trago de ron que tú, porque no te lo aceptó, le derramaste en la cabeza. ¡Y lo que más rabia da es que era un pobre anciano, malhaya sea, que con un muchachón ni siquiera arrancas porque te aculillas! Y dicen que tus secuaces reventaron en risotadas, a pesar de que ciertas personas comentaron que eso estaba mal hecho y pusieron mala cara, como era apenas natural. Los testigos afirman que cuando ofendiste así de feo al anciano, dijo unas palabras extrañas que tú, macho pendejo, bravo de pacotilla, ignoraste en un principio, pero que sí oyeron muy bien los que estaban cerquitica. Y cuando uno de ellos regó la bola de que el anciano era nada menos que el señor Wenceslao, el brujo de la Sierra, todo el mundo tuvo la seguridad de que te habías metido en calzones de once varas. ¡Y no se equivocaron porque de ahí en adelante fue nuestra desgracia! ¡Y todo porque tú tenías que meterte con ese desconocido no más que para dártelas de célebre, de payaso! ¡Y es para que te fijes bien, fanfarrón inmundo, lo que se gana uno con tocarle la cola al perro que no conoce! ¡Y verdad es que todo lo bueno y todo lo malo que uno hace en esta vida condenada, aquí en esta vida es donde se paga! ¡Y tuvimos que pagar el mal saldo que ha sido tu arrastrada vida de irrespetuoso y de imprudente! ¡Maldito seas por eso Fermín Pedraza! ¡Jamás me cansaré de maldecirte porque por tu culpa el brujo nos echó el maleficio! Los que estaban al pie de la puerta lo oyeron decir esa mañana, tragándose el coraje por tus ultrajes, "el que ríe de último ríe mejor, y cuida lo que más quieres de la ponzoña". Dicen que eso fue lo que murmuró por debajo de cuerda para que sólo lo oyeran los que estaban a su lado, convencido de que todo el mundo se enteraría de lo que dijo.¡Y pensar que había sido en Fermincito, en mi hijo del alma, en quien había puesto los ojos para su venganza! ¡Quién iba a imaginarlo! ¡Y todo por tu culpa, malditísimo Fermín Pedraza! ¡ Malditísimo para toda tu vida y toda tu muerte que ojalá no se demore! Fue la señora Brígida quien nos aclaró el misterio esa tarde que nos leyó el asiento del café viendo el animal ponzoñoso en el fondo de la taza y advirtiéndonos que mi Fermincito, mi tesoro, moriría picado de alacrán. ¡Y no más que por tu culpa, maldito Fermín Pedraza!

¡ Y yo no sé por qué tenía que ser él y no tú! ¿Por qué él? ¡Lo único que era mío en este mundo! ¡Porque tuyos sólo el ron y tus puercos amigotes! ¡ Todavía no sé por qué no me fui con mi muchachito para donde mi madre con tanto que me dijo que me largara de tu lado! Qué no hicimos para sacudirle de encima la desgracia a mi Fermincito, a mi pedazo de entrañas. Y todo fue como echar agua en tinaja rota: que rezos, que agua bendita, que responsos, que uno y otro brujo. ¡Y nada! ¡Ninguno quería meterse en problemas con el brujo de la Sierra, el más poderoso de la región! Sólo nos quedó cuidarlo a toda hora y en todas partes: que tape bien las rendijas, que mire y remire las sábanas, las fundas, los sobrecamas, las cajas, los rincones, la ropa limpia, la sucia, los zapatos, las medias, el colchón y hasta el techo y no sé que más. En fin, fue un infierno noche y día. ¡En cualquier parte y en cualquier momento podía morir mi muchachito! ¡Y oye bien, maldito de los demonios, hijo de mala madre, que digo mi muchachito! ¡Mi muchachito, vuelvo y te repito! ¡Porque tuyos, eso sí, el ron y esos asquerosos borrachos de barriada amigos tuyos! ¡Verdad es, maldito Fermín Pedraza de mis odios, que la mala hora nunca falta! ¡Y la maldición de un brujo es una garrapata pegada a uno dondequiera! ¡Cierto es que el destino se cumple porque se cumple, por encima de la cabeza de todo el mundo! ¡Y fue mi hijo quien pagó con su vida por tus culpas! ¡Ojalá y nunca te dé descanso el remordimiento, si es que tu alma no se te quedó en el vientre de tu madre! Yo hice lo que debía: venirme a vivir don mi madre, sólo que ya muy tarde. ¡Seguir contigo me daba asco! ¡De ti sólo patadas y golpes, que mi vientre se resecó y ya nunca pude parir más porque me lo habías estropeado! ¡Y encima el dolor más grande de mi vida! ¡En pago sólo deseo para ti que en la soledad sufras el infierno que he vivido por tu culpa! ¡Y eso te lo deseo a condición de que tu madre te haya parido completo! ¡ Fermincito de mis entrañas, hijo mío, cómo me duele recordar!

Hoy, sin que el dolor se me haya desenroscado del alma un solo instante, estoy segura de que mi pena empezó el día en que mi hijo hizo amistad con el deaquel hombre que llegó al pueblo a cazar animales de monte para vendérselos a ese gringo. Recuerdo que una tarde cualquiera aquel niño trajo un libro de animales para mostrárselo a mi Fermincito, encerrándose en el cuarto con cerrojo para que nadie los molestara. ¡Qué iba a imaginar siquiera que aquella tarde sería la más negra y triste de mi vida! ¡Imposible pensar que la muerte se había colado con trampas en mi casa y estaba allí encerrada en el cuarto con mi hijo y asegurada con cerrojo! Y yo tan despreocupada tejiendo cuando de pronto un grito se me enterró en el alma como un puñal de hielo, y pálida de terror y sin saber cómo tumbé la puerta a estrujones y empellones en medio de gritos y lágrimas, y cuando entré vi a mi hijo tirado en el suelo mientras el otro niño gritaba como un loco ¡el alacrán! ¡el alacrán!, señalando el libro desparramado en el piso.¡Fue como si me hubieran hecho el alma picadillo! Después anduve cómo atontada, como ida de este mundo. Es que todo había sido tan cruel y verdadero que no había forma de negarlo. ¡Imposible negarlo! ¡Imposible!, si el amigo de mi hijo contó que cuando hojeaban el libro, dizque mi muchachito, mi Fermincito del alma, lo afanó para que le mostrara un alacrán, desentendiéndose de los otros animales y poniéndose muy nervioso y tembloroso al contemplarlo, pero portándose como si alguien lo obligara a acercar su mano a la figura, que, en el momento en que mi hijo la tocó, se volvió de verdad, picándolo dos veces, y tumbándolo como si lo hubiera atacado un rayo, mientras su compañerito se desgañitaba aterrorizado sin hacer ningún intento de abrir la puerta para llamarme o dejarme entrar. ¡Qué tarde tan horrible! ¡ Qué infelicidad para mi vida! ¡ Y lo peor de todo es que tenía que aceptar el destino, porque ahí estaba mi hijo muerto con los dos puntos negros de la ponzoña en su mano derecha y porque en el libro faltaba el alacrán!

 

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