El Primer Día que el

Turco vio el Mar

 

Cuentos

 

Cortesía de: Flor y Piedra Editorial

versión completa

 

Biblioteca de Flor y Piedra:

Libro Nr. S2234

 

 

ISSN 1612-4499

 

Colección: Reloj de Arena

 

Printed in Germany 1997.

 

 

Nota: Se permite el uso didáctico en instituciones de enseñanza, también copias para dichas instituciones, Bibliotecas etc. Notificar por correo electrónico su uso. / Opcional /.

Las traducciones y publicaciónes a otras lenguas por medios mecánicos o digitales deben ser consultadas con el autor  o la editorial.

 

Email: delagracia@hotmail.com

 

Berlín.7. 2011

 

 

 

 

JAIME DE LA GRACIA

 

El primer día que el Turco vio el Mar

 

La Reina de Inglaterra llegó envuelta en una nube de polvo amarillo. El Turco, sin camisa y con la barriga al aire, espanta, una mosca  gorda, verde Brillante, con el mismo brillo que suele tener la mala conciencia de las buenas gentes. El Turco ve desde el mostrador de su almacén de víveres y abarrotes, cómo del bus, se baja una tropa de paisanos con sus bártulos, y ve también cómo amontonan los chécheres, mientras llegan los que guían las mulas que tiran de las carretas para traes-portarlas.

 

El Turco, no vio el resto de lo que pasó frente a su almacén, porque tuvo que atender, a la joven que pidió no sé qué vaina, desde el mostrador y lo hizo con  acento de Canadiense del lado francés. Fue por esa razón y no por otra, que el Turco, no pudo ver al grupo de personas que trajo la Reina de Inglaterra, y que fueron los que bajaron los trípodes, las cámaras, el NET, los extras, la mucha-cha, el muchacho, el malo, el hombre del caballo, el aviso de la Sastrería, el vestuario de la Beata, la chistera y el sombrero de copa del Padre de la Niña, la falda de flores chillonas de Ella, la intriga, la inquina, las bebidas hidratantes y el Mar.

- Instala la cámara número tres - dijo el director - de la súper-producción en blanco y negro

- Haremos tomas en ángulo obtuso -continuó el director

Fija el foco sobre la caparazón del cangrejo- dijo el productor- de las bebidas hidratantes

- La próxima secuencia no tiene continuación -dijo- la voz

- Quieres el mar a la izquierda o la derecha? -gritó- la segunda voz

- Córrelo un poco más hacia el centro -dijo- la tercera voz 

- Ten cuidado con la ballena -dijo- la cuarta voz

- Y con las cardúmenes -gritó la quinta voz

- Al mover el mar -dijo el director- cuiden que un tiburón no salte y corra detrás de las buenas gentes que caminan por las calles -terminó de decir el director- mientras un caldo espeso de grasa resbalaba por su pescuezo empapándole el cuello de loan de su camisa blanca de Holanda.

 

                    El Turco se rascó la barriga, y espantó una mosca peluda y gorda que caminaba sobre su barriga redonda, y extasiado, contempló desde el mostrador del almacén; los barcos, las ballenas, los tiburones y las bañistas gigantescas de cabezas diminutas que tomaban agua de coco con pitillo, todas, nadan-do, sobre las aguas brillantes y azul marino del Mar que trajo al Barrio la Reina de Inglaterra.

Las gaviotas volaban en Círculos y los cangrejos rosados caminaban parlante y Patras.

 

- Nojoda! El Mar -gritó el Turco- y aplastó de un manotazo la mosca gorda brillante y peluda sobre su barriga.

 

París  /94

 

 

 

 

 

La cantaleta

 

-Qué tienes? Preguntó-la mujer

- Nada -gritó- el hombre con humor de perro.

                 El hombre guardó el caballo en la maleta, cuando  escuchó el grito a sus espaldas.

- Eso es lo único que te importa -gritó la mujer- tu caballo

-terminó la mujer- parada sobre su propia sombra.

- Nojoda!      -dijo el hombre

-Eche, me casé con un general.

 

 

 

 

 

 

 

 

Bogotá rojo y negro

 

El bus se desplazaba por la Avenida Caracas rumbo al barrio Restrepo. En el barrio Restrepo fue donde mataron a Guadalupe Salcedo. En la próxima parada, se sube un niño ciego. Los pasajeros saben que el niño es ciego porque él lo dice y muestra sus ojos cubiertos por unas gafas gruesas, grandes y oscuras. Se sube hablando mierda contra los gringos y los dueños de este país.

 

Allá afuera, en lo alto, o sea en el cielo, hay un cielo de óxido, con nubes azules que se desplazan en dirección del viento norte. El niño ciego, recoge las monedas, que le tiran los pasajeros impávidos, y lo hacen para que el niño no continúe jodiendo la pita con su cantaleta. Este país está curado de solidaridad debido a su orfandad. En la próxima parada del bus, o sea la que sigue se sube otro niño, que pide, cantando tangos y que se desplaza entre los pasajeros que vienen de pie, y al pasar por el lado del niño ciego, lo empuja y se arma el pedo.

 

El niño ciego le reclama al niño cantador, que acaba de sacarle un billete del bolsillo. El niño que canta, dice, que no sea pendejo que él es pobre y todo lo que usted piense, pero menos ladrón. Un policía que viene sentado en el puesto de los músicos, se levanta, para terminar con esta pendejada; ¿qué se creen, que están en el patio de la casa o de la escuela? El policía, registra al niño cantador y no encuentra nada en sus bolsillos. Le dice, bájese. El niño, dice. Gracias y de su boca cae el billete, que le había robado al otro niño ciego, que alcanzá a ver el billete, que cae de la boca del niño que canta y le grita al policía. Mire agente que tenía el billete en la boca. El policía, le dice al niño ciego, quítese las gafas so pendejo, el niño corre hacía la puerta del bus y recoge el billete del suelo y mira para atrás y le grita al policía, tombo marica, y saltá y cae de pie en la calle y esquiva el tráfico que a esa hora ya no cabe un alma en la calle, porque es la hora pico.

 

 

 

 

 

Amsterdam / 93

 

 

 

 

  

 

 

Ultimas palabras del libertador en su lecho de muerto

 

El sol era un cangrejo rechoncho, que caminaba pa´lante y pa´trás, sobre el cielo de Santa Martha, sol alumbraperro.

 

-          Vaya a mamar, vaya a que lo lamba un sapo -decían- en voz alta los negros en Mamacoto.

-           

En San Pedro Alejandrino, el forro del Libertador, se despedía de este mundo y del otro, de espaldas al mar y en mitad del abandono más hijueputa.

 

- Tengo los ojos ciegos gritaba el Libertador tendido bocabajo en su cama de tijera.

- ¿Dónde andarán? -preguntó el Libertador -y soltó un escupitajo sanguinolento que ahogó a una hormiguita culona.

 

- Nada. Nada. Nada -gritó el Libertador. Y cerró los ojos y vio la coronación de Napoleón, las siete colinas romanas, la descarga del pantano de Vargas, las mulatas del Caribe, la noche cálida de Jamaica, el último estado de golpe en Bolivia, la legalidad y el legalismo,  y a Manuelita Saénz empelota junto al catre, que lo llamaba con su voz melosa y caliente de quiteña, ven, ven, ven negrito lindo, ven no tardes tanto.

 

-Aléjense de mí mosquitas muertas-dijo-  el Libertador

 

Y fue cuando el Libertadortuvo la visión de la Gran Colombia hecha mierda

- Coño! - dijo -  el Libertador y cerró los ojos.

No escuchó, el ruido de la pelotera de perros.

 

 

 

 

Moscú / 92

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La última vez que el Turco pudo ver el Mar

 

Acodado sobre las tablas de guayacán del mostrador, el turco mira desde su almacén de víveres y abarrotes, a los hombres que pasan arrastrando unas  veces y otras cargando al hombro los trípodes, las cámaras, la muchacha, el muchacho, la inquina, la intriga, la frase para convencer sobre las cualidades y las ventajas de tomar las bebidas hidratantes, el telón de fondo, los carritos de mano, y la gorrita del director. Todos estos trebejos son apilados y amontonados en un montón delante de la Reina de Inglaterra, que espera, reposada y en silencio. Hay una luz rosada que envuelve al Barrio.

 

También hay moscas verdes peludas volando sobre el mostrador del Turco, y un perro naranja duerme con los ojos abiertos debajo de una sombra roja de un árbol amarillo. Al almacén del Turco entra una mujer vestida con una falda de flores chillonas, todo mundo sabe que al marido de esta mujer se lo tragó el Caimán en el baño. A esta mujer el Turco le arrastra el ala. El Turco le sonríe a la mujer y le enseña la lengua que pasa por encima de sus dientes de oro, semejando a un lagarto rosa oscuro.

 

La Reina de Inglaterra, hizo, Ñeo Ñeo Ñeo. Y fue entonces cuando el Turco miró hacía afuera del almacén, y a través de la puerta ancha de dos hojas, vio como levantaban el Mar, y lo envolvían junto con los tiburones, las ballenas, las bañistas inmensas de cabezas diminutas, el agua de coco, los cardúmenes, y los veleros que navegaban sobre las aguas azul marino del Mar.

 

Todas estas cosas las enrollaron en un rollo y se lo llevaron a la Reina de Inglaterra que hacía Ñeo Ñeo Ñeo.

 

El Turco mira el enorme hueco que quedó donde antes estaba el Mar. Es un hueco blanco contra una piedra puede ver a la flota de guerra, varada y encallada, con su color gris peligroso oxidándose bajo la luz rosada y las banderas desgalichadas y sus puentes de mando abandonados y muertos.

 

También ve el cádaver blanco ceniza, de una gaviota y la caparazón vacia de un cangrejo rosado donde una hormiguita hace su casita. El Turco siente un apretijo en la garganta que es como un nudo marinero que le apretuja el gargüero.

 

Ya nunca sentirá el Turco, en su rostro, la tibia y salina brisa del Mar con su acidez de caracoles pudriéndose bajo la luz rosada de las seís de la tarde. Cojer la fresca,  decía el Turco sentado en el taburete de cuero, recostado contra la pared de cagajón y boñiga, de su almacén. Ya nunca volverá a ver pasar a los negros barquetones que venían desde Momil y Moñitos y escuchar sus cantos negros. Ya nunca verá las colas de pescado cubiertas de escamas de plata de Potosí, de las sirenas asomándose sobre las aguas azul marino del Mar.

 

Y es entonces, cuando el Turco siente que el nudo que lo ahoga se le desata en la garganta y grita

- Hijos de putas! Se robaron el Mar.

 

 

Praga / 93

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gente de París

 

Las ganas de orinar te atacaron en la Rue Du Chat qui Peché, mientras adelantabas los primeros compases de Change of the Century, del viejo Ornette Coleman, te hice ver, el inconveniente de bajarte los calzones luego de la lluvia, cuando el cielo y el aíre de París, quedan cargados de peces y se te pueden entrar por el culo.

 

Un afiche descolorido anun-ciaba la cantante calva.

 

Ahí en el Polly Maggoo, bajo la sordidez de sus globos de papel que dan esa luz sucia de cucarachas. Tú, con tu falsa pedrería amarrada y anudada al cuello. A tu cuello, de cisne atontado por la noche de París. Amarrada a la conversa de Marco, contando historias de su isla Guadalupe, y todo, para poder llevarte a la cama.

La danza del chivo se iniciaba con la entrada de la pequeña Vietnamita, arrastrando en su mano el plato con arroz y camarón para su amigo el poeta. El mal aliento como a mierda de perro suspenso en el lugar. Y luego de las verduras a esperar quién aterrizaba para que pagara el golden kenia blonde, o en el peor de los casos ir al encuentro con la rumba del marais, o a los bailes del pigal, y el paseo obligatorio al Boulevard de clichy con sus putas de muerte lenta.

 

La lluvia vuelve a París un lodazal triste con olor a lavanda, son las noches, en que parece que el mundo se olvidara del viejo mete y saca. Un perro vagabundo vaga por el mundo concha de su madre.

Te sentaste de espaldas a la iglesia y a la fuente, mirando las palomas. Sonaron las campanas de la iglesia, anunciando las horas pávidas. Las manos en los bolsillos.

 

Dos guardias azules piden los documentos de un hombre que bajó desde una nube que estaba suspendida sobre la cúpula de la iglesia de Saint Sulpice. En Montparnasse, la escalera me-cánica nos arrojó hasta la entrada del cine miramar, frente a las galerias lafayette, donde encontramos a tu amiga del alma, con un paragua azul, recostada junto al muro que anunciaba a Janne la Puccelle.

 

Escogiste para orinar el sitio equivocado, al final del Pont Notre-Dame, frente a la prefectura de policía. Debiste hacerlo donde te dije, sobre las flores, de la dormida place Louis Lepine, el guardia se acercó energumeno e incrédulo, de la desfachatez, con que tú hacías tus necesidades, como tú llamas, a tus notas del cuerpo, mientras yo daba explicaciones al guardia sobre lo que no tiene explicación. El guardia, miró mi pasaporte y dijo que conocía Colombia, que había estado en dos ocasiones en Bogotá, esa ciudad amurallada, bañada por el mar, donde las mujeres pasean su nudez cubiertas con polleras de percal olorosas a lavanda y con los cabellos peinados con manteca negrita, y cuyas calles están impreg- nadas de ese olor a cangrejos podridos y caracoles muertos. Tú , dijiste, seguro que ese man también comió burra, y él, preguntó, usted es francesa? Y tú, no respondiste, atragantada por el vómito. Más tarde, cuando caminabas por la Rue Poulet, tú, dijiste, siempre que ando por esta calle tengo que pensar en ratones muertos, y yo, te dije, que sí, que el guardia, tenía razón, porque cuando el mundo era tierno y olía a leche y a orín, el mar estaba en Bogotá y la séptima, era una hermosa playa donde se bañaban gigantescas mujeres con cabezas diminutas, había alcatraces, y  copulaban peces ciegos.

 

Vi en tus ojos tigres devorando corderos. Y pasé la mano derecha abierta, sobre tu cabeza empapada, igual, que lo había hecho la primera vez en la place Suzzane Valadon. Era invierno y los caballitos del carrusel tenían frio. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La piedra del marais

 

Napoleón, ve venir, a los diez concertinos y se hace a un lado, con la corona que lo hará emperador. El órgano dá el tono y hace puentes melódicos. Simón Bolívar, se pasa la mano por la frente sudorosa y llena de procupaciones futuras. La nave de la iglesia, está total-mente ocupada, por personas que van a escuchar el canto gregoriano y a la que no le interesa, la ceremonia, de la coronación de Napoleón que es, lo que mantiene a Bolívar ahí, y al resto de las vestimen-tas como de otro siglo, que se muestran impacientes por la repentina aparición de los diez concertinos, que toman el lugar que corresponde a la otra ceremonia, que más tarde se hará conocida para la historia. El pintor David, recoje los pinceles y sus motetes, cómo así, dice, porqué no avisan, que primero, antes de la corona-ción hay un concierto gregoria-no en Notre-Dame, con lo achacoso que está uno, y todavía le hacen estas vainas. El futuro emperador está gordito y apre-tado en el traje ceremonial. El extranjero negro con cara de preocupación, ese americano del sur al que llaman Bolívar, esperando la coronacion  retrasada por la presencia de los turistas japoneses.

 

Napoleón, toma a Bolívar del brazo y salen a dar un paseo. Hay una luna que salta sobre los techos de París, como si fuera un gato verde azuloso. Venga Libertador -dice Napoleón -Bolívar mira asombrado. No sabe con quién habla el futuro emperador, pero se ve a solas con él y con la luna.

 

Usted tendrá ese título - le dice Napoleón

Pero se calla el resto, o sea, no menciona a los legalistas y leguleyos, tampoco habla de Santander.

 

¿Para qué ?- piensa  el  Emperador agregar más pesar a un hombre que tendrá tamaña responsabilidad en el futuro de América.

 

La luna sigue allá arriba terca como una mula encaramada sobre las nubes.

 

- ¿y qué va a hacer con los japoneses, emperador?  pregunta Bolívar.

- A su debido tiempo todas las cosas tienen su verdadero valor y peso  - responde - Napoleón y patea una piedra que se atravesó en su camino, aunque, para decir verdad la piedra ya estaba ahí desde la época de la revolución y fue lanzada por un vendedor de pescado del marais.

 

El concierto ha concluído y los japoneses salen en tropel, Bolívar y Napoleón, se hacen prudentemente a un lado, para, no ser atropellados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En bus al Quirigua

 

La señora gorda mostraba su oreja izquierda, una mano de niño que entró por la ventana del bus, le arrebató su arete de oro. Lo que indignaba a los pasajeros, a la señora gorda, al policía sentado en el puesto de los músicos, era, que el bus, iba en plena marcha y se desplazaba a toda mierda por la avenida caracas. El bus bajaba al barrio Quirigua, y el vecino de la señora gorda, insistió en que ella bajara la ventanilla, por el tremendo calor que hacía en el bus, atiborrado de pasajeros sentados y de pie. La señora accedió. El hombre se levantó medio cuerpo del asiento que compartía con la señora gorda y bajó el vidrio de la ventana y fue, cuando la mano entró veloz y el hombre también pilas, volvió a cerrar la ventana del bus pero ya era demasiado tarde.

 

Una gota de sangre que quedó, en el huequito de la oreja de la señora gorda, reflejó la luz de una ambulancia, que chillaba y cabrillaba entre la confusión del tránsito. La señora gorda miró con odio al hombre su vecino de asiento, que tuvo la idea, de bajar la ventana. Lo miró con odio. Lo miró con odio.

El bus seguía por la caracas a toda mierda, pisando mierda de los perros callejeros de las calles de Bogotá.

 

 

Glücksburg / 93

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El hombre que se puso las pilas

 

No es lo mismo nostalgia que nostálgico. Fíjese que una palabra tiene acento prosódico y la otra palabra también, tiene acento ortográfico, que no es lo mismo, que mataperro o mataburro. Venga y le explico.

 

Fíjese que ese hombre, que desde esta distancia, usted puede ver como un muñeco animado y que carga en las espaldas un saco sucio, pero que por esta razón o nostalgia /puede usted llamarlo como quiera/ es posible, que ese hombre lleve lo nostálgico a cuestas y a cuenta de qué? Pregunto yo.

 

Fíjese ahora en el sol que sube y sube por el cielo empinado sobre el lago. Las nubes doradas, si se animaran, a ba-ñarse en las aguas del lago, nos regalarían un espectáculo, que usted seguramente, nunca vería en una revista musical, de esas que usted, dice haber visto en la Deutsche Oper allá en Berlín.

 

Creo querido colega que hablábamos sobre el pro-yecto de su salvación. Le cuen-to que no basta como usted me comentó hace unos momentos, ser inteligente y tener fe, aquí entre nos,  agáchese un poco, esto es mejor, que solamente lo escuche usted que creo, es a quíen le interesa, mire compa también hay que tener Cojones! Hay que tener cojones para salvarse. Hace falta tener cojones para aspirar al cielo.

 

No camine tan de apresado.

 

Pero ese hombre, que dejamos andando con el saco sucio en la espaldas, le llaman, en un lado mataburro y en el otro lado mataperro. Es sencillo. Se ganó ese apelativo, esa es su manera de ganarse la vida. Fíjese, cuando llegan los circos al barrio, ese hombre sale de puerta en puerta, de calle a cuadra, comprando y cazando burros y clientes de circo. Usted dirá. Pero a esta cuadra vendrá uno o dos circos al año? Lo cual, le aseguro ser totalmente cierto y acertado. Pero aquí, es donde nosotros le cojemos la comba al palo! Aquí está la urdimbre y aparece lo funámbulo.

 

Este hombre dedica toda su vida a su oficio.

 

Llámele fanático si así le place. Resulta repelente y sesudo pero sepa, que ese fanático, toma en serio su oficio y aquí entre nos, es un cazador, un respetable comerciante, que negocia con ciertos honrados comerciantes la carne de burros y perros y que luego, usted  y  yo pode-mos comprar a precio de vaca, en expendios autorizados.

 

La gente se ríe de ese pobre hombre y de su saco al hombro. Pero ellos, ignoran, que este hombre los alimenta día y noche. Este truco o negocio, me tiene sin cuidado el juicio que usted haga sobre este oficio, para mí, es tan honrado como otro cualquiera.

 

 

Praga / 93

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una canadiense del lado francés

 

El paisano iba molesto por el olor fuerte de la mierda de las gallinas, que cocoroteaban en el piso, amarradas por las patas. La señora venía de Popayán e iba para la Plata, igual que la canadiense del lado francés y que nosotros. Se hacía la disimulada, ante los reclamos continuos del paisano, que estaba de pésimo humor. La muchacha canadiense del lado francés se levantó de su asiento / iba sentada cerca de la ventana, desde donde el paisaje, produce enamoramien-to / y comenzó, a repartir pedazos de una naranja a las personas que venían en el bus. Hablaba un español tartajoso, que había aprendido en una escuela para turistas en Carta-gena de Indias. Era una mujer común y corriente, botadora de corriente. Los hombres sintieron el corrientazo que producía el mirarla, con su risa franca y loca y abierta para el convite a comer la naranja. Senos firmes. Turgentes. Hechos, para ser acariciados y para el teteo. Piernas largas y modeladas, donde se veían las quemaduras del sol de la costa, lo que la hacía aún más apetitosa. Nadie tenía apetito de la naranja. Todos la sentían lejana y cercana, ahí, al alcance de la mano. Tan cerca de la fantasía y de lo imposible. Las ganas de besar su boca. Fruta jugosa y coloreada, de color voluptuoso tupido. Las miradas desmadejadas resbalalaban y la babeaban.

 

Se creía la verga herida aunque lo tenía todo para serlo. Una joyería en el centro de Bogotá. Un socio de confianza. Una mujer bonita y varios hijos sanos. Lo saludó y le ofreció un pedacito de la naranja que repartía entre los ocupantes del bus, él también venía de Popayán e iba, como la mayoría de los pasajeros, para la Plata. Por la plata. Traía electroplata que se vendía como arroz y le daba la platica.

- es una pelada bella y chévere -  me comentó - me gusta.

-  a mí también - le dije - y me dormí contra el vidrio de la ventana /yo venía al igual que la canadiense del lado francés del lado de la ventana/  yo soy un man jugado, y por lo tanto, no me dejo impresionar fácilmente, de cualquier vieja, sea de donde sea, venga de donde venga, incluso, así venga del lado francés del Canadá. Tenía suerte el tipo. Tenía una grabadora que compró en Maicao. Era la tercera vez, que asistía como comerciante de baratija y avalorio a las fiestas de la plata. Plata es lo que necesitamos. Repetía, aunque quienes lo conocíamos, sabía-mos, que tenía más plata que un cura con tres iglesias.

 

- qué pelada tan bella - me dijo - mejores he tenido en mi cama le respondí. El bus hacía RUN RUN RUNNN y se movía como una jaca y resbalaba sobre la carretera en pésimo estado como este país y tuve sueño y dormí y soñé sin quererlo, con el trasero desnudo y rosado de la canadiense del lado francés, que me daba besos y pedacitos de naranja en forma de labios gambusinos,   y me hablaban en portugués. La luna, era una moneda de cincuenta, brillante, suspendida en el cielo, luna lunita lunera y trapera. El tipo con suerte, caminaba al lado de la canadiense del lado francés. Las manos trazaban ademanes en el aíre frío de la plata, sus zapatos, hacían crujir algunas hojas secas, al ser pisadas por ellos. Un perro, varios perros, latian en los patios de las casas pintadas de cal y canto. Ellos caminaban y la luna los seguía, les seguía los pasos. La calle, estaba dividida en su totalidad, por una línea precisa, que fijaba los límites de luz y sombra. Ella dejó abiertos sus pulmones y suspiró profundo y le soltó la pregunta -dónde está la discoteca?  El tipo con suerte dijo -hoy como es lunes, parece que está cerrada. La pelada canadiense del lado francés, hizo una contorsión de nariz y me dijo - que luna tan brillante, yo, - le respondí - sí, parece una moneda de cincuenta suspendi-da en el cielo. La pelada cana-diense del lado francés hizo otra torcedura de nariz, esta vez a la derecha y me dijo - eres poeta? Yo le mostré, las sombras alargadas de los techos, que simulaban ser enor-mes sierras sin filo. La luna derramaba su luz azul sobre las paredes de bosta y de cal y canto y los perros serenateros, que alborotaban el silencio de los buenos vecinos. La risa loca y abierta de la canadiense del lado francés, se colgaba de las tejas y quedaba ahí suspensa como serpentina colorida y desapasible. Es hora de dormir, lo dice el canto de los perros, y este cansancio de este puto viaje, mañana empiezan las fiestas y es otro día para amarrar las necesidades a la pata de la cama. El olor de la mierda de las gallinas, cada vez, era más intenso y pegajoso irredento. Sápido.  El paisano que viajaba de mal humor, sacó un cigarillo sin filtro. Luego, buscó en el bolsillo de su camisa azul claro, un fósforo que tenía cara de diablo. Lo riscó y encendió la punta del cigarrillo sin filtro, aspiró pro-fundo y arrojó un escupitajo. La saliba cayó en el ojo derecho de una de las gallinas que estaban en el piso del bus, amarradas, por las patas, con un bejuco. La señora que venía en el  puesto de los músicos y dueña de las gallinas, no vio lo que ocurrió. Si hubiera visto, el bololó aquí estaba seguro. El ayudante o sea el cobrador del bus, al pasar sobre las gallinas, le decía a la señora dueña de las gallinas. Doña, porqué no las acomoda mejor. Mire ahí estorban el paso y se las puedo pisar. La señora que tenía un genio de mapaná se limitaba a responder. Píselas nomás, píselas nomás y decía esto, desde la seguridad que le proporcionaba el manejo de su lengua navajera, órgano áspero y rugoso, que bien manejado, establece o consume reinos. A usted le estorban las gallinas señorita? Preguntaba, la señora, a la muchacha canadiense del lado francés, que repartía pedazos de naranja, a la señorita no le estorban, se respondía a sí misma la señora. La señorita se reía y enseñaba sus dientes blancos, su alegría de muchacha canadiense del lado francés,  que viajaba desde Popayán hacía San Agustín, pasando por la Plata, señorita en su país todas las muchachas son tan bonitas así cómo usted? Preguntaba la señora. Los puercos chillaban allá encima, sobre el techo del bus, zangolo-teados, por el movimiento de jaca. El bus llegó a la Plata, envuelto en una nube de polvo. La pelada canadiense del lado francés, me miró y yo me metí en sus ojos. Cuando la nube de polvo se disipó, yo estaba acomodado en sus ojos, mi ropa, mi cuerpo se mancharon de azul.

 

Vendedores alrededor del bus. bajaron las mochilas, los puercos y las gallinas sanos y salvos!

La canadiense del lado francés horqueteada en mis hombros, martilla una puntilla para sujetar el techo del tenderete, donde el tipo con suerte, colocará su plante de electroplata, anillos, aretes, filigranas, bejuquillos y dijes. Bajo el sol siento correr por la nuca, el sudor de las piernas de la muchacha canadiense del lado francés, que viste un dimi-nuto pantaloncito caliente. Bonita carga tiene usted en los hombros, paisano. Me dice un paisano Yo soy un tipo fuerte, que no respeto pinta, si me toca voltear volteo y le muestro la cara al más pintao, no le huyo al puntazo, pero eso sí, no doy papaya, los que me conocen, saben que conmigo es a las buenas, pero, si toca por las malas es a las malas, quieren guerra, tienen guerra.

 

Espero que la presencia de la muchacha canadiense del lado francés, no nos traiga disgustos con la paisanada del pueblo. No quiero, se repita lo de Pitalito donde tuve que darle pescozo-nes a uno, que se quería pasar de vivo con mi compa, se arrimó al plante, no hizo más que botar corriente con la preguntadera fiada, esperando, el descuido para encaletarse el anillo, que ya creía coronado, pero que vá, sólo aguaje, devuelva el anillo, le dijo mi compadre el tipo con suerte, cúal anillo? Respondió el paisano de pitalito, yo me acer-qué y le dije, entrégue el anillo so pendejo. El paisano, me tiró la mano y le hice el quite y saco yo la mano y se la pongo en la quijada, se sintió el coletazo y rodó por el suelo, el anillo, salió del bolsillo, donde lo había guardado. El paisano se levantó, reventado los labios. Ya regreso,  me dijo, no hace falta, le dije, y saqué mi mataganao y se lo tiré, para que agarrara, para que se defendiera Mi compadre el tipo con suerte, me prestó su automática de acero inoxidable, comprada de contrabando en Maicao.

 

Me quité la camisa y me la tercié en el brazo izquierdo, venga, le dije, el paisano no se movía, desconfía? Si no tiene cojones para venir paisano, yo voy, pegué la carrera, para irme encima, pero el paisano soltó la mataganao y echó a correr dando alaridos. Buena fiesta esa de pitalito a mi compadre y a mí nos fue muy bien. Percibo un olor dulzón a pescao, que sale de la entrepierna de la pelada canadiense del lado francés que suda sobre mis hombros, mi compadre, ya terminó de hacer la mesa, donde mañana colocará el plante, y la muchacha canadi-ense del lado francés, martilla la última puntilla. Tiempla el techo, le grito, listo, responde, me bajo continúa diciendo, espera y me agacho, le digo, me agacho y ella, salta de mis hombros, está sudada y alegre.

 

Las cosas pasan porque sí porque les dá la gana. Por querer del medio ambiente. Y esto, no les quita su lógica  ni su ordenamiento. Ahora que ella restriega su herida jugosa en mi rostro y lo empapa con su olor dulzón de pescado rabioso y gozoso, me digo, mira cómo son las vainas! Su trasero frondoso y rosado de canadiense del lado francés, sin atavios, mostrando el esplendor de su nudez, y esa sabana de pelos dorados que se extiende y cubre la extensión y totalidad de su montaña de fornicación, lo que los antiguos poetas, dieron en llamar monte de venus y que en verdad, es una loma. Eu te amo, me dice y jadea, sou tao felíz con voce, me restriega las palabras y miro sus oleos olhos, e entao sento como tudo é bon e belo ao lado da canadiense del lado francés!

 

Y usted qué reclama hermano, si ya tuvo su oportunidad, su noche de luna, las líneas de su mano entre sus manos, su pedacito de naranja, no tuvo suerte, es cierto, la vida le hizo trampa, la embarró llegando un lunes, que la discoteca está cerrada, si estaba abierta, otro gallo quizas hubiera cantado, entonces, qué reclama hermano yo soy su hermano, y ella mi mujer, sólo por su voluntad y por el querer del medio ambiente, no tome hermano, no se va a emborrachar acuérdese, recuérdese, que mañana es otro día y hay que amarrar las penas a la pata de la cama, hasta luego hermano, te esperamos en el hotel, dijo la pelada canadiense del lado francés. Hicimos el camino hasta el hotel, besuqueándonos y abrazados. Estrenando amor reciénte. Gastando pasión. Y deseo también.

 

Llegó borracho este carajo. No sé si por la bebida o por la borrachera de sus penas. Estábamos la canadiense del lado francés y yo atragantados de besos, tejiendo, desde la cama del hotel, los hilos y los caminos de la geografía del amor que nos llevaría hasta el nacimiento del río Magdalena. Haríamos el recorrido a caballo. Necesitaríamos, un guía que nos mostraría, el camino para no perdernos, pues, la pasión que vivíamos era sin norte y sin horizonte.

 

Su amigo está en la sala borracho, dijo, la señora que era dueña del hotel, está muy tomao? Le pregunté, creo que sí, respondió la señora y salió del marco de la puerta, pisando su sombra, pidiendo perdón.

 

Este carajo se apareció en la puerta de la habitación, los ojos rojos de hombre caimán, adiós luz que te guarde el cielo, afuera, en el patio caían las flores del jacarandá en flor.

 

Se sentó en la cama y empezó a hablar de esta perra vida. La voz tartajosa. El almácigo de sus penas. El nudo trabado de la pasión, que yo sabía, que él tenía una mujer bonita y unos hijos sanos, que qué me creía yo que él necesitaba, esa mujer, que estaba en mi cama? Fruta jugosa y rosada canadiense del lado francés. Que esto por aquí, que esto por allá, qué que más dá, que cómo así? Su parla de borracho, su baba de emborrachao, pringando las sábanas del borde de la cama. La muchacha canadiense del lado francés, se levantó y se sentó a su lado, también al borde de la cama, para consolarlo. Trae un poco de café amargo, le dije, yo no necesito nada, dijo, el tipo con suerte, que estaba borracho, ahí, jodiéndome la pita con su cantaleta fiada de despechado. Comenzó a contar una historia larga, sin asidero donde mezclaba la teoría de los ántipodas con la fórmula de la belleza de Malva Tahan. Trató de calcular el número de arena, de la totalidad del mar, y a pronósticar una plaga de olvido para este bendito país de mierda, habló de Bogotá, como una ciudad en cuyas calles entrapadas, habitaba el miedo al garete, fue versado y cursivo, ustedes se entienden en portu-gués dijo, del profesor,  / se refería a mí /  sé que su madre es brasileira y tú? Le preguntó a la canadiense del lado francés. Yo estudio portugués y viví seís meses en el Brasil, respondió la canadiense del lado francés. Compré en la feria para tí, un abrelatas y un Abrepalabra, dijo el tipo borracho, y la invitó para ensayar algunos juegos, que él jugaba en su infancia, en el solar de su casa, conocés el tin marín de dos pingüé, preguntó, la gallina ciega, la vaca loca, el juego del Teto? Siguió pregúntando, quiéres jugar al Teto? Cómo es eso? Preguntó la pelada canadiense del lado francés, fácil, tú te agachas y yo te lo meto. El profesor aquí me conoce, sabe y conoce mi mujer, yo soy un tipo al que esta perra vida ha maltratado, dijo y empezó a llorar, compadre le dije, no se queje, que si esta vida es una perra, por lo menos con usted ha sido zalamera y fiel.

 

No, no dió, marcha atrás con su cabrilleo y visajes y fue apilándo sus penas mojadas por el llanto umbroso de borracho despechado, lloro amoratado y barrancoso, que dejaba aflorar las penas arremansadas por esta puta vida de tener que ír de feria en feria, como gitano, profesor, le cuento, con todas estas andanzas lo que he ganado ha sido conseguir un dolor del carajo en el ojo del culo. Afirmó su creencia sobre esta mierda, dijo que el universo era una novela que alguién escribió y que por lo tanto, la única posibilidad de conocer la verdad sería saber el número de la página donde cada uno se encuentra.

Habló de su ventolera por irse al Brasil, pero que desistió, cuando supo que ese país tiene Karma. Todos tenemos Karma, dijo, la canadiense del lado francés. Las personas, los ani-males, ¿también las cucarachas? Preguntó, el tipo con suerte que estaba emborrachado. muchas morisquetas y líquenes en esa conversa fiada. ¡Pura paja! Dije, y martíngala, agregué. Contó del atropellamiento de que fué víctima cuando su encuentro con el adelantado Gonzálo Jiménez de Quesada y Carlos V hecho chancho, en la séptima de Bogotá. El adelantado venía de a caballo persiguiendo, a las muchachas que trabajan en los ministerios y a las muchachas que toman el bus urbano en el paradero de las cruces, buscando en sus carteras oro oro para el imperio que se cae y el sol que ya se oculta. Que bestia, mire por donde camina con ese caballo, no ve que es la hora pico y por las calles ya no cabe un alma y el adelantado, impávido, tras de las billeteras de las venderoras de cigarrillos y lotería, y los gamines, que hacen puchero a las madam para recoger una mugrosa moneda hijuemichica, que a es-tas zorras, hay que quitárselas, porque por las buenas no aflojan nada, y olíendo cola para vacilar el hambre, porque en mi país, es en donde la puerca torció el rabo.  

 

Safa! Aquí pelada, el tumbe y el tumbo  es la misma güevada, nada parece tener asidero, pero hay que encararse pelada, como lo estoy haciendo yo ahora, y yo pelada, yo compré y traje para tí de la feria este abrelata y este Abrepalabra. Compadre duerma, le dije, si duerma, le dijo la canandiense del lado francés, que duerma ni qué carajo , dijo, compadre no se ponga atorrante, le dije, y le dí la espalda, y me hice de cara a la pared de boñiga y cagajón blanqueada  de cal y canto y fue cuando escuché sus alaridos y sus chillidos y vi sus manoteos y todo ese maremare que sólo una mujer puede hacer cuando tiene miedo, y llegó la dueña del hotel y los huéspedes de los cuartos vecinos y las flores se agitaron en el jacarandá en flor y ella, la pelada canadiense del lado francés, toda descompuesta. Ay, cómo pasa el viento norte y se estremece el guadual. Ay mi cafetal, qué te hizo este hijueputa concha de su madre mama-cita, porqué tanta gritería y adiós luz que te guarde el cielo, y miré y vi en un rincón del cuarto, al tipo con suerte que se reía y se reía y fulgores y ramajes y nubarrones y yo, baquiano para estas vaínas, no adivinaba, que tenía la pelada, que agitaba las manos, descom-puesta y fue, cuando vi a ese animal asomándose por la pequeña blusa sesgada y corrí hacía ella y rasgué su blusa escotada y vi y todos vieron, a esa enorme y negra cucaracha de mil patas caminando sobre sus tetas rosadas.

 

 

Berlín / 94

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Volver a Köpenick en el tren metropolitano

 

Pero el tigre no es como lo pintan y la realidad  no es real, lo confirma esta jaca de metro en la que acaba de subirse la mujer imprescindible, que se sienta a la derecha del hombre del sombrero negro.

 

Los hombres que regresan fatigados por la fatiga la observan al pasar y la poseen en silencio, no dejan un milímetro de centímetro, sin acariciar, muerden sus nalgas y sus tornozelos pulimentados, no respetan que ella debe llegar sin babas a su casa, al encuen-tro de su marido celoso, el vestido apretado que lleva puesto provoca a los hombres que la acompañan en el vagón. Yo me subo en el mismo vagón y voy de pie, me gusta viajar de pie y la mujer imprescindible, me mira fijamente y yo también la miro fijamente se ríe y me rio, me sostiene la mirada y le sostengo la mirada, se hace la pendeja y yo me hago el serio; el hombre que viaja a su lado, ya se pilló el rollo y pierde el interés que al principio le despertó la mujer imprescin-dible, los otros hombres, que la babosearon se retiran a sus regiones internas y la expulsan de sus sueños y de sus deseos, todos, creen que ella, a su vez me intentará babosear a mí, lo saben por la intensa mirada y el brillo de la niña que tiene en el ojo, yo me dejo acariciar, manso, le permito que apriete y muerda donde le plazca, donde duela. Sus ojos son manos cálidas, que recorren mi cuerpo, me desabrochan la camisa y hurgan y se hunden en ese abismo, de donde, le costará salir

 

 

 

 

París /Berlín / 95

 

 

 

 

 

 

 

 

eXTReMe Tracker

 

 

[Noticias de la cultura] [Café Berlín] [Libros virtuales] [Cronopios] [Audios] [Fotografía] [Deutsch] [Cartas de poetas]