Armando Romero. En la literatura latinoamericana el cuento breve ha encontrado sus mejores exponentes entre los narradores de sensibilidad poética, e incluso, con mayor razón, entre los que, partiendo de la poesía, han mostrado disposición para transgredir las nociones de los géneros tradicionales, convencidos de que narrativa y poesía tienen después de todo un objetivo común: transcender lo real.

Lenguas de Juego supera con creces las dificultades que se le presentan a un narrador para abrirle espacio a la poesía, tal como es propósito de muchos escritores que experimentan actualmente el agotamiento de la prosa de ficción. El creador de estos breves cuentos es Armando Romero, justamente autor de una ya importante obra novelística y conocido ampliamente como poeta.


   
 

Esas dos facultades se combinan en Lenguas de Juego para dificultarnos la tarea de establecer límites y rupturas entre poesía en prosa y ficción narrativa, dado que el manejo de los elementos y la rica fantasía del autor se mezclan orgánicamente en la estructura del relato con ingredientes que Armando Romero extrae de una entrañable pasión por el surrealismo. Todo ello tiene como sustancia un fascinante trasfondo de vivencias que el autor encuentra, con sólo asomarse al paraíso de su memoria, en la convulsa Colombia de sus años de infancia y juventud, todo lo cual hace de él a un prodigioso fabulador.

Armando Romero (Cali, 1944) fue miembro fundador del Grupo Nadaísta de Colombia. Es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cincinnati. Vivió en Venezuela por espacio de diez años y ha publicado obra numerosa en poesía, ensayo y narrativa, obra entre la que caben destacar sus novelas Un día entre las cruces, (1995) y La piel por la piel (1997).

El cuento El espíritu de la casa, que hoy publicamos en Cronopios, forma parte de Lenguas de juego.

 

EL ESPIRITU DE LA CASA

Por Armando Romero

"Los aparatos están todavía verdes", fue lo que dijo mi madre cuando vio la nueva aspiradora comiéndose la alfombra. Esa fue la mañana en que nos dimos cuenta de que todavía no estábamos en el futuro.

Sucedió así: La nueva aspiradora estaba conectada a la alfombra de tal manera que cuando ésta sentía necesario estar limpia, lo que debería pasar a menudo porque estaba diseñada para ser ultrasensible al polvo y todo tipo de basuras, se encargaba de mandar señales al centro regulador de la casa, el cual funcionaba como un triángulo virtual que giraba por los contornos, y desde donde se originaba una trama de conexiones muy compleja, denominada a ciencia cierta por los publicistas y agentes de propiedad raíz como el "espíritu" de la casa. Este triángulo, que podía adquirir formas en tres o cuatro dimensiones sin perder su carácter virtual, era algo en lo que todos creíamos pero que nadie había visto corporizado, como es de suponerse. Según todas las indicaciones de manufactura debía ser el Ser Perfecto o Supremo. Pero no. He aquí que esta vez la aspiradora se comió la alfombra, y éste no fue un caso aislado como pronto nos enteramos. Los vecinos, horrorizados, vieron la cafetera tomarse el café, el televisor reventar de ira porque la película no era buena, el piano negarse a tocar una melodía porque estaba cansado, a los sistemas de sonido aullar como lobos perdidos en la noche, por la que pasaba el "espíritu" que controlaba nuestras casas. Sin embargo, la única solución al problema, como lo indicaron bien claro sus hacedores, era que teníamos que tener fe inquebrantable, ya que la fe mueve montañas, aseveró uno. Y es por esto que mi madre dijo esa mañana que los aparatos no estaban maduros, porque esto de la fe era algo que ella recordaba no había sido planeado para el futuro, y más bien era una cosa del pasado, de lo cual tampoco estaba muy segura.

 

 

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