Juan Manuel Roca, nacido en Medellín en 1946, distribuyó el transcurso de su infancia entre La calle de los porvenires -un lugar mágico de la Bogotá de los años cincuenta, poblado por muchachos imagineros y familias lúdicas- y México, de donde regresó concautivantes juguetes pero por sobre ellos con palabras repletas de prodigios como Parangaricutirimicuaro, Ixahuatcoyotl, Quétzal y Zócalo.

Tras descollar como el mejor futbolista de la Cancha de las mariposas a su regreso a La calle de los porvenires, regresó a Medellín y allí se empoetizó ya para siempre. Desde entonces ha ganado premios y más premios y escrito libros y más libros, que una vez hechos libros se convierten en mapas nocturnos del país secreto, lleno de señales de cuervos y de ladrones nocturnos, que habitamos.

Durante muchos años trabajó por la poesía y la cultura desde el Magazín de El Espectador. La Universidad del Valle le otorgó el título de Doctor Honoris Causa, en literatura.

Las Plagas secretas forma parte y da título a su primer libro de cuentos. (IR)

Foto: Juan Manuel Roca

   
 

Las plagas secretas

Los Magos odian nuestros
pensamientos concatenados.
Henri Michaux
Querido Juan
En cualquier esquina de Comala:

Una lluvia de balas perdidas andaba por la sierra dando brega, haciendo de las suyas. Si una bala perdida encontraba a un hombre, la casa se enlutaba. A tan curioso suceso se le llamaba un velorio por azar.

Pasaban meses en las soledades de la sierra sin que un hombre tropezara con su bala, pero ocurría el encuentro de forma inesperada. Algunos decían que eran balas perdidas desde la Guerra de los Mil Días, y otros, más dados al fantaseo y la leyenda, que se trataba de una plaga secreta de municiones puestas al servicio de un mago caído en desgracia, la bala pródiga que regresaba a su casa.

Hay balas en esos lugares olvidados de la mano laxa de Dios que llevan más de un siglo sobrevolando el aire y que ya no parecen buscar un punto fijo en la frente de nadie, han ido tomando, parece, más vocación de pájaro que de proyectil.

Y ya no saben, los pocos serranos que cruzan por el reseco cañón, si están vivos, si son almas en pena como

las balas, pero hablan de un hechizo anterior a las guerras. Imagine usted, querido Juan, un arsenal de proyectiles circulantes esperando dar en el blanco de un hombre, sin distingos entre amigos y enemigos. Cosa de brujos, sin duda, suma de hechizos.

Porque toda la región estaba poblada de brujos, maniáticos de la burla, grandes sabios del desvarío. Que así como pastoreaban balas disparadas desde el siglo XIX, ya en vísperas del XXI, a veces soltaban en el valle escondido una legión de bofetadas.

Era de ver al hombre que desde la puerta de su rancho o desde la negra boca de una mina, miraba la extensión de sus áridos dominios. De pronto, sin mediar causa, y sin que nadie hubiera en frente suyo, recibía un aluvión de bofetadas que lo forzaban a mirar de norte a sur, de sur a norte, de manera sucesiva, con su cara roja, apendulada.

Después del período de las balas y de la edad de la bofetada, aparecieron los lanzadores de burlas que arrojaban desde las copas de los pocos árboles de la región cestos de mimbre repletos de pellizcos. Las mujeres en el río, un río envejecido y pedregoso, temían a esta plaga a la hora del baño. Y las lavanderas. Era de verlas correr por el piedemonte, por los riscos o las lábiles rocas, perseguidas por bandadas de pellizcos que buscaban sus partes más blandas, la suave volumetría de sus cuerpos. Era de ver un desbande de ninfas espantadas.

Y me agazapo. Y prefiero enmudecer. Es mejor no hablar de las palabras que yo escribía en un diario de la fiebre. O del feroz desvarío. Porque ellas, de suyo dóciles y maleables, empezaron a moverse a su antojo como hormigas sobre el papel, a cambiar de sitio en las páginas ajadas y amarillas de mi álbum. Algo así como encontrar en mamotretos de teología fragmentos de injurias, en los libros santos textos extraídos de alguna enciclopedia del crimen.

Primero me acostumbré a las balas, aunque ellas no se acostumbraban a mí y por fortuna no lograban atinarme. Después a las bofetadas. Luego a otros refinados maleficios. Llegué, entonces, a un grado de imperturbabilidad envidiable, diga usted, a una suerte de ataraxia.

Ojalá pueda usted, que sabe de embrujos y trasmundos, leer estas líneas. Ahora mismo ignoro si lo que escribo es llevado por una escuadra de hormigas, letra a letra y como granos de azúcar o de trigo, hasta las hojas foliadas de un cuaderno donde me inician un prontuario.

  • Para Ardrea Roca

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