Óscar Castro García nació en Medellín en 1950. Licenciado en filosofía y letras en la Universidad Pontificia Bolivariana, y Maestro en Letras (Literatura Iberoamericana), de la Universidad Nacional Autónoma de México; actualmente es docente en la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia.

Investigaciones: Poética, noche y muerte en la poesía de Álvaro Mutis (México, 1993). Sueños, erotismo y muerte en la narrativa de Álvaro Mutis (Medellín, 1997).

Premios Literarios: Premio único del VII Concurso latinoamericano de Cuento de Puebla, México, 1979, con el cuento Constancia. Premio único del II Concurso Nacional de Cuento Argemiro Pérez Patiño, de la Universidad de Medellín, 1983, con el cuento Sola en esta nube.



   
 

Premios Literarios: Premio único del VII Concurso latinoamericano de Cuento de Puebla, México, 1979, con el cuento Constancia. Premio único del II Concurso Nacional de Cuento Argemiro Pérez Patiño, de la Universidad de Medellín, 1983, con el cuento Sola en esta nube. Libros publicados: No hay llamas, todo arde (cuentos), Medellín; ¡Ah mar amargo!(novela) Colección autores Antioqueños, 1997, La belleza del espejo (relato) Medellín; Vana Stanza, 1993, Señales de Humor (narrativa) Medellín, 1988. El relato que publicamos está en su libro, Un día en Tramontana.

Los hombres también lavan ropa

Óscar Castro García

 

Lavan en un viejo y pequeño lavadero. A la izquierda, en un estanque que hace diez años demoraba un día entero en llenarse, almacenan el agua. En el lavadero sólo se puede estregar la ropa porque colocaron la llave del lado del estanque, del que hay que sacar el agua por medio de una vasija grande para verterla en el estregadero. Parece que se divierten sobremanera dejando que las cosas continúen así, quizá porque al subir a lavar la ropa se devuelven diez o quince años en su vida. Allí, en medio de las palomas, con el sol encima del cuerpo sin ninguna protección, parecen vivir en una lejana casita de campo donde las incomodidades de la vida cotidiana ayudaban a llevar el peso del tiempo siempre repetido, siempre en desgaste, mientras la fertilidad de la tierra y las ganancias se acababan, y los años de los viejos terminaban.

No es picardía del muchacho más joven, porque a veces lo hace solo, a veces acompañado de un niño. Se siente feliz sin la ropa al lavar sus pantalones o mientras el sol lo requema, y él trata de distraerlo con toda el agua que derrama sobre su espalda. Lava una prenda y se va al palomar, esculca los nidos sin importarle la intimidad de los animales, y saca lo primero que encuentra: un huevo, un pichón, la madre o el padre, y a veces todo el nido; o vuelca la casita para vaciarla. Después vuelve sobre la ropa y lava un buen rato; en seguida busca la escalera y la recuesta contra el muro divisorio; permanece largo rato observando la vida de los vecinos, unos viejitos a punto de no entender nada de lo que sucede. Toda la vida han vivido aquí en Tramontana, porque fundaron el barrio junto con los demás pobladores iniciales, aunque nunca supieron quién bautizó al barrio con este nombre ni lo que quisieron significar con él.

Cuando sube la muchacha, se le olvida todo y se dedica a besarla con pasión pero con cierta sorna, o con melindres. Algunos días permanecen largo rato en besos apasionados y sin un solo asomo de rechazo. Pero la mayoría de las veces solo juegan a que se besan y él la baña lanzándole agua con las manos, mientras ella intenta quitarle el traje de baño que usa cuando lava su ropa.

Cuando ella se va, él vuelve a la escalera y se queda largo rato mirando hacia la otra azotea; a veces se descuelga para subir a los pocos segundos con una gallina. Apenas descarga el ave en su terraza, acomoda la escalera y se va.

A los pocos minutos aparece otro joven de unos veinte años, con su atado de ropa. Este prefiere vaciar todas sus prendas al estanque, luego vierte jabón en polvo hasta que la espuma se desborda con sus multicolores visos. Lava con una pasmosa dedicación. Se gasta horas sacando el jabón porque nunca ha entendido que debe usar poco detergente, tal vez porque se deleita espantando las pompas de jabón o viéndolas explotar tras los rayos del sol.

Lava sus prendas vestido, y por eso resiste los rayos del sol y no juega con las palomas ni se da cuenta del vecino que lo mira desde arriba del muro, tal vez

encaramado en otra escalera o en el lavadero. Mientras el joven se agita tratando de sacar tanto jabón, el viejo busca su gallina, intenta decir algo o descender, pero vuelve sobre sus pasos y se pierde.

A la una de la tarde, el más chico sube con su balón a jugar en compañía de un vecinito. Empieza la batalla entre el agua, el jabón, la pelota, los niños y el muchacho, la ropa y el sol, las palomas espantadas y la gallina ajena. Acaban bañados, con la ropa en el suelo y la presencia del resto de la familia, excepto la muchacha que sale a las once y media con sus libros bajo el brazo.

El padre lava los domingos en la tarde. Nadie más se acerca cuando descarga su bulto de ropa sobre el muro que separa el estanque del estregadero. Se la pasa lavando toda la tarde. También se baña mientras lava, aunque sin la dicha de los jóvenes. De igual forma, se asoma al patio vecino, se sube sobre el lavadero y allí permanece mirando largo rato. Se protege del sol con la cachucha de su equipo favorito y sólo se viste con la pantaloneta. Al extender la ropa se demora un buen rato, pues lo hace con mucho cuidado.

A las nueve de la mañana de los lunes sale el mayor de los hijos en traje deportivo, e ingresa al lavadero como si entrara a la cancha de fútbol de un estadio:

salta con su saco de ropa sucia lo lanza como si fuera el balón. Continúa saltando un buen rato, hace unas cuantas flexiones, revisa las palomeras, extrae los pichones emplumados para observarlosy los regresa al palomar. En seguida, se sube por la escalera para inspeccionar durante unos minutos la vida del otro lado de su terraza. A veces conversa con el viejo, mientras simula estar persiguiendo una paloma o arreglando el tejado de la otra parte de su casa. El viejo sonríe y le habla, recoge la ropa seca y desaparece.

El hombre, que tendrá veintitrés años, lleva la escalera hasta otro muro para observar la vida de la otra casa vecina. Apenas ha revisado el vecindario empieza su juego con la ropa y con el balón, porque también saca el balón de fútbol. A veces juega con su hermano menor o se dedica a conversar durante largo rato con una hermosa mujer morena que parece la empleada de la casa. Pero en realidad debe ser alguien más allegada a él, porque los besos y abrazos, las caricias prolongadas y los juegos eróticos así lo insinúan. Amor, inspección y trabajo se juntan bajo el sol y el agua con que juegan para excitarse más. Pero ella no lava ni ayuda. Sin embargo, hay días en que sólo se dedican a la batalla acuática; entonces, terminan semidesnudos, lavando ambos sus prendas, empapados y felices. Nadie los interrumpe.

Nunca se han estorbado el uno al otro en su rutina de limpieza, en sus baños purificadores y en sus juegos eróticos. La vida cotidiana parece un juego y un esfuerzo, una comunidad de vicios, un intercambio de malicias y de placeres, un fisgoneo mutuo y un secreto guardado con celo por las palomas, la ropa y el sol que recorre todo el escenario. Sin embargo, en la memoria de jóvenes y viejos, de niños juguetones y mujeres sensuales, de vecinos y mirones de Tramontana, permanecen estas escenas imborrables, como la escritura en vivo de los sucesivos días que rejuvenecen el barrio.

 

 

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