Carlos Flaminio Rivera, nació en Líbano, Tolima, Colombia, en 1960. Cursó estudios de filosofía en la Universidad Nacional de Bogotá, tras lo cual se dedicó a la escritura, su vocación vital. Entre los narradores de su generación Rivera ocupa un lugar destacado. Es asesor de la Casa de la Cultura del Líbano y allí dicta talleres de literatura. Ha publicado los volúmenes de cuentos Cruentos y adioses y Sin puntos sobre las íes.

El relato Salido del circo, que publicamos hoy en la página de cuentos y cuentistas colombianos, ha sido tomado de su nuevo libro La mirada sumergida, cuentos en el tiempo, publicado por Editorial panamericana en el 2000. En la sutileza de la imagen advertirá el lector de estos cuentos una escritura que oscila tranquila y descansadamente entre el narador y el poeta. La prosa poemática de Carlos Flaminio Rivera tiene la medida justa de lirismo; a cambio se desborda delicadamente y a su amaño en imaginación hacia el horror, hacia lo absurdo y lo grotesco, hacia lo umbrío y lo cruel y siempre hacia el desconcierto. Hay en su literatura una honda inquietud más que por la historia a secas por la historiografía ficticia, esa deleitosa inmersión en el tiempo. ........................................................................

Salido del circo

Carlos Flaminio Rivera

Fue un día memorable para Vitelio. El tirano llevaba sólo una semana en Pompeya y, mientras recordaba la lucha de gladiatrices organizada en su honor la noche anterior, se le ocurrió la manera de apropiarse de la fortuna de los ricos y patricios que le ofrecían el espectáculo. Con la misma urgencia con que ordenaba saciar sus arrebatos de glotonería, Vitelio llamó a su guardia y la mandó a organizar el circo de manera que las fieras se dieran un banquete; sobre todo con las mujeres de los pudientes. Pero en su magnanimidad les dio una salida a los pompeyanos: deberían traer todos sus talentos, joyas y documentos de posesión para que le compraran a sus mejores gladiadores y con ellos reemplazaran a sus hijas, hermanas, madres y esposas en la arena.

Los de Pompeya se apresuraron a entregarle todos los bienes.

-Pero -les preguntó el tirano a sus anfitriones cuando recibía de éstos el último sestercio-, ¿quién pagará las fieras que mueran durante el torneo: esos pobres animalillos

-gimió Vitelio- que tanto le han costado al erario romano y que serán sacrificados para el gozo de Pompeya?

De esta manera, los ricos también se vieron en la necesidad de arrastrar ante el César a todos sus sirvientes y las joyas de reserva para salvar su integridad. Y mientras los túneles abovedados del coliseo se llenaban de riquezas, Vitelio en persona cambiaba los tracios, númidas, germanos, etíopes, sajones e hispanos que pertenecían a las ricas familias de Pompeya (y que al pasar a sus manos quedaban convertidos en gladiadores, pues no se fue en gastos trayéndolos de Roma), por las fieras con las que más tarde estos mismos esclavos combatirían.

Para celebrar, un formidable banquete.

Días así eran los preferidos por el emperador.

Por eso Asinio, el esclavo negro, ya al servicio del emperador, acarreaba los excrementos de las fieras en los bajos abovedados del coliseo para darles espacio a las nuevas riquezas de su señor.

Cuando empezó el temblor, Asinio se agachó y esperó recostado contra una de las paredes. Desde hacía rato el Vesubio mostraba su furia sin que hasta el momento hubiera logrado desacomodar una sola piedra del circo construido en la ciudad por Lucio Cinna y Papirio. (Diez años después los gases y las cenizas del Vesubio embalsamarían para el futuro todo el horror de su erupción). Asinio esperó. Jamás alcanzaría la salida: estaba dos niveles abajo de la calle. Y las piedras, sobre él, se abrían y cerraban en el galope crujiente de la onda. Una de las columnas laterales se desgajó inclinándose con suavidad hacia un lado, luego se recargó contra la pared justo encima de su cabeza. Después vino el fragor que lo confundió. Y él quedó atrapado entre la columna -que terminó cediendo y fracturándose por la mitad- y el piso de arena. Era un espacio reducido pero buscó la forma de acomodar su cuerpo y de recoger las piernas. Esperó. Estaba acostumbrado; cuando joven aprendió que todo dependía del momento propicio; de durar días al acecho; de estar horas en un solo punto; de dormir varias noches sobre la misma rama. Semanas acurrucado en el único matorral. Esperar era el estilo conocido para sobrevivir.

No supo del tiempo que permaneció con las piernas encogidas. Pero se le hizo demasiado largo. Cuando sintió ruidos encima guardó silencio. Sus labios se habían sellado. Estaba entre las jaulas y las fieras que quizás escarbaban arriba atraídas por su olor. ¿Cuántas veces arañó él, cuando joven, en busca de hormigas?

La columna que lo protegió durante tanto tiempo fue levantada, derrumbándose la luz encima suyo.

Apolonio Russi observó el hueco oscuro; no esperaba, tras levantar la columna, encontrar un espacio bajo ella. Incluso, había sido una sorpresa topar con el pilar de piedra, pues en sus cálculos no figuraban los túneles a esta profundidad. Metió su cabeza en la cavidad y notó que la columna al caer se había recostado contra una de las paredes del corredor, aguantando así todo el peso de las graderías.

Cuando se aclaró el hueco los blancos ojos de un hombre aparecieron ensartados en la penumbra del fondo. Su desencanto fue grande: hasta aquí se habían deslizado los mendigos para buscar refugio. Abajo está un negro transido, desnudo. Cuando el infeliz se endereza lo hace como si levantara varios siglos. Apolonio observa la miserable figura y se siente igual: se atrevió a desafiar a la comunidad arqueológica al asegurar que en esta derruida parte del circo, bajo cinco metros de ruinas, se hallaban las bodegas secretas del coliseo. Según los planos que encontró en la biblioteca de Salerno, a este sector entraron alguna vez todas las riquezas de Pompeya en el breve gobierno del tirano Vitelio. Pero ahora, en el lugar donde él esperaba encontrar amontonados los denarios y las joyas de las familias ricas, aparecía un mendigo.

Llamó al supervisor de vigilancia, que vino y, con todo sigilo, arrojó fuera de la excavación al negro.

Esa noche revisó los planos. Estaba seguro de sus investigaciones. Sin embargo, ya de madrugada, ensueña la época queriendo descubrir algún detalle que lo saque del lío. De pronto, en su mente, entre la multitud de razas que escapan despavoridas de la erupción, ve de nuevo los ojos del mendigo: huye con el mismo pavor que fosilizó su cara cuando fue arrojado a la calle por su ayudante. Evocó entonces -como si otra vez el Vesubio estuviera arrojando su pesada oscuridad- los gestos de los infelices a los que después de dos mil años les retiró la ceniza en la quinta Amelia.

Y lo recuerda desclavándose del hueco donde apareció acurrucado:

Resplandece Asinio, el etíope, y en él la innegable antigüedad del aro que adorna su oreja izquierda; deslumbra la velada autenticidad de las cuentas de madera enredadas en su oloroso cuello africano. Centellean las ajorcas. Algo dentro de sí le revela a Apolonio que este hombre representa el hallazgo más importante de su vida, más que los denarios, el oro y la pedrería que escamoteó el tirano Vitelio a los pompeyanos.

Entonces comprendió lo que querían expresar los ojos desorbitados del esclavo cuando fue extraído del hueco y arrojado a un mundo que no conocía.

 

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