Celso Román, nació en Bogotá el 6 de noviembre de 1947. Estudió medicina veterinaria en la Universidad Nacional y recién graduado optó por el camino de la literatura y el arte para lo cual ingresó a la facultad de artes de la Universidad Nacional. Maestro en artes plásticas con especialización en escultura, realizó estudios de postgrado en el Pratt Institute de Nueva York y ha exhibido sus esculturas en salas como la del Museo de Arte Contemporáneo, la Galería San Diego y el Museo de Arte de la Universidad Nacional. Combina muy bien sus labores como escultor y escritor con la docencia, es profesor de bellas artes en la Universidad Pedagógica, en la Jorge Tadeo Lozano y en la Nacional. En 1972 publica cuentos cortos en El Espectador, El Tiempo y en varias revistas literarias, durante los dos años siguientes.

¿Porqué hay osos que tienen anteojos?

Ha escrito para los niños varios libros de cuentos y novela como El pirático barco fantástico, El hombre que soñaba, De ballenas y de mares, Los animales domésticos y electrodomésticos, El maravilloso viaje de Rosendo Bucurú, , Ezequiel Uricoechea: el niño que quería saberlo todo, Acerca y de lejos, etc. Su obra literaria ha sido galardonada en varias ocasiones. Ganador del premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil Norma-Fundalectura 1998 con la obra "El imperio de las cinco lunas"; la Asociación Colombiana para la Literatura Infantil le otorgó un premio por su libro "Las cosas de la casa" (1988); ganador en ciudad de México del premio Netzahualcoyotl de literatura latinoamericana para niños (1982); primer premio en el concurso nacional Enka de literatura infantil (1979) con "Los amigos del hombre"; primer premio en el concurso de cuento 90 Años de El Espectador "Mejor en la montaña " (1978); primer premio en el concurso del libro de cuentos Universidad del Tolima (1977) por su libro "Cuentos para tiempos poco divertidos" El Maestro Román además de escribir trabaja para una fundación que se denomina Taller de la Tierra, un programa de educación ambiental. Tomado de: El Espectador / Paola A. Villamarín, Sábado 18 de abril de 1998, pág. 19-A Acerca y de lejos / Celso Román. Santa Fe de Bogotá: Educar, Instituto Distrital de Cultura y Turismo, 1991.

ANIMORES: ANIMALES y AMORES

Este bello relato de Celso Román, fue enviado a Cronopios por Octavio Duque, un colombiano que por estar luchando por la paz, se vio obligado a vivir en el exilio. Quiere compartir con nosotros esta comunión a partir de las palabras.

 

¿Porqué hay osos que tienen anteojos?

Por. Celso Roman.
 
"Así como Ariadna dio un hilo a Teseo
para poder salir del laberinto del minotauro,
un secreto hilo de amor puede ayudarnos
a entrar al mundo de los animales"
El autor.

 

Hubo un tiempo en que todos los osos que habitaban el planeta eran completamente negros.
Su piel era oscura como el carbón y parecía teñida de humo y de azabache.
Eso les permitía pasar desapercibidos en medio de la penumbra de los grandes bosques.
Durante la noche se escondían, disfrazados de oscuridad, de manera que sus ojos parecían dos luciérnagas más.
Cuando querían volverse completamente invisibles, simplemente los cerraban y era imposible encontrarlos.
En ese entonces los osos negros vivían solamente en América del Norte, pues esa parte del continente estaba separada del Sur por un enorme mar.
América Central empezó a existir cuando vino una época de volcanes y terremotos, que levantó sobre las aguas una cadena de islas, que con el tiempo se unieron y formaron un pasillo con océanos a lado y lado.
Algunos osos de espíritu aventurero decidieron venirse por ese camino que poco a poco se llenó de vegetación.
Era tan fresco el clima de esas alturas, cubiertas de hierba menuda, llena de flores, de abejas y de miel que invitaba a seguir avanzando más y más!
Fue un larguísimo viaje por montañas nevadas, bosques de niebla y pastizales de las alturas.
En su peregrinar se encontraron con algunos armadillos, pecaríes y otros animales que caminaban en dirección opuesta y traían noticias de unas montañas de hermosura sin igual, que llamaban Los Andes, tal vez porque en ese entonces la vida era andar y andar.
Queremos que andes... andes..., parecía repetir el eco de esas montañas.
Adiós vecino, buenos días amigos. Hace rato les vimos venir, felicidades viajeros, les decían todos.
Y claro, como eran tan negros, los divisaban desde lejos, con su silueta inconfundible de osos caminadores contra el telón blanco de las nubes y la neblina de las alturas.
Tímidos por naturaleza, ellos cerraban los ojos como hacían en la penumbra de sus antiguos bosques, pero ya no se volvían invisibles.
La vida empezó a hacérseles imposible, pues cuando los encontraban los demás animales gritaban:
Ahí están los osos!!!!
Y ellos se quedaban acurrucaditos, muy quietos. Por otra parte, de tanto cerrar los ojos para tratar de hacerse invisibles, se fueron quedando miopes, casi ciegos.
En ese peregrinar los osos negros siguieron su viaje hasta llegar a los páramos de los Andes.
Allí se detuvieron por dos razones: una era el dolor en las patas de tanto caminar y la otra era la imposibilidad de avanzar ante la disminución de su sentido de la vista.
Esos lugares se sentían tan hermosos a pesar de que casi no podían verlos!
*
Acostumbrados al frío, esos páramos tan llenos de frailejones, encenillos y robles les parecieron muy agradables para vivir y se encontraban a gusto, protegidos por su grueso y peludo abrigo de viajeros provenientes del lejano Norte.
Aquí no había inviernos larguísimos, con tanta nieve y tanto frío que los obligaran a dormir acostados en una cueva durante varios meses, hasta que retornara el buen clima.
El páramo era una fiesta de agua, sol, neblina, calor y frío mezclados a lo largo del año.
Aquí será nuestra casa, nos llamaremos Osos Negros de Páramo acordaron en una reunión.
Así se quedaron a vivir en ese nuevo hogar, que aunque casi no podían ver, los tenía maravillados por su variedad de perfumes, de sonidos y de afelpadas hojas y frutas.
Pero no todo era fácil en aquellos tiempos de corta vista.
Esos osos negros sufrían mucho para conseguir su alimento, pues todo era nuevo y tenían que probar cuantas raíces, hojas y frutas encontraran, y a veces algunas resultaban amargas, ácidas, o demasiado duras para su gusto.
Pasaron momentos muy difíciles para poder sobrevivir a las indigestiones y los dolores de barriga en esas épocas de búsqueda, hasta que aprendieron a conocer las plantas comestibles.
Pero quedaba el problema de las abejas.
Ah, las abejas!
Como eran tan cegatones, debían buscar la miel escarbando con sus poderosas garras y hurgando con la lengua en los troncos huecos, alborotando con la nariz en las colmenas que hacían las abejas del páramo.
Como se sabe, las abejas son muy celosas y de mal genio respecto a compartir su miel.
Es por eso que la nariz de los osos negros de páramo permanecía hinchada por las picaduras de estos insectos.
Pero les gustaba tanto ese dulce tesoro, que seguían metiendo manos y hocicos en los panales de aquellos insectos que zumbaban furiosos cuando los veían llegar.
Para completar, empezaron los problemas de comunicación entre ellos, pues cuando hablaban con la nariz tapada y la boca hinchada por las picaduras, no se les entendía lo que decían.
Su conversación se volvió poco a poco un complicado lenguaje de gruñidos.
Recorrían los húmedos y lluviosos bosques de las alturas, siempre con su neblinoso telón de fondo, bebiendo el agua fresca guardada por las bromelias para aliviar el ardor en la trompa y los labios.
Desde entonces ya reconocían las flores por su perfume y las frutas maduras por la suavidad de la piel y la tersura de la cáscara.
Poco a poco el páramo se les convirtió en una casa hermosa, plena de misterios.
Era un lugar propio para enamorarse.
Una noche, uno de esos sufridos viajeros se encontró con la osita más hermosa del páramo.
No la vio. La sintió con su corazón, supo que ella estaba ahí, percibió la presencia del amor.
Su vida cambió, pues desde entonces el oso vivía con mayor intensidad el canto de los pájaros, los perfumes del frailejón y la música del agua.
El mundo de pronto se le volvió más hermoso que de costumbre.
Empezó a seguirla en medio de la penumbra del paisaje guiándose por las vagas imágenes de sus ojos cegatones, pero como ella era de pelo negro y brillante, semejante al cielo donde fulgían las estrellas, muy pronto se dio cuenta de que era imposible encontrarla.
La llamó tratando de recitarle los poemas más lindos, pero solamente se escuchaban los gruñidos de su trompa hinchada por obra de las abejas.
Aunque el oso sabía que ella estaba por allí, ella tampoco podía verlo cuando caminaba por en medio de su páramo en la oscuridad durante la noche y en su ceguera durante el día.
Afortunadamente el poder del amor es tan grande que permite vencer los imposibles y así el oso, con su enamorado y optimista corazón, empezó a dejarle regalos por los caminos que ella frecuentaba.
Le consiguió la flor más perfumada y colorida de las alturas, pero ella ni la miró -al fin y al cabo ella también era cegata.
Le trajo un calabacito de la dulce miel de las abejas angelitas, pero ella ni la probó.
Le bajó del cielo un lucero, una estrella, una almohada de nube, un telón pintado de atardecer, pero nada.
Ella ni se daba por enterada.
Los dioses del páramo, que son amigos de la alegría, decidieron ayudar a los osos enamorados.
Con neblina les pintaron gafas blancas alrededor de los ojos, para que pudieran ver con claridad la hermosura de su páramo.
Como iban a encontrarse en una cita de amor, les pusieron blancas manchas de nube en el pecho corbata para él y bufanda de seda para ella.
Quedaron tan contentos, que desde entonces los osos nacen con anteojos y corbata.
Es por eso que los llaman osos de anteojos; o también osos de páramo son los consentidos de los dioses de la montaña y la neblina.
Son capaces de tanto amor y de una ternura tan grande, que hasta las abejas, que antes se enfurecían cuando les asaltaban las colmenas, ahora les comparten la miel en un pacto que lleva tanto tiempo como su presencia en los páramos.
Será cosa de los poderes del amor.
Cuando los osos recién casados caminan en parejas por el páramo, las abejas vuelan encima de ellos como una zumbante nube en forma de corazón.
Hoy día, sin la lengua hinchada, los osos hablan clarito, y cambian miel, flores, perfume y almíbar de frutas por poesía.
Cada mañana cantan a la belleza del páramo, su hogar, que para ellos, a pesar del frío y la neblina, les parece el más hermoso del mundo.
Si alguna vez llegas a encontrarte con uno de estos osos, quédate muy quieto, escucha con tu corazón atento y sentirás su poesía.
En el canto de los osos se alaban la neblina, los frailejones, las estrellas y el amor inmenso por la soledad de sus montañas.

* Copy Right. Celso Roman.

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