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El último día que el turco vio el mar

 

Jaime de la Gracia

 

Acodado sobre las tablas de guayacán del mostrador El Turco mira desde su almacén de víveres y abarrotes a los hombres que pasan arrastrando unas veces y otras cargando al hombro los trípodes, las cámaras, la muchacha, el muchacho, la inquina, la intriga, la frase para convencer sobre las cualidades y las ventajas de tomar las bebidas hidratantes, el telón de fondo, los carritos de mano y la gorrita del director. Todos estos trebejos son apilados y amontonados en un montón delante de La Reina de Inglaterra que espera reposada y en silencio.

Hay una luz rosada que envuelve a Corazón. También hay moscas verdes, peludas, volando sobre el mostrador del Turco, un perro naranja duerme con los ojos abiertos debajo de una sombra roja de un árbol amarillo. Al almacén del Turco, entra una mujer vestida con una falda de flores chillonas, todo mundo en Corazón sabe que al marido de esta mujer se lo tragó el caimán en el baño de la casa.

A esa mujer el Turco le arrastra el ala. El Turco le sonríe a la mujer y le enseña la lengua que pasa por encima de sus dientes de oro semejando un lagarto rosa oscuro.

La Reina de Inglaterra hace, ñeo, ñeo, ñeo. Y fue entonces cuando El Turco miró hacia afuera del almacén, vio como levantaban el mar y lo envolvían junto con los tiburones, las ballenas, las bañistas inmensas de cabezas diminutas, el agua de coco, los cardúmenes y los veleros que navegaban sobre las aguas azul marino del mar.

Todas estas cosas las enrollaron en un rollo y se lo llevaron a La Reina de Inglaterra que hacía, ñeo, ñeo, ñeo.

El Turco mira el enorme hueco que quedó donde antes estaba el mar. Es un hueco blanco, contra una piedra puede ver a la flota de guerra varada y encallada con su color gris peligroso, oxidándose bajo la luz rosada y las banderas desgalichadas y sus puentes de mando abandonados y muertos. También ve el cadáver blanco de una gaviota y la caparazón de un cangrejo rosado donde una hormiguita hace su casita. El Turco siente un apretijo en la garganta que es como un nudo marinero que le apretuja el gargüero.

Ya nunca sentirá el Turco en su rostro la tibia y salina brisa del mar con su acidez de caracoles muertos pudriéndose bajo la luz rosada de las seis de la tarde, coger la fresca -decía El Turco- sentado en el taburete de cuero de mulo recostado contra la pared de cagajón y boñiga de su almacén. Ya nunca volverá El Turco a ver pasar a los negros barquetones que venían desde Momíl y Moñitos y escuchar sus cantos negros. Ya nunca verá El Turco las colas de pescado cubiertas de escamas de plata de Potosí de las sirenas asomándose sobre las aguas azul marino del mar.

Y es entonces cuando El Turco siente que el nudo que lo ahoga se le desata en la garganta y grita:

-Hijos de puta! Se robaron el mar.

 

 

París / Praga / 93

 

 

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