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Gente de París

 

Jaime de la Gracia

 

Las ganas de orinar de atacaron en La Rue du Chat qui péche, mientras adelantabas los primeros compases de Change of the century del viejo Ornette Coleman, te hice ver el inconveniente de bajarte los calzones luego de la lluvia cuando el cielo y el aire de París quedan cargados de peces y se te pueden entrar por el culo.

Un afiche descolorido anunciaba la cantante calva.

Ahí en Polly Maggoo, bajo la sordidez de sus globos de papel que dan esa luz sucia de cucarachas. Tú con tu falsa pedrería amarrada y anudada al cuello. A tu cuello de cisne atontado por la noche de París: Amarrada a la conversa de Marco contando historias de su isla Guadalupe y todo para poder llevarte a la cama.

La danza del chivo se iniciaba con la entrada de la pequeña vietnamita arrastrando en su mano el plato con arroz para su amigo el poeta. El mal aliento como a mierda de perro suspenso en el lugar. Y luego a esperar quien aterrizaba para que pagara el golden kenia blonde, o en el peor de los casos ir al encuentro con la rumba del Marais o a los bailes de Pigalle y el paseo obligatorio al Boulevard de Clichy con sus putas de muerte lenta.

La lluvia vuelve a París un lodazal triste con olor a lavanda, son las noches en que parece que el mundo se olvidó del viejo mete y saca. Un perro vagabundo vaga por el mundo concha de su madre.

Te sentaste de espaldas a la iglesia y a la fuente, mirando las palomas. Sonaron las campanas de la iglesia anunciando las horas pávidas. Las manos en los bolsillos.

Dos guardias azules piden los documentos de un hombre que bajó desde una nube que estaba suspendida sobre la cúpula de la iglesia de Saint Sulpice. En Montparnasse, la escalera mecánica nos arrojó hasta la entrada del cine Miramar frente a las galerías Lafayette donde encontramos a tu amiga del alma con un paraguas azul recostada junto al muro que anunciaba a Jeanne la Pucelle.

Escogiste para orinar el sitio equivocado, al final del Pont Notre-Dame, frente a la prefectura de policía. Debiste hacerlo donde te dije, sobre las flores de la dormida place Louis Lepine, el guardia se acercó energúmeno e incrédulo de la desfachatez con que tú hacías tus necesidades como tú llamas a tus notas del cuerpo, mientras yo daba explicaciones al guardia, sobre lo que no tiene explicación. El guardia miró mi pasaporte y dijo que conocía Colombia, que había estado en dos ocasiones en Bogotá, esa ciudad amurallada bañada por el mar donde las mujeres pasean su nudez cubiertas con polleras de percal olorosas a lavanda y con los cabellos peinados con manteca negrita y cuyas calles están impregnadas de ese olor a cangrejos podridos y caracoles muertos. Tú dijiste, seguro que ese man también comió burra y él preguntó¿ Usted es francesa? y tú no respondiste atragantada por el vómito.

Más tarde cuando caminabas por la Rue Poulet tú dijiste, siempre que ando por esta calle tengo que pensar en ratones muertos y yo te dije que sí que el guardia tenía razón porque cuando el mundo era tierno y olía a leche y a orín el mar estaba en Bogotá y la séptima era una hermosa playa donde se bañaban gigantescas mujeres con cabezas diminutas, había alcatraces y copulaban peces ciegos.

Vi en tus ojos tigres devorando corderos. Y pasé la mano derecha abierta sobre tu cabeza empapada igual que lo había hecho la primera vez en la Place Suzzane Valadon. Era invierno y los caballitos del carrusel tenían frío.

 

 

 

París / 94

 

 


 

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