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La piedra del Marais

 

Por Jaime de la Gracia

 

Napoleón, ve venir, a los diez concertinos, yace a un lado, con la corona que lo hará emperador. El órgano da el tono y hace puentes melódicos. Simón Bolívar, se pasa la mano por la frente sudorosa y llena de preocupaciones futuras. La nave de la iglesia está totalmente ocupada por personas que van a escuchar el canto gregoriano, y a la que no le interesa la ceremonia de la coronación de Napoleón, que es, lo que mantiene a Bolívar y al resto de las vestimentas como de otro siglo que se muestran impacientes por la repentina aparición de los dos concertinos, que toman el lugar que corresponde a la otra ceremonia, que más tarde, se hará conocida para la historia. El pintor David, recoge los pinceles y sus motetes; cómo así -dice- por qué no avisan que primero, antes de la coronación hay un concierto gregoriano en Notre-Dame -continúa refunfuñando- con lo achacoso que está uno y todavía le hacen estas vainas.

El futuro emperador esta gordito y apretado en el traje ceremonial.

El extranjero negro, con cara de preocupación, ese americano del sur al que llaman Bolívar, esperando la coronación retrasada por la presencia de los turistas japoneses.

Napoleón, toma a Bolívar del brazo y salen a dar un paseo. Hay una luna que salta sobre los techos de París, como si fuera un gato verde azuloso

- Vénga Libertador- Dice Napoleón.

Bolivar, mira asombrado, no sabe, con quien habla el futuro emperador, pero se ve a solas con él y con la luna.

- Usted tendrá ese título-le dice Napoleón- Pero, se calla el resto; o sea, no menciona a los legalistas y leguleyos, tampoco habla de Santander.

-Para qué?- piensa el emperador- Agregar más pesar a un hombre que tendrá tamaña responsabilidad en el futuro de America.

La luna sigue allá arriba, terca como mula, encaramada sobre las nubes.

-Y qué va a hacer con los japoneses, emperador?- Pregunta Bolívar

- A su debido tiempo -responde Napoleón- Todas las cosas toman su verdadero valor y peso.

El emperador patea una piedra que se atravesó en su camino, para decir verdad, la piedra ya estaba ahí, desde la época de La Revolución y fue lanzada por un vendedor de pescado del Marais, que terminó sus días como fusilado.

El concierto ha concluído, y los japoneses salen en tropel de burros, Bolívar y Napoleón, se hacen prudentes a un lado para no ser atropellados.

 

 

 

París / Praga / 93

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

 

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