Andrés Elías Flórez Brum, nació en Sahagún (Córdoba) cerca al mar de Tolú y Coveñas. Se licenció en la Universidad Libre de la Capital del país y se especializó en literatura hispanoamericana en el Seminario Andrés Bello del Instituto Caro y Cuervo de Santafé de Bogotá.

Sus libros, cuentos y novelas: Los Perseguidos, El Trompo de Arcelio, Este cielo en retratos, La Obsesión de Vivir, El Visitante, La Vendedora de Claveles y Viñetas de Amor y de Vida han sido bien recibidos entre los lectores, de tal manera que se han editado y reeditado varias veces. El Trompo de Arcelio y la Vendedora de Claveles cuentan con una edición en inglés.

Coautor de textos de Español y Literatura: Globo Mágico, Alameda, Mi Lenguaje, Castellano (Interacción Comunicativa), Educar Editores. Colaborador de la Revistas literarias Puesto de Combate (Sociedad de la Imaginación) y Vericuetos.


   
 

Ha figurado en los distintos concursos literarios del país: Concurso Nacional de Novela Plaza y Janés, Bogotá, Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra, Medellín, Novela Corta, Pasto, Concurso de Literatura Infantil Enka, Medellín.

Recientemente, ediciones Alfaguara de México, lo ha incluido en una Antología de cuentos breves, titulada: Relatos Vertiginosos donde figura al lado de Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Augusto Monterroso, Edmundo Valadés, entre otros.

Le causa grato placer escribir cuentos y leerlos en colegios y universidades por donde transita diariamente.

De su último libro, Viñetas de Amor y de Vida, dice el crítico colombiano, Cristo Rafael Figueroa Sánchez: Después de transitar Viñeta de Amor y de Vida se constata la apertura de Flórez Brum hacía nuevas formas de escritura; sin dejar de habitar el espacio literario que he construido desde 1981, se abre a registros novedosos y a elaboraciones narrativas propias de fin de siglo, y percibe con ojos de esperanza realista los mismos referentes que solían producirle dolor o sentimientos pesimistas, Esta reubicación de perspectivas en su visión del mundo lo alejan del vacío, al tiempo que lo acercan a la utopía, polaridad entre la cual según lo crítica se mueve la narrativa hispanoamericana y colombiana al final dei milenio. El puente, cuento que publicamos hoy, ha sido extraído del volumen Cuentos de Contracartel, de Contracartel Editores.

El puente
De Andrés Elías Flórez Brum

Samuel jugaba al fútbol.

Y, cuando le sobraba plata, se tomaba un par de cervezas. Pero, últimamente, a él no le quedaba plata. Por el contrario, siempre le faltaba. Debía tres meses de arriendo. A sus tres hijos no los había mandado a la escuela, pues no había para busetas y onces.

Así, pensativo, como andaba ahora, se fue al puente de la 92 a conseguir trabajo, dado que, sin ningún preaviso, habían venido a cortarle la luz. La luz de la estufa, la luz de la licuadora, la luz de la mesa de noche, la luz del altar de sus ojos... Era el último balde de agua fría que le caía encima aquella semana.

Entonces, se quitó las manos de la cabeza, se levantó de la cama, esperó transporte: no un bus de los ejecutivos, sino un bus barato y se fue al puente de la 92. Se fue dispuesto y resuelto a decir yo porto botas y overoles, yo mezclo y pinto, yo barnizo y claveteo, yo desclavo y remacho.., y con su corazón contrito se fue en busca de unos pesos que medio aliviaran la oscuridad.

El, Samuel, que en la época buena había vendido electrodomésticos en Sanandresito, se había gastado el lujo de ir dos veces, con Betsa, su mujer, y los tres hijos, a la costa en avión. Luego había matriculado en colegio privado a su hijo mayor.

Pero cuando, de la noche a la mañana, todo se había venido abajo y el último equipo de sonido se perdió en el empeño, no tuvo escrúpulos ni reparos en trabajar en la construcción. Decidido a batirse con picos y palustres. Consciente de que debía perderle el miedo a la altura de los techos.

Samuel, que había sido un vendedor de saco, corbata y mocasines cafés, en la construcción empezó frente a Subazar de Suba cuando el ingeniero Quintero de la constructora Inversiones El Sol le dio oportunidad de sondear las paredes de los apartamentos para las instalaciones eléctricas.

El proyecto de la constructora Inversiones El Sol era edificar 450 apartamentos, unas siete torres. Sin embargo, con el disparo del Upac, de súbito, todo se había paralizado y de esas siete torres que Samuel pensaba alumbrar, con tomas aquí y allá, interruptores acá y bombillas por allá, de pronto el ingeniero, por la ausencia de demanda paró la construcción en los tres primeros bloques y Samuel, de trabajador beneficiado, pasó a ser trabajador damnificado.

La mayor parte de aquellas banderillas del Upac las había sentido en carne propia cuando, estando en plena subienda de Sanandresito, reunió la inicial para su propio apartamento. Porque él y su esposa, Betsa, y sus tres niños, habían estrenado alfombra, de tres habitaciones, sala-comedor y un baño, pero habían estrenado. Que después la situación se aguara y arreciara la llovizna y que nadie le tendiera la mano en pleno charco no era, sin duda, cuestión del mero destino, sino de la situación, luego, si el eclipse desaparecía, la luna llena o el sol no se ocultarían. Además, había algo de por medio, la vida y el amor, los hijos y Betsa.

Un medio día, desde el Centro o desde Sanandresito la llamó por teléfono:

-¡Betsa, te adoro!

-Y por qué me adoras?

-Por tu amor -y colgó la bocina.

Samuel, con todo el coraje y el empuje, que le sobraban en aquellos buenos días, floridos días, adquirió el apartamento. Pero cuando bajaron las ventas y la policía bloqueó la bodega de su primo y medio hermano y vino el decomiso de la mercancía con todas esas cosas que se fueron, Las Villas también se llevó el apartamento.

-Betsa, ¿cómo estamos de arroz? -era su interrogante predilecto para enterarse de la situación: cuánto había en la alacena, qué recibo había llegado, si el del teléfono o el del agua, si el de la luz o el del gas, y si los recibos del Upac habían pasado de prejurídica a jurídica...

-Betsa ¿cómo estamos de arroz?

Betsa, su buena mujer, que en los tiempos de brisa, en primera clase, en flota de la empresa Brasilia, se había venido a Bogotá con el consentimiento de sus padres. Betsa, su morena mujer, que en los días de sol había reñido y discutido por tres domingos consecutivos que Samuel se entrepiernó en el motel de Los Faroles con una Aguafiestas del Primavera.

-Betsa, no estaba en ningún motel, ¡mira! -y le mostraba una foto donde, acompañado de Santos, su compadre del alma, volaba en una canasta de la rueda panorámica de la ciudad de hierro de El Salitre.

Mas, cuando pasó la bonanza, Samuel reaccionó: suprimió de su agenda los paseos turísticos en tren por la sabana de Bogotá pero, sin encontrar una razón lógica, todo se le fue complicando y fue saltando de un apartamento a otro más barato y la pregunta "Betsa, ¿cuánto queda de arroz?", se le convirtió en la pesadilla que una noche lo sorprendió con un ronquido y las manos en la cabeza, cuando el día anterior se había presentado al puente de la 92 y le habían ofrecido ocho mil pesos diarios, de siete de la mañana a cinco de la tarde, laborales y festivos sin derecho a extra. Betsa lo movió dos veces y advirtió que estaba inconsciente.

-Samuel ¿te volviste a encontrar con la Aguafiestas?

-Pregúntale al compadre Santos -y el compadre Santos, que tenía el puño grueso y la respiración exacta, pues era, en efecto, un obrero de combate, le contó que lo había visto en la ventana de un quinto piso tendiendo alambres.

Se imaginaba en el puente liando las mallas de hierro para la baranda y el peralte izquierdos. Se imaginaba gritándole a los colegas obreros como lo hacía el ingeniero Libardo "pasen esa varilla por debajo de la estructura". Estructura, esa palabra que tanto le gustaba y que seguro pronunciaría en la reconstrucción del puente de la 92.

-Betsa, no estaba en ninguna residencia, pregúntale al compadre Santos. Y el compadre Santos le contó que lo había tropezado en plena calle dieciséis con décima con un cargamento de cajas de cartón en el hombro.

Pero aquella noche, Betsa, con la ayuda de Santos, lo llevó al hospital San José y le exigieron el depósito de dos millones de pesos de manera inmediata.

Dos noches antes del suceso Betsa lo había tocado buscándole su intimidad y le había dicho:

-¿Por qué estás tan frío? Vas a tener que volver a los moteles para que me vuelvas a embestir como cuando llegabas de allá y querías hacerlo en el comedor con las persianas corridas.

En el fondo, para Samuel, primero sus hijos, después el mundo. Primero su corral, después la aventura. Primero el arroz, después la cerveza extra. Primero su gol olímpico, después un remate desde media cancha... Por ello, cuando se vio solo, con sus dos manos, limitado y suprimido, tatuado de angustias y de ausencias, cuando de los activos pasó a las deudas y de las deudas a las carencias, sin ser, por supuesto, un desplazado, ni un extraño en su patio, quiso reventarse vivo en medio de la noche.

Ella, Betsa, regateaba cualquier moneda, zurcía ojales y botones y, en soledad, sobrellevaba algún desliz del marido, pues sentía que cuando hacían el amor no lo vivían como cónyuges sino como dos buenos amantes. Y como él y ella mantenían a flor de ojos y de corazón esa doble atracción sexual y afectiva que los hacía correr desnudos por escaleras y rincones, no veía ninguna sombra en su camino y pisaba segura a pesar de... sobre el suelo y la tierra.

Un sábado, a la una en punto, apareció fingiendo volteretas y malabares en la mesa del comedor: "iMiraaa!" le dijo. Mientras le soplaba el oído, le puso en la palma de la mano una cadena de oro con un liviano dije en forma de chancleta, que tenía incrustado una pequeña esmeralda en medio de la suela. Se la abrochó en el pecho, mientras, sin dejarla suspirar, le besaba en la boca y le exprimía los senos como dos mangos de azúcar.

Pero de los colores transitaron al blanco y negro. De lo terso a lo empañado. De lo sutil a lo áspero. De la eufonía a la sordidez...

Del San José pasaron a la Cruz Roja y de la Cruz Roja lo remitieron al hospital de Kennedy y veinticuatro horas en estado de coma no le bastaron a Betsa para ordenar las ideas:

que para atenderlo en el San José debía depositar dos millones de pesos y que la Cruz Roja sólo remite pacientes y que un puente que había costado más de 2.500 millones de dólares le pagara a su Samuel ocho mil diarios sin almuerzo, sin transporte, entonces ella y los tres angelitos, como decía él. "Betsa, cuánto queda de arroz" y el apartamento que se perdió porque el Upac en un ascensor 200.000, con un botón en rojo: 500.000, 700.000, y entonces Betsa y la primera comunión de Samuelito, el mayor, cuando tuvo que ir donde su paisana Lucre para que le prestara el blazer, cuando en otros tiempos, él, Samuel, hubiera preferido paño o lino, cuando él se iba en una escapada a Los Faroles y había cerveza en lata, churrasco y champiñones, porque no es muerto como lo recuerda Betsa, sino vivo, como cuando se le presentó y le dijo:

"Betsa, en este portaretratos estamos los dos."

-¿Y tus hijos?" -Samuel hundió un botón y aparecieron los tres hijos en la fotografía.

-¿Y nosotros?" -preguntó ella. Hundió otro.

 

 

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